Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Esperanza

E l primer domingo de Adviento llegó a la ciudad de Los Desterrados y, con él, la preparación espiritual para la Navidad. Una tradición cristiana que exasperaba a Sora.

Las mujeres la obligaban —o esa era su percepción, porque la trataban como a una más— a confeccionar adornos para la celebración del nacimiento del Niño Jesús.

Sora pensaba que era un invento creado por los judíos.

La forma de resistencia social frente a Roma y sus dioses paganos.

Una situación similar entre los salvajes y el Samada o las normas de las colonias.

Y que Moisés utilizaba esa esperanza para mantener unidos a sus súbditos.

Adán, a pesar de ser llamado hijo por Moisés, era realmente su sobrino.

La madre, Miriam, una mujer de mediana edad, con una paciencia infinita, ayudaba a las parideras primerizas y también impartía las catequesis.

La formación era continua con lecturas de La Biblia y la preparación de los ritos.

Las cuatro custodias asistían asqueadas a sus charlas, llenas de palabras de lealtad a Dios, a su Dios único y verdadero.

Aprendían y repetían sus oraciones, los Mandamientos hipócritas, porque los que se llamaban cristianos habían violado cada uno de ellos mucho antes de que Moisés los reclutase y, por último, acudían a los oficios religiosos de los domingos; dónde él levantaba un cáliz asegurando que era la sangre de Cristo.

No era cierto, por supuesto. El vino la representaba y la barrica estaba a buen recaudo, dada la prohibición de consumir alcohol en la cantina.

Sora se aferraba a su odio y, a su vez, presenciaba la sumisión de Lina, quien se había adaptado a esa sociedad; parecía feliz. Wade ahogaba la tristeza por la pérdida de Kai con el ejercicio físico en los entrenamientos y Nut urdía su plan, a solas.

Aquella mañana, en la sala de los infantes o guardería, como así la llamaban, recibieron la visita habitual de Adán.

Le encantaban los niños. Jugaba con ellos, los enrabietaba, para luego hacerlos reír o dejarse montar como si de un equino se tratase.

Sora lo observaba mientras recortaba una estrella en un pedazo de lino.

Se preguntaba si era tan inocente como revelaban sus actos.

Ella tuvo que madurar a edad temprana. Con dieciocho años eligió ser paridera; con veinte, perdió a un hijo en su sexto mes de gestación, con veinticinco fue violada por un obrero, y ahora era una custodia que recortaba estrellas.

Sonrió para sí, aunque, sin querer, emitió un leve sonido.

—¿De qué te ríes? —preguntó Adán, quien se tomaba un descanso tras los juegos.

—De nada. —Al escucharlo, volvió a su seriedad habitual.

—No te gusta hablar, ¿verdad? —Se sentó a su lado y comenzó a toquetear los recortes de tela como un niño aburrido.

—No. —Sora dejó los quehaceres sobre la mesa y lo escudriñó con la mirada—. ¿Cuántos años tienes?

—Veinte, bueno, casi veintiuno —dijo sin alzar la vista.

—¿No deberías estar entrenando, en lugar de perder el tiempo aquí? —le recriminó. Siempre había pensado que era menor por su forma de comportarse.

—Lo hago, pero estos ratos me sirven de distracción. Algún día, cuando me case, tendré muchos hijos; si Dios quiere, claro —rogó, elevando la mirada al cielo imaginario.

—Bonito deseo —ironizó.

—¿Cuál es el tuyo? —Entonces sí, sus pupilas se agrandaron ávidas de curiosidad.

A Sora la pregunta la incomodó y hundió sus ojos rasgados en los de Adán. Eran de un tono claro pálido, difícil de definir.

—Entiendo, no es necesario que contestes. Debo irme. —Adán se levantó y caminó hacia la puerta.

Sora no entendía por qué aquel muchacho insistía en acercarse.

No quería ver el escudo que ella levantaba cada vez que abría la boca.

Los hombres siempre querían algo, siempre, y ella lo había aprendido bien.

Pero ese chico tenía una torpeza inocente que la irritaba y desarmaba a la vez.

Le recordaba que todavía quedaba esperanza.

Y eso era precisamente lo que más temía.

Y Adán no entendía por qué cada palabra suya parecía chocar con una pared de roca maciza.

Él solo quería conversar, compartir un rato, arrancarle una sonrisa.

No buscaba nada más. Le debía la vida. Pero en los ojos de Sora había algo que no sabía discernir, tristeza o quizá odio.

Suponía que llevaba demasiado tiempo peleando sola.

Tal vez por eso él volvía, una y otra vez, a la guardería con el pretexto de entretener a los niños.

Porque intuía que, detrás de su dureza, necesitaba ayuda.