Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Encuentro

L a galería estaba casi a oscuras, iluminada apenas por las lámparas de aceite que colgaban de los arcos de piedra.

Nut caminaba de un lado a otro, marcando el suelo con pasos breves y calculados.

La luz temblorosa resaltaba la cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda.

Había aprendido a no ocultarla o, mejor dicho, se había resignado a verla cada día en el espejo.

Sansón llegó sin anunciarse. El cabello ensortijado y corto le daba un aire juvenil, aunque rondaba los cuarenta.

Se detuvo a unos metros, en la penumbra, a observarla.

La postura de Kai era la de una guerrera acostumbrada a medir distancias y riesgos.

Aun así, se dejó atrapar por su belleza.

La marca no le causaba repulsión. Al contrario, lo obligaba a mirarla más de lo que debía.

Era una huella que no despertaba lástima, sino respeto.

Nut se detuvo de golpe. Sintió su presencia.

—Llegas tarde —dijo, sin apartar la mirada de la silueta dibujada en la oscuridad.

Sansón avanzó hasta que la luz lo alcanzó.

—A Wade le costó convencer a Moisés de un encuentro sin vigilancia —dijo, más por explicar el motivo que por disculparse.

Nut ladeó la cabeza.

—¿De su perro guardián? —intuyó.

—¿Aviel? —dedujo Sansón.

—Así lo llamamos —dijo ella, con una sonrisa breve, que no fue correspondida por Sansón.

—A Moisés no le gusta que nadie se reúna sin su permiso.

—Bien, dejemos la charla. No tenemos armas. Trabajaremos cuerpo a cuerpo. Quieres perfeccionar tu técnica, ¿no?

Sansón asintió. Nut se acercó, manteniendo la distancia exacta, midiendo el espacio entre los dos.

Le explicó los movimientos básicos, la forma de desplazar el peso, cómo anticipar un ataque sin perder el equilibrio.

Él escuchaba con una concentración que iba más allá del aprendizaje.

Cada vez que ella corregía su postura, él contenía la respiración, consciente de la cercanía y de la provocación involuntaria de Nut, o eso creía.

Comenzaron a practicar. Primero despacio, luego con más velocidad. Nut era precisa, implacable, elegante. Sansón respondía con fuerza, quizá demasiada. En un intercambio rápido, ambos perdieron el centro de gravedad.

Cayeron.

Sansón quedó sobre ella, apoyado en sus antebrazos para no aplastarla. Se hizo un silencio. Él tardó un segundo demasiado largo en reaccionar. El contacto de su cuerpo lo desarmó: el jadeo de Nut, exhausta, su mirada fija, la cicatriz que lo hipnotizaba…

—Perdona —murmuró al fin, apartándose con torpeza.

Nut no se movió enseguida. No por desconcierto, sino por cálculo.

Nunca había estado tan cerca de un hombre, ni siquiera en una batalla.

Nunca lo había permitido. Su voto era claro: permanecer intacta, aunque su trono le hubiera sido arrebatado.

El celibato era su última corona, la única que nadie podría quitarle.

Sansón solo era un medio para alcanzar sus objetivos.

Se incorporó con frialdad.

—No vuelvas a perder el equilibrio —dijo, como si nada hubiera ocurrido—. Ni aquí ni fuera.

Sansón asintió, aún turbado. En ese instante, Nut sabía que tenía el control. Él, en cambio, lo había perdido.

—Descansemos —propuso Nut. Le indicó un banco esculpido en la piedra.

Se acomodaron. La superficie estaba fría. Nut no se inmutó. Sansón, en cambio, se removió intentando buscar una postura cómoda. Ella lo observó de reojo, calibrando el momento exacto para iniciar una conversación natural. No podía precipitarse.

Nut aguardó en silencio. Cuando por fin habló, endulzó su voz, menos cortante que durante el entrenamiento.

—No luchas mal —dijo—. Un poco contenido —mintió.

Sansón levantó la mirada, sorprendido por la observación.

—¿Contenido? —repitió, sin saber si era una acusación o un elogio.

Nut fingió dudar, como si estuviera tanteando un terreno delicado.

—Aquí abajo todos tienen a alguien —continuó—. Una familia, un hijo, una mujer que depende de ellos. Es normal. Las responsabilidades atan… y también distraen.

Lo dijo con neutralidad premeditada, dando a entender que conocía una verdad evidente. Observó sus gestos: la tensión en la mandíbula, el movimiento de los ojos, la forma en que Sansón entrelazaba los dedos.

Él negó despacio.

—No tengo a nadie —contestó—. Fui expulsado de la Colonia del Oeste hace más de quince años. Llegué solo, y sigo solo.

Nut inclinó la cabeza hacia atrás, con un gesto de sorpresa fingido. En realidad, era lo que deseaba oír.

—Pues no lo parece —dijo.

—¿Por qué te interesa? — Sansón frunció el ceño, intrigado.

Nut bajó la mirada hacia sus propias manos, un movimiento calculado para parecer menos amenazante y más vulnerable.

—Porque es mejor entrenar a alguien que no tiene que pedir permiso para arriesgarse —contestó—, que puede actuar sin que nadie le reclame su decisión después.

—Dejó la última frase en el aire. Luego añadió—: Y porque aquí abajo…

es raro encontrar a alguien que no esté atado a nada —dijo con una mirada mustia.

Sansón la observó con fascinación. Había en ella una historia que él quería entender, aunque no supiera por qué.

Nut percibió el cambio. Era leve, pero suficiente. Él empezaba a abrirse. A confiar. Era el momento de avanzar un paso más.

—Dime, Sansón —dijo en tono confidencial—. Tú que llevas más tiempo aquí… He visto una puerta negra junto a la necrópolis. ¿Sabes lo que oculta? —Lo miró a los ojos esperando la respuesta.

Sansón tragó saliva. Esa pregunta le causó desagrado.

—¿Por qué quieres saberlo?

—Curiosidad, supongo —sonrió con inocencia.

—No lo sé, quiero decir, exactamente. Cuentan que comunica con los niveles inferiores que se dirigen al río subterráneo que atraviesa la ciudad.

Otros creen que conduce a un laberinto de túneles, dónde quienes han intentado explorarlos han sucumbido; y, por último, hay una teoría de que es un corredor hacia la Colonia del Sur.

La última hipótesis la golpeó con fuerza. Si era cierto… entonces, todo cambiaba. No movió un músculo. Ni un parpadeo fuera de lugar. Su respiración no se alteró, ni la postura relajada. No podía permitir que Sansón viera el brillo repentino en sus ojos.

—Gracias por contármelo. Tengo una proposición para ti —cambió de tema, así restó importancia a la información que le había proporcionado—. Podríamos colaborar. Tú me ayudas con las catequesis, y yo a ti con los entrenamientos. ¿Te parece bien? —preguntó pestañeando con su mirada seductora.

—Solo tu padrino puede adoctrinarte —objetó Sansón, aunque lo deseaba.

—¿Aviel? Está demasiado ocupado. Por favor, te necesito. —Posó su mano sobre el muslo de Sansón.

Tardó unos segundos en reaccionar, hasta que retiró la pierna del tacto de Nut. Le quemaba.

—Hablaré con Moisés, le parecerá justo —dijo, decidido.

—Entonces, si lo consigues, ¿quedamos aquí mañana?

—Sí, se lo comunicaré a Wade —acertó a decir, levantándose con brusquedad. El contacto lo hacía arder y se alejó apresurado sin volver la vista atrás.

Nut recostó la espalda en la pared. Sonrió igual que una depredadora cuando la presa ha caído en su trampa. Conocía el secreto que Sansón guardaba: la deseaba. Eso significaba poder, y no dudaría en utilizarlo sin medir las consecuencias. Cayese quien cayese, incluido él.