Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Objetivos

L a puerta negra fue una constante en el sueño de Nut. Estaba segura de que aquella cámara guardaba un secreto y que Moisés, por algún motivo, lo ocultaba al resto de los habitantes.

El día a día en la ciudad subterránea estaba bien organizado, cada persona desempeñaba un rol específico según sus habilidades y experiencia.

No existía una vigilancia, ni tampoco un control, sin embargo, funcionaba.

En la primera semana, las recién llegadas consiguieron ganarse la confianza de quienes compartían sus tareas. Hasta Nut disfrutaba, a su manera.

El establo se convirtió en su refugio provisional, aunque jamás lo admitiría.

Allí pasaba las mañanas cepillando a los caballos, limpiando los bebederos y revisando las cinchas como le habían enseñado los mozos de cuadra.

El olor a cuero curtido le despertaba el recuerdo de las cacerías en los bosques del sur.

Cuando su única preocupación era tensar el arco y seguir el rastro de jabalíes y venados.

Nunca había cuidado a los animales; eran otros los que lo hacían por ella.

Su relación con los caballos había sido la de una guerrera que los abandonaba al terminar la jornada.

Ahora, en cambio, debía atenderlos con paciencia, y esa inversión de roles la desconcertaba.

Aun así, había algo en la respiración cálida de los animales, en la forma en que inclinaban la cabeza para buscar su mano, que la serenaba. Le recordaban quién había sido y también quién podía volver a ser.

Por las tardes, cuando se lo permitían, entrenaba para no perder su precisión con el arco. No con el que había elegido el primer día, permanecía custodiado en el armero. Era una pieza excepcional; ligera, flexible y firme al mismo tiempo.

Aviel la observaba desde la distancia, sin perder detalle, temiendo que en cualquier momento la flecha se dirigiera hacia otra diana.

Nut soportaba esa vigilancia con fastidio y resignación.

Después de cada sesión, entregaba el arco prestado sin protestar, aunque por dentro ardía en deseos de demostrar de lo que era capaz fuera de aquellas paredes.

Sabía que su sitio no estaba entre monturas y cubos de agua, sino en el exterior, con los hombres que recorrían el desierto. Cada día que pasaba en el establo era una prueba de que debía ganarse ese derecho.

Wade entrenaba a los hombres con una paciencia que a veces rozaba lo épico.

La mayoría de ellos luchaba de forma rudimentaria, impulsiva, sin táctica ni lectura del adversario.

Les costaba asimilar las llaves de inmovilización, los cambios de peso, incluso los desplazamientos básicos de la custodia.

No obstante, Wade repetía cada postura hasta que el cuerpo de los aprendices empezaba a entender lo que su mente no retenía.

Siguiendo las instrucciones de Nut, su principal objetivo era centrarse en Sansón.

No porque fuera el más torpe, al contrario, poseía fuerza, reflejos y una resistencia casi animal, sino porque Nut quería un encuentro a solas con él.

Wade lo intentó y apenas había conseguido intercambiar con Sansón algo más que frases funcionales: «Ajusta el agarre».

«No adelantes el pie». «Respira antes de atacar».

Conversaciones técnicas, alejadas de lo personal.

Nut empezaba a impacientarse. Pero cada intento indirecto de Wade por acercarse a él había fracasado. Sansón parecía impermeable a las insinuaciones, o quizá no las reconocía. Wade sospechaba que el hombre vivía en un estado de concentración perpetua; lo que no fuera supervivencia le era ajeno.

Aun así, Nut insistía. Y cuando Nut insistía, Wade sabía que, tarde o temprano, tendría que encontrar la manera.

La oportunidad llegó durante una sesión de entrenamiento especialmente dura. Sansón había logrado derribar a tres hombres seguidos, pero en el último movimiento cometió un error: dejó expuesto el costado. Wade lo advirtió y detuvo la práctica.

—Tienes fuerza de sobra —le dijo—, pero si no aprendes a protegerte, un día encontrarás a un adversario que te partirá en dos.

Sansón frunció el ceño, molesto por la corrección.

—Dime cómo evitarlo —pidió, directo, sin rodeos.

Wade aprovechó la apertura.

—Hay una persona que podría ayudarte a mejorar tu precisión. Alguien que sabe leer un cuerpo en movimiento mejor que nadie.

Sansón la miró con interés por primera vez.

—¿Quién?

—Kai.

Sansón no reaccionó de inmediato, aunque Wade percibió el leve endurecimiento de su postura y la forma en que apretó la mandíbula. Solo se había cruzado con ella en un par de ocasiones.

—No sé si… —dijo Sansón, rascándose la barbilla—. Moisés debe autorizarlo.

Wade lo interrumpió con un gesto.

—Solo será una sesión privada, no creo que Moisés se oponga a ello.

Sansón bajó la mirada, pensativo. La idea de mejorar lo tentaba; la posibilidad de quedar en evidencia, no tanto. Por otro lado, quería conocerla.

—¿Cuándo? —preguntó al fin.

—Esta noche. En la galería vieja, donde entrenan los arqueros. No habrá nadie más. Yo me encargaré de hablar con Moisés.

Sansón asintió, breve, aceptando el desafío.

Wade sonrió para sí. Había conseguido su propósito, o eso pensó, porque quedaba convencer al líder. La condición sexual confesa de Nut la ayudaría.