CAPÍTULO 12
Balance
L a primera jornada de trabajo no las complació por igual.
Una vez instaladas en la dependencia, cada una de ellas se tumbó en el catre. La luz de un candil templaba la oscuridad, pero no aligeraba la sensación de encierro.
—¿Podéis dormir? —preguntó Lina, incómoda, buscando una postura que le permitiera conciliar el sueño. Debido a su altura, los pies levitaban en el aire.
—No, y si no te callas, menos —contestó Sora, quien golpeó la almohada con rabia.
—¿Tenéis algo que contarme? —intervino Nut.
El silencio fue la respuesta.
Lina estuvo a punto de hablar. Se contuvo. Mencionar a Luan no entraba en ese: «¿tenéis algo que contarme?». Fue prudente. Además, tampoco sabría mentir si Nut la interrogaba; ese era su mayor defecto.
Sora estaba hastiada de limpiar culos, mocos, lavar paños y escuchar las conversaciones banales de las madres.
Wade calló. Soportaba con entereza las burlas disimuladas de los hombres, porque no estaban habituados a que una mujer les diera instrucciones.
—¿Ahora sois mudas? —insistió Nut.
—¿Sabes que existe un solárium? Marta me lo mostró después de terminar mi turno. —Lina habló de lo primero que se le vino a la cabeza, una información trivial e inofensiva.
—¿Quién es Marta? —la interrogó Nut.
—La encargada de la enfermería, es muy simpática. Me recuerda a Francis…
—Esa imbécil murió por defender a un salvaje, tuvo el destino que eligió —sentenció Sora. Ahogando el dolor por la pérdida de su mejor amiga.
—¿Quieres decir que los habitantes de esta ciudad toman el sol? —intervino Nut de nuevo. No quería que la conversación derivase hacia hechos pasados.
—Sí, durante tres o cuatro horas. Cuando el sol alcanza su punto álgido, la luz se cuela por la abertura de una bóveda y desciende en vertical, formando sobre el suelo un círculo de claridad donde la piel recuerda, por un rato, que fuera sigue existiendo el día —explicó con voz melancólica—.
Aunque hay lista de espera para poder disfrutar de un baño de sol.
—No lo entiendo, el solárium sería un acceso fácil para los intrusos —sugirió Nut, perspicaz.
—Supuse lo mismo. Marta me aseguró que la bóveda está camuflada en una formación rocosa de granito compacto, imposible de escalar por la ausencia de presas, y que, desde el exterior, es invisible al ojo humano. Solo si los intrusos volaran podrían descubrirla.
—¿Y salir por ahí?
—La altura es considerable, habría que lanzar un garfio atado a una cuerda y subir a pulso —intervino Wade, a quien creían dormida.
Había visitado el solárium, aunque no le dio importancia en su momento—.
El problema estaría en descender por la superficie plana que la rodea y desconocemos la caída. ¿Quieres huir?
—Por ahora no, pero debo estudiar cualquier alternativa, en el caso de que… —Nut no verbalizó sus planes—. ¿Visteis la puerta negra de hierro junto a la necrópolis? ¿Qué ocultará? ¿Por qué está prohibido su acceso? —preguntó al aire.
—Sí, y escuché la advertencia de Moisés. Quizá se dirija a los pozos inutilizados, sirven de basurero —aclaró Lina.
—Quiero que lo averigüéis, sed discretas —les advirtió la patrona.
—Los hombres a los que entreno no están muy conformes con nuestra presencia aquí. No creo que colaboren —objetó Wade.
—Háblame de ellos. Además de Aviel, hay alguno que te haya llamado la atención.
—Sí, Sansón, no solo por su fuerza y destreza, sino por su mirada. Es… —Wade interrumpió sus palabras.
—¿Cómo es? —la apremió Nut. Hablaban en la oscuridad y no pudo percibir el gesto contrariado de la custodia.
—En su mirada hay algo que no me termina de encajar. Por un lado, es duro y retador; por el otro, inquieto. Oculta un secreto. Lo intuyo —afirmó Wade, sin dudar.
—Quiero hablar con él. Conciértame una cita —ordenó Nut.
—Lo intentaré —obedeció Wade.
—¿Habéis reconocido a alguien? ¿Algún huido de la rebelión del oeste? —Silencio—. ¿Lina? ¿Sora? —Moisés podía haberle ocultado cuánto sabia realmente sobre las colonias, y ella quería comprobarlo.
—No —contestaron al unísono—. Bien. Dormid. Mañana, mientras realizáis vuestras tareas, seréis mis ojos y mis oídos. Tenemos que buscar alianzas. En toda sociedad hay siempre alguien que no encaja: el que, tarde o temprano, traiciona.
Lina agradeció la oscuridad. Cerró los párpados con fuerza y apretó los labios.