CAPÍTULO 11
Tareas
M oisés decidió por ellas.
Lina fue destinada a la enfermería, dados sus conocimientos como sanadora; Wade entrenaría a los hombres, no era habitual que las mujeres se formasen en la lucha; Sora admitió haber sido paridera antes que custodia, de lo cual se arrepintió; porque su rol sería atender a los niños y ayudar a las madres.
Nut hubiera preferido el puesto de Wade, pero tuvo que conformarse y, después de todo, podría salir de la ciudad subterránea, utilizar armas y, lo más importante, influir en aquellos hombres que la acompañarían en las expediciones.
La enfermería, a diferencia del resto de los cubículos, estaba encalada.
Las camas eran de madera con un sistema muy rudimentario pero ingenioso: la parte superior se levantaba gracias a una pieza dentada, que encajaba en otra.
Bastaba moverla un poco sin esfuerzo para ajustar la inclinación.
Así se lo explicó Marta, la responsable del cuidado de los enfermos.
A su lado, Lina parecía un gigante, aunque calculó que serían de la misma edad, rozando la treintena.
Le mostró el escaso botiquín del que disponían. Contó tres convalecientes.
—El hombre sufrió un accidente y tiene fracturada la pierna.
Se la hemos inmovilizado desde el tobillo hasta la parte superior del muslo.
También se golpeó en la frente, presenta un hematoma sin herida, por ese motivo lo mantenemos en observación.
Está sedado —explicó Marta señalando la zona afectada.
—De acuerdo, le aplicaré paños fríos hasta que le baje la inflamación.
—Debajo de la cama hay una cuña, tendrás que ayudarlo. —Marta alzó una de sus cejas, igual de pobladas que su cabeza con una mata de pelo azabache.
—Estoy acostumbrada, no hay problema.
—Luego la vacías ahí. —Le señaló un agujero situado en el rincón, cubierto con una tapa de piedra.
—¿Dónde van a parar los desechos? —preguntó, curiosa.
—Bajan por un conducto vertical hasta uno de los pozos secundarios inutilizados. Los que construyeron la ciudad eran unos genios —dijo, con una sonrisa que redondeó sus mofletes—. Se cree que empezó a excavarse en el siglo VII, antes del nacimiento de nuestro Señor.
—¿Y aquella mujer? —Lina señaló a una joven hecha un ovillo.
—Padece diarrea y vómitos, dale suero y poco más —explicó acercándose a la última cama, donde yacía la tercera paciente—. Sin embargo, ella me preocupa. La encontraron en el desierto, sola y medio muerta.
—¿De dónde procede?
—No lo sé, habla lo justo y tampoco he querido preguntar.
—¿Lleva unas gafas tintadas? —preguntó, sorprendida.
—Sufre fotofobia, por la exposición a la luz solar.
—¿Está ciega?
—Sí, aunque puede ser temporal. Con cuidados, seguro que mejora. Ahora debo irme. Es mi turno en el solárium.
—¿Solárium?
—No creerás que mi tono de piel es por obra y gracia del Espíritu Santo —soltó una risotada—. ¡Uy! —se amonestó tapándose la boca—. La vitamina C es primordial para subsistir bajo tierra, sin ella enfermaríamos.
—Lo sé… ¿Y dónde está situado?
—Muy cerca de aquí. Cuando termines tu turno, te lo mostraré.
Marta se alejó con un trotecito, breve y ágil, pese a su figura redondeada.
Lina regresó a la primera cama, tocó la frente del hombre y comprobó que dormía plácidamente.
Luego, preguntó a la joven si necesitaba su ayuda, y esta solo emitió un gemido negando con la cabeza.
Así que se acercó a la última paciente. Comprobó el pulso en la muñeca con los dedos índice y corazón.
Sus latidos eran estables y no presentaba fiebre.
De repente, sintió una presión en el brazo.
—No me dejes sola —susurró.
—Tranquila, no iré a ninguna parte. —Se deshizo del agarre con suavidad y le tomó la mano—. Aquí estas a salvo, no tienes nada que temer.
—¿Quién eres? No reconozco tu voz. —Movió la cabeza hacia ella.
—Mi nombre es Lina, acabo de llegar a la ciudad. Una desterrada más. ¿Y el tuyo?
—Luan, expulsada de la Colonia del Este.
Lina la observó durante unos segundos. Entonces, la recordó.
Fue la vieja servidora que aceptó el castigo del destierro con dignidad.
Asumió ser la incitadora de la rebelión y confesó la muerte por envenenamiento de Zeva, el asistente de Minerva.
Se sacrificó para proteger al resto de mujeres implicadas.
Nut también estuvo presente en el juicio.
En ese instante, temió por ambas. Si Luan recuperaba la vista podría delatar a Nut, y si esta descubría la existencia de una testigo, intentaría deshacerse de ella.
—Tengo que hablar contigo —le susurró Lina acercándose a su oído.