Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Prueba

N ut entró en el habitáculo con desagrado.

El olor era nauseabundo. Los anteriores moradores habían dejado su pestilencia incrustada en cada poro de los muros.

Sintió cierto alivio al descubrir un respiradero que proporcionaba luz natural y una corriente de aire fresco continua.

Por supuesto, ella eligió uno de los catres con la autoridad de quien nunca tuvo que encargarse de tareas domésticas.

Estaban tallados en piedra y cubiertos con un jergón mullido que mitigaba su dureza.

Wade, Lina y Sora se afanaban en acondicionar la estancia frotando con cepillos de crin suelos y paredes.

Mientras, Nut repasaba en voz alta lo que ellas debían contarle a Moisés.

—¿Crees que sabrá la situación de las colonias? —intervino Wade en el soliloquio de la patrona.

—Es posible que esté al tanto de lo ocurrido en el Oeste, no olvides que, antes de instaurar el nuevo orden social, ayudamos a Gaia a atajar una rebelión y hubo obreros que huyeron.

Asimismo, recuerda que en el juicio contra las mujeres del Este, algunas eligieron el exilio.

Si se toparon con Los Desterrados, Moisés lo sabrá.

Durante un instante, solo se oyó el roce de los cepillos contra la piedra.

—Entonces, nuestra versión no será creíble —conjeturó Lina. La que parecía más interesada en superar la prueba.

—Lo será. Seguid mis instrucciones palabra por palabra y no cometáis ningún error o… —Metió la mano en la bota y les mostró el cuchillo—. Si pensáis que no podréis hacerlo, yo misma os cortaré la lengua antes de que arruinéis mi plan.

A Nut no le temblaría el pulso para ejecutar su amenaza, así que agacharon la cabeza y continuaron con la tarea. El trabajo quedó a medias cuando Aviel se asomó por la entrada, con sus greñas rubias y una túnica blanca impoluta.

—Aquí tenéis muda limpia, aseaos. Vendré a por vosotras en breve. Por cierto, Kai, descubre tu rostro por completo —dijo apresurado, y desapareció.

—Odio el blanco y más aún mostrar la cicatriz en público —escupió Nut lanzando las túnicas encima del jergón.

La rabieta no le sirvió de nada, unos minutos después seguía los pasos de Aviel ataviada con la vestimenta elegida para el rito.

La necrópolis se ubicaba en el nivel inferior.

Según les explicó Aviel, el aire frío y pesado tendía a descender, llevando los olores hacia abajo.

Así se creaba una barrera natural entre los vivos y los muertos.

Recorrer la ciudad era una mala pesadilla.

Los túneles serpenteaban y giraban, abriéndose a cámaras que se cerraban de nuevo en pasajes estrechos de difícil acceso.

En el recorrido final se internaron en una cueva.

No había sufrido alteraciones por la mano del hombre, era la única que conservaba su estado primigenio, áspero y puro.

Al fondo, había una piedra circular maciza, casi idéntica a la de la entrada de la ciudad, pero sin orificio central.

Sobre un altar, reposaba el cuerpo amortajado. Los habitantes estaban reunidos bajo la luz tenue de la cueva, el blanco de sus atuendos parecía casi fosforescente; imponía tanto respeto como el silencio. Ellas se ubicaron, sin mezclarse con los salvajes, cerca de la salida.

En cuanto el líder de Los Desterrados hizo su entrada, el grupo se abrió con precisión. Las figuras blancas se apartaron a ambos lados, creando un pasillo solemne por el que Moisés avanzó sin pronunciar palabra hasta que se colocó detrás del altar, frente a ellos.

—¡Oremos! —pidió con su voz profunda alzando los brazos—.

La muerte nos hace experimentar la pobreza del ser humano ante Dios.

Pero la esperanza no debe desfallecer. Levantad al cielo vuestros ojos, porque el Señor arrancará de la muerte a nuestro hermano y lo hará gozar en su reino abriéndole las puertas de la salvación.

Terminado el duro combate de la vida mortal, entrará como vencedor por las puertas de los justos para entonar cantos de victoria por los siglos de los siglos.

—Amén —replicaron al unísono.

—Sabed que no está muerto, sino que duerme; que no ha perdido la vida, sino que reposa, porque ha sido llamado a la vida eterna.

—Amén —repitieron.

—Señor, dale el descanso eterno.

—Y brille sobre él la luz eterna. Descanse en paz. Amén —recitaron a coro.

—Abrid la necrópolis.

Entre varios hombres rodaron la piedra hasta descubrir el acceso lóbrego de la cripta. Luego, alzaron el cuerpo y lo trasladaron a hombros hacia el interior. No tardaron en regresar. Empujaron la puerta rocosa y sellaron la entrada.

Una vez finalizada la ceremonia, Nut, sin moverse de su posición, observaba atenta el paso de los habitantes de la ciudad, sumando mentalmente los hombres que podrían serle útiles en su cometido.

Al terminar el trasiego, alcanzó a contar unos sesenta más unas diez mujeres de constitución fuerte.

Con entrenamiento, serían suficientes para doblegar a servidoras, parideras y asistentes.

Irem, la rebelde, carecía de un ejército adiestrado para la defensa.

No solo la había condenado a ella al exilio, sino también a sus custodias.

Moisés caminó hacia el grupo formado por Aviel, el perro guardián, y las recién llegadas.

—Aviel, puedes retirarte. Vosotras, seguidme.

Nut se quedó rezagada. Antes de entrar en la necrópolis, había observado que una de las cámaras anexas, cerrada con una puerta de hierro, estaba sellada, algo inusual en la ciudad, donde la privacidad era inexistente.

El color le llamó la atención; pintada de negro y con un símbolo extraño; según sus limitados conocimientos de la cultura antigua, no pertenecía a la religión cristiana.

—Ese acceso está prohibido —escuchó a Moisés, quien parecía tener ojos en la espalda—. Continuemos.

Deshicieron el camino, ascendiendo por los distintos niveles hasta llegar a la entrada de una estancia contigua a la Iglesia, en la que, a diferencia del resto, la puerta era de madera. En su parte superior se podía leer: « Intrate in pace ». 1

—Tú, acompáñame. —Señaló a Lina—. Las demás esperaréis fuera.

El interrogatorio continuó por Wade, Sora y, en último lugar, Nut, quien había observado los rostros de las custodias al salir de los respectivos interrogatorios. No advirtió ningún gesto de contrariedad y, lejos de tranquilizarla, le causó desasosiego.

Accedió al santuario de Moisés. Era sencillo, demasiado para el gusto de Nut.

Sin adornos innecesarios; un catre, una mesa de madera, al igual que la silla donde estaba sentado, y una estantería con apenas una docena de libros.

En el tomo más voluminoso y desgastado pudo leer: La Biblia.

En la pared del fondo había una cruz tallada en la roca.

Permaneció de pie y en silencio hasta que Moisés se dirigió a ella:

—¿Puedes recordarme tu nombre?

—Kai —dijo sin que le temblara la voz.

—¿Dónde naciste?

—En la Colonia del Norte, pero tras el apoyo de nuestra patrona en la rebelión de los obreros del Oeste, me quedé allí. Luego, cuando Gaia rompió la alianza, decidí unirme al ejército de Nut.

—¿Qué motivo te llevó a cambiar de colonia?

—Por amor, en ambas ocasiones —recordó sus charlas con Kai, en las que le confesó el amor no correspondido de Alexis y el honesto de Wade.

—«El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta».

Corintios 13:7. El amor dignifica, es la fuerza que nos mueve.

Te honra tu sinceridad. En nuestra ciudad ninguna relación está prohibida, mas debe ser bendecida por el Sacramento del matrimonio.

¿Alguna de ellas es tu pareja? —Dirigió la mirada a la puerta.

La pregunta la hizo dudar unos segundos, porque desconocía si Wade lo había confesado. Esa indecisión no pasó desapercibida para Moisés.

—No te avergüences, habla —exigió sin alzar la voz.

El comentario le ratificó su sospecha, así que no le dejó otra opción.

—Sí, Wade.

—Muy bien. Antes de ser custodia, ¿ejerciste en otro rango?

—No, nunca. Soy buena amazona, hábil en la lucha, domino a la perfección la lanza, la ballesta, el lanzamiento de cuchillo y brillo en el tiro con arco —contestó sin vacilar.

—¿Cuál fue tu delito?

—La traición —confesó, aunque la palabra se le quedó atragantada.

—¿Puedes ser más explícita? —le exigió Moisés.

—Antes, debo saber si está al tanto de que los rangos han sido liberados tanto en el Oeste como en el Sur. —Debía medir su respuesta, y no dar ninguna información que la delatase.

—Lo desconocía, hasta que tus compañeras así me lo han expuesto.

—Entonces, no necesita que le repita lo que ocurrió.

Moisés entrecerró los ojos, reclinándose un poco hacia atrás, sorprendido por la insolencia de aquella mujer. Nadie solía dirigirse a él en ese tono.

—Quiero escuchar tu versión. —Con esa sencilla frase, refutó el pretexto de Nut.

Repitió el mensaje acordado.

—Nos arrepentimos de seguir a Nut. Quisimos huir, volver a nuestra colonia y adaptarnos al gobierno de Irem, la nueva líder del Sur. Sin embargo, descubrió nuestro plan y…

—¿Por qué te marcó solo a ti? —la interrumpió, dando por ciertas sus palabras.

—Me odiaba, siempre me odió, sentía celos de mi beldad —dijo con un movimiento de cabeza, como si aún luciera su melena rubia.

—Lo dices con vanidad —señaló.

—No, por supuesto que no —negó, compungida—. Ella así lo declaró mientras perpetraba su venganza.

—¿Has cometido algún delito de sangre?

—Solo cuando así me lo ordenaron, como dictaba mi rango —mintió.

Moisés guardó silencio unos segundos, acariciándose la barba. La observó con una calma que empezaba a irritar a Nut.

—De acuerdo, formarás parte de las partidas de caza y ayudarás en los establos.

Pero antes, asistirás a las catequesis, te formarás como cristiana y serás bautizada.

Aviel será vuestro padrino para ese momento.

¡Ah! Samada es una palabra tabú, jamás la pronuncies.

Es un mal recuerdo para nosotros —apostilló, señalándole la salida con la mano—. Puedes irte.

La prueba había terminado.

Una vez fuera, esbozó una sonrisa triunfal. Estaban dentro. Solo sería cuestión de tiempo convencer a Moisés de que era posible darles a sus súbditos una vida digna a cielo abierto en la Colonia del Sur.