CAPÍTULO 9
Moisés
T ras su paso, la puerta de piedra cubrió la entrada con precisión.
El sistema de apertura impedía que se pudiera accionar desde el exterior.
De este modo, los habitantes de la ciudad subterránea vivían protegidos de cualquier ataque o intrusión.
A Nut, la sola idea de no ver el sol, o respirar aire viciado, le causó claustrofobia.
Sin embargo, se sorprendió cuando, después de dejar el carro y los caballos en una estancia similar a un establo, no sintió la densidad habitual de una cueva o el olor a humedad.
—¿Cómo es posible vivir aquí? —preguntó Lina.
—El origen de la ciudad es desconocido, pero los que la construyeron idearon un sistema de ventilación natural, permite la circulación del aire en todos los niveles.
También existen pozos que garantizan el abastecimiento de agua, gracias a la existencia de un río subterráneo —explicó Aviel con una amabilidad hasta entonces desconocida para la custodia.
—¿Niveles?
—Calculamos que habrá más de quince, aunque nosotros solo habitamos los ocho primeros. Ahora conoceréis a Moisés. —Por primera vez, Aviel sonrió cortés. Lina le correspondió.
El pasillo que transitaban comenzó a descender con escalinatas talladas en la roca porosa de origen volcánico.
La luz natural de los respiraderos se fue apagando y solo quedó el tintineo de finas llamas de las lámparas colgadas en la pared.
En algunos tramos, el techo las obligaba a agachar la cabeza; en otros, la estrechez rozaba sus cuerpos; hasta que al fin accedieron a una cámara amplia, de una altura de casi tres metros, de planta cruciforme.
Había varias filas de bancos corridos esculpidos desde el suelo.
Al fondo, una mesa construida de igual modo y, encima, una cruz en relieve sobre la pared iluminada por un haz de luz natural.
Un hombre estaba arrodillado frente al símbolo del cristianismo; con la cabeza alzada y los brazos abiertos, ligeramente inclinados, sin llegar a elevarlos sobre la línea de los hombros.
Aguardaron hasta que terminó de persignarse, dio dos pasos hacia atrás e inclinó la cabeza en señal de respeto. Luego, giró sobre sus pies y fijó la mirada en uno de ellos.
—¡Adán! ¡Hijo mío! —Abrió los brazos para recibirlo. El muchacho no reprimió sus impulsos y recibió el cariño de Moisés. Su primera experiencia fuera de la ciudad subterránea no había sido lo que esperaba—. Déjame que te vea. —Lo separó cogiéndolo por los hombros—. Estás sano y salvo, y entero.
—Hemos perdido a… —Se llevó las manos a la cara.
—Nos atacó una pareja de alimañas en el Oasis de Luna, no pudimos hacer nada por él, y si no llega a ser por estas mujeres, nuestra suerte hubiera sido la misma. —Se antepuso Aviel a las palabras de Adán, al verlo afectado.
Moisés, rapado al cero, pero con una barba blanca espesa que le alcanzaba el pecho, se encaminó con pasos prudentes hasta la posición de las custodias. Las examinó a cierta distancia, no por temor, sino por curiosidad.
—¿Cómo os llamáis? —su voz era cavernosa, profunda, aunque afable.
—Yo soy Wade, ellas: Kai, Lina y Sora; custodias expulsadas de la Colonia del Sur por traición. —Se adelantó a la que intuyó sería su siguiente pregunta.
—¿Custodias desterradas? Extraño —la última palabra se quedó flotando en el aire. Quizá por incredulidad, quizá por suspicacia.
—Hemos viajado con ellas, son de fiar —intervino Aviel.
—Eso está por ver, procúrales un alojamiento. Me entrevistaré con ellas después de dar sepultura a nuestro hermano. Avisadme cuando todos estén reunidos en la necrópolis. Debo prepararme para el culto.
Adán se despidió, aún apesadumbrado, y se encaminó solo hacia la salida. Aviel les indicó con un movimiento de cabeza que lo siguieran.
—En el primer nivel están ubicados los servicios comunes: la iglesia, como habéis visto, las cocinas, la escuela, la enfermería, la bodega y una cantina —explicaba Aviel mientras recorrían los pasillos, en los que no faltaban miradas curiosas de los que se cruzaban con ellos. Más hombres que mujeres.
—¿Qué es una cantina? —preguntó Nut.
—Un lugar de reunión, dónde se puede comer y beber de todo menos alcohol. Está prohibido.
—Comer y beber, ¿a cualquier hora?
—No, solo hasta el anochecer. Ahora nos dirigimos hacia allí, almorzaremos y luego os acompañaré a vuestra vivienda. Tendréis que adecentarla. Se os facilitará lo necesario para ello.
—No pienso limpiar —dijo entre dientes Nut, acostumbrada al buen hacer de las servidoras—. ¿Cómo os abastecéis? —Aquel refugio era seguro, pero infértil, como había supuesto.
—Será mejor que contengas tu curiosidad hasta que hables con Moisés.
—¿Puedo hacerte una pregunta más? ¿Cuánto sois?
—Según el último censo, casi doscientos, contando a mujeres y niños.
Continuaron adentrándose por el túnel, dejando atrás distintas cámaras, hasta llegar a la cantina.
La construcción era similar a la iglesia, aunque de menos amplitud; con bancos y mesas de piedra, y cocinas rústicas incrustadas en la roca.
A pesar de que estaban encendidas, el humo se disipaba por las chimeneas abiertas.
El ingenio con el que habían sido construidas asombró a Nut.
—Sentaos —les ordenó Aviel.
Junto a la mesa, donde se acomodaron, había un grupo de hombres de avanzada edad.
Se sintieron observadas, mas no advirtieron ningún gesto de desagrado por su presencia.
El primer pensamiento de Nut fue que, si la mayoría de los habitantes eran de las mismas características, no podría contar con un ejército decente para su intrusión en la Colonia del Sur.
Alejó esa idea de la cabeza cuando Aviel le sirvió un plato humeante de carne con tubérculos.
—Huele bien —comentó Lina. Metió la cuchara de madera en el guiso espeso y luego se la llevó a la boca con glotonería—. Tiene cierto sabor dulzón.
—Es por la yuca —añadió Aviel, quien se sentó a comer con ellas.
—¿De qué es la carne? —quiso saber Wade.
—Mejor no preguntes —dijo burlón. Ninguna de las cuatro entendió la broma de Aviel—. Tranquilas, criamos nuestro propio ganado. Ahora, comed, hay mucho que hacer y debemos asistir al culto.
—¿Nosotras también? —preguntó asqueada Sora.
—Sí, es importante para Moisés; solo los enfermos están eximidos de esta obligación. Además, como os dije, deberéis aceptar nuestra religión o nunca podréis salir de la ciudad. Cuando paséis la prueba, seréis bautizadas. Solo así es posible integrarse en la comunidad.
—¿Qué prueba?
—La de confesión y arrepentimiento.
Las cuatro entrecruzaron sus miradas, conscientes de que no había otra salida: debían seguir mintiendo.