Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Desterrados

E l salvaje que fue herido por la bestia murió después de una larga agonía.

Los conocimientos de Lina como sanadora fueron insuficientes para salvarlo.

Al amanecer, Aviel envolvió el cuerpo de su compañero en un saco de lino.

Recibiría sepultura en el refugio de Los Desterrados, como así mandaba la tradición cristiana.

Antes de iniciar la marcha, reunió a las cuatro custodias en la choza, mientras Adán vigilaba en el exterior. Se sentaron en el suelo formando un círculo, como él les indicó.

—Hoy es la última jornada del viaje, llegaremos al mediodía a nuestro destino.

En primer lugar, quiero agradeceros vuestra intervención de anoche, fue una demostración de arrojo y valentía.

Por ese motivo, y en segundo lugar, os ofrezco la oportunidad de uniros a Los Desterrados.

Necesitamos mujeres fuertes y hábiles en la lucha.

Sabed que quien entra a formar parte de la comunidad debe acatar las normas, no revelar nuestra situación y colaborar con el rol que Moisés designe…

—¿Quién es Moisés? —interrumpió Nut.

—Nuestro líder y guía espiritual —confesó Aviel.

—¿Cuántos sois? —El plan de Nut necesitaba un ejército.

—No puedo revelar nada más. Si aceptáis, lo sabréis. Si separamos nuestros caminos, el secreto no debe ser confiado —sentenció Aviel, que atisbó, por primera vez, la curiosidad de la custodia.

—¿Puedes dejarnos a solas? —intervino Wade. La que, hasta ese momento, había ejercido como jefa de su grupo a los ojos de los salvajes.

—Por supuesto. Engancharé los caballos y aguardaré vuestra decisión —dijo Aviel colgándose la ballesta a la espalda, de la que no se había separado, y se levantó.

Lo observaron mientras caminaba hacia la salida. Esperaron un minuto para cerciorarse de no ser escuchadas.

—¿De verdad te has planteado, por un solo segundo, unirte a ellos? —le reprochó Sora a Wade.

—No me corresponde a mí decidirlo —contestó dirigiendo la mirada a Nut.

La patrona permanecía sentada, con los brazos rodeando sus piernas y la cabeza apoyada sobre las rodillas.

—A mí no me parece una mala idea —soltó Lina.

—¡Silencio! Dejadme pensar, ahorraos las opiniones, aún soy vuestra patrona y acataréis mi decisión —dijo tajante.

Nut necesitaba ordenar las ideas, estudiar los pros y los contras, y valorar las distintas alternativas.

Solas no conseguirían su propósito. Sabía que era una manipuladora experimentada, como así lo demostró en su campaña contra Gaia.

Únicamente tendría que convencer al tal Moisés de que la Colonia del Sur sería como encontrar la tierra prometida.

Un lugar fértil, provisto de caza, agua y abundante vegetación.

Intuía que los recursos de Los Desterrados eran escasos o no se verían abocados a buscar el sustento fuera de su territorio.

—Wade, comunícale a Aviel que aceptamos su oferta.

—Sora frunció el ceño, Lina esgrimió una sonrisa tímida y Wade permaneció impasible—.

Pero antes, escuchadme. Nadie debe descubrir mi identidad, así que recordad que soy Kai.

Supongo que su líder nos interrogará antes de aceptarnos, daremos la misma versión que a Aviel.

¿Lo habéis entendido? —Asintieron—. Si alguna de vosotras no está de acuerdo, ahora es el momento de decirlo. —Ninguna abrió la boca.

Aviel acogió con satisfacción la noticia y arreó con brío a los caballos.

Después de dejar atrás el Oasis de Luna, el camino se tornó áspero.

La arena cedió a un suelo reseco y cuarteado, donde pequeñas piedras saltaban sobre las ruedas provocando un traqueteo incómodo, hasta que el horizonte se pobló de rocas desiguales, dispersas y de contornos irregulares.

No alcanzaban gran altura, pero obligaban al carro a serpentear entre ellas.

El sol ascendía con prisa, anunciando el mediodía, y Nut pensó que era improbable que cerca de allí hubiera un asentamiento.

Entonces, el camino desembocó en una vasta cavidad, una entrada monumental que parecía abandonada.

Las paredes mostraban un tono ocre uniforme y terroso.

El silencio se rompió en un eco profundo cuando una piedra circular de grandes dimensiones, con un orificio pequeño en el centro, comenzó a rodar desde el interior descubriendo un acceso.

—¿Dónde estamos? —preguntó Wade.

—En la ciudad subterránea de Los Desterrados —contestó Aviel.