CAPÍTULO 7
Sinergia
N ut aprovechó la ocasión para darse un baño en la laguna, a pesar de que sus aguas no eran cristalinas como las del manantial.
No pudo despojarse de la túnica, porque los salvajes permanecían atentos a sus movimientos desde la entrada del chamizo.
Supuso que su belleza, ajada por el sol y la cicatriz, le había restado atractivo natural, así como a su cuerpo, sin la rutina de los cuidados diarios.
Echaba de menos sumergirse en la espuma jabonosa de aceite de oliva, producto elaborado en la Colonia del Este; suavizar el cabello con mascarilla de huevo, miel y aceite; depilarse a conciencia, hidratarse el cutis con un preparado de aloe vera o perfumarse con agua de colonia a base de frutos rojos.
Se tumbó boca arriba flotando, relajó su cuerpo y extendió los brazos y las piernas, respirando con calma.
Cerró los ojos y visualizó el plan que Minerva había ideado antes de que ambas fueran enemigas.
Pronto, muy pronto, usurparía el poder a los rebeldes y a Irem, la servidora que había propiciado tal ultraje.
No habría piedad para ella, sería la primera en caer.
—¿Estás bien? —preguntó Wade, quien también entró en el agua.
—Sí, solo pensaba —contestó sin cambiar de postura, con la vista fija en ninguna parte.
—Los salvajes nos observan —añadió la custodia, que, al igual que Nut, vestía con la túnica.
—Tranquila, tú no eres una mujer a la que desear, y yo… —«Soy un monstruo». No quiso verbalizarlo y mucho menos admitirlo ante una de sus súbditas. La belleza arrebatada había resentido su vanidad, no así su orgullo.
—¿Y tú?
—Salgamos del agua —ignoró la pregunta, se incorporó y comenzó a caminar hacia la orilla.
La tela empapada, adherida a su cuerpo, insinuaba la redondez de sus senos erguidos.
Hecho que no pasó desapercibido para los tres hombres, en especial para Adán.
Un codazo de Aviel interrumpió la fascinación del muchacho.
—¿Qué pasa, Adán? ¿Te gusta lo que ves?
—¡Déjame en paz! —exclamó ruborizado. Se levantó furioso y entró en la choza. Aún era virgen, y jamás había visto a una mujer desnuda.
Cuando los desterrados eran admitidos en el refugio de Moisés debían acatar sus normas y creencias, basadas en la antigua religión cristiana; aunque con ciertas variantes adaptadas a su conveniencia.
El Samada no existía para ellos. Solo el Cielo y el Infierno.
La paradoja era que estaba permitido defenderse de sus enemigos, matar si era preciso, o atacar y robar a las caravanas.
Fuera de su territorio imperaba la ley del más fuerte.
La mayoría de los hombres y mujeres expulsados de las colonias no habían cometido delitos de sangre, pero los que sí, debían arrepentirse y someterse al rito de purificación.
No solo para hallar la salud espiritual, sino para integrarse en la comunidad.
Sora aguardaba junto a Lina en la orilla de la laguna. Esta última se lavaba por partes. No era tan atrevida como Nut o Wade.
—¿No preferirías darte un baño? Así tardarás una eternidad —comentó Sora, al verla pelearse con la túnica para que no se le mojase.
—¿Y tú me lo preguntas? Ni siquiera te has enjuagado los pies —se atrevió a responder. Conocía su humor arisco, mas no le importó.
—Estoy esperando a que los salvajes duerman.
—¿Un baño a la luz de la luna? Eres una temeraria, no me metería ahí dentro en plena oscuridad ni siquiera bajo los efectos de la hidromiel.
Lina atisbó un amago de sonrisa en los labios de Sora, quien lanzó un guijarro haciéndolo saltar por la superficie.
—¿Lo escuchas? —preguntó una vez las aguas se calmaron.
—¿El qué?
—El silencio. Las aves que nos recibieron duermen, no hay peces, ni siquiera ranas o grillos. Solo silencio —apuntó Sora, con cierta nostalgia, ausente.
—¿Qué es lo que más deseas? —A Lina le intrigaba el carácter reservado de Sora.
—Algo imposible, que no quede ni un hombre en la faz de la Tierra.
—¡Uy! Mucha suerte, ni el Samada podrá concedértelo —añadió Lina levantándose con torpeza. Luego, sacudió la túnica, alcanzó los pantalones, las botas y se alejó. Temía contagiarse de las malas vibraciones de su compañera.
La noche cayó sobre el oasis, y el reflejo de la luna llena iluminó las aguas dormidas de la laguna.
Nut y Lina se acomodaron junto a los salvajes en un rincón de la choza.
Wade y Sora se resguardaron en la pared frontal exterior, al calor de las hogueras prendidas con hojas de palma y los últimos troncos que habían transportado en el carro.
Tras el baño, un duermevela las envolvió a ambas hasta que un chapoteo llamó la atención de Sora.
Abrió los ojos, molesta, buscando el origen del sonido.
No tardó en descubrir a una pareja de alimañas que hocicaban en la orilla.
Sin hacer aspavientos que alertaran a los animales, avisó a Wade con un leve toque en su hombro. Esta despertó.
—¿Qué…?
Sora se llevó el dedo índice a los labios y luego señaló a las bestias.
Sin apartar la mirada del peligro, Wade hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza indicándole que entrase en el interior y cerró el puño.
Sin sus armas estaban perdidas. Necesitaban recuperarlas.
Sora alcanzó la entrada de la choza arrastrándose con sigilo.
Sin levantarse, echó un vistazo fugaz y divisó dos lanzas en el lugar donde descansaban los salvajes.
Se incorporó y avanzó con pasos medidos.
Cuando se disponía a cogerlas, sintió una fuerte presión en el brazo.
—Ni se te ocurra —la amenazó Aviel.
—Suéltame —dijo sin alzar la voz—. Hay dos alimañas ahí fuera, si no actuamos rápido y por sorpresa, seremos presa fácil. —Se guardó los pensamientos hostiles por no contradecir las órdenes de Nut.
—¿Dónde están? —preguntó mientras buscaba las botas para calzarse.
—En la orilla de la laguna, tenemos que salir cuanto antes. Wade está sola e indefensa. La necesito. —Intentó de nuevo agarrar una de las lanzas.
—Quieta —insistió—. Nosotros nos desharemos de ellas.
Despertó a los dos hombres, quienes se armaron con las lanzas. Aviel cargó la ballesta.
—Las rodearemos, no les gusta el agua. Intentarán huir. Si acierto con el tiro, solo quedará una. ¿Podréis derribar a la otra?
Ambos asintieron. Adán con miedo, sería su primer enfrentamiento contra las alimañas. Para entonces, Nut y Lina también habían despertado.
—Quedaos aquí —les ordenó Aviel.
—Pero… —insistió Sora, colocándose frente a él.
—¡Apártate!
Con un movimiento del brazo, la alejó de la salida.
—No lo conseguirán, ¿dónde están nuestras armas? —preguntó a Nut, una vez los hombres abandonaron el chamizo.
—Fuera, vi como las enterraban debajo del carro —explicó Lina.
—¡Maldita sea! —Los ojos de Sora se hicieron aún más pequeños y sus labios se fundieron en una línea dura—. Las buscaré. Lina, ven conmigo, tú sabes dónde están.
—¡No! —saltó Nut—. No os pondré en peligro a ninguna. Aguardaremos aquí hasta que…
Un fuerte quejido de dolor interrumpió las palabras de la patrona. Antes de que pudieran reaccionar, vieron a Wade asomarse a la puerta.
—Han herido a uno de ellos, Aviel ha errado el tiro. Hay que ayudarlos.
Sin pensárselo dos veces, Lina salió de la choza hacia el carro.
Los caballos relinchaban asustados y tiraban para escapar de sus ataduras.
Los movimientos bruscos de los equinos casi derriban a la custodia.
Esta se impulsó hasta caer bajo el carro.
Comenzó a excavar con las manos y encontró dos arpones.
El tiempo acuciaba y pensó que serían suficientes, así que regresó sobre sus pasos y se los lanzó a Sora y Wade.
Armadas, corrieron hacia Aviel y Adán. La situación era critica.
Los dos hombres se defendían con uñas y dientes de las arremetidas de las alimañas.
Adán era hábil, pero poco entrenado, y solo conseguía alejarla con movimientos torpes de la lanza.
Aviel, con ayuda de la ballesta, colocada sobre su pecho, evitaba que los colmillos alcanzasen su cuerpo.
No hicieron falta palabras. Con una sincronía entrenada, cada una de ellas fijó su objetivo.
Sora se aproximó por la espalda de la que atacaba al joven.
—¡Eh! —la llamó—. Ven a por mí. —Colocó el gancho en posición horizontal.
La alimaña se volteó despacio, rugió rascando el suelo con las patas delanteras y la miró desafiante, mientras una espuma viscosa manaba de su hocico.
Tomó impulso, corrió hacia ella y, por último, saltó.
En el mismo instante que el cuerpo de la bestia estaba en el aire, Sora se deslizó sobre la arena, alzó el arpón y le abrió el vientre.
Parte de las vísceras le salpicaron la cara y un hedor insoportable penetró en su nariz.
Al incorporarse, escupió los restos de sangre que se habían colado en su boca.
Observó como Wade remataba al otro animal y, después, ofrecía ayuda a Aviel, aún tumbado, exhausto por la lucha.
—Gracias —escuchó la voz de Adán, quien le tendía la mano.
—No lo he hecho por ti —contestó Sora sin dirigirle la mirada y se alejó de él.
Jamás tocaría a ningún hombre.