Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Decisiones

A viel durmió con la convicción de que Moisés, el guía de Los Desterrados, se alegraría de sumar cuatro guerreras a sus filas.

Era inaudito que unas custodias hubieran sido repudiadas porque en ellas prevalecía la fidelidad a las patronas, así como su defensa a ultranza de los rangos.

Lo sabía bien, de hecho, su único delito fue enfrentarse a la mano derecha de Noa, la antecesora de Minerva.

Él solo fue un obrero mediocre que se atrevió a contradecir una orden.

En todo caso, todavía quedaban unos días de viaje.

Tiempo suficiente para corroborar no solo la versión de las cuatro mujeres, sino que no habían sido enviadas para descubrir su guarida.

De igual modo, se reafirmó en su decisión al despuntar el día; la primera noche de prueba había sido satisfactoria.

—Levantamos el campamento y continuamos —ordenó Aviel tras tomar un desayuno ligero.

De nuevo, Lina y Nut subieron al carro. Wade y Sora continuaron a pie, por los mismos motivos que el día anterior.

Nut necesitaba saber hacia dónde se dirigían.

—¿Cuántas jornadas nos quedan? —preguntó al aire a la espera de que alguno de los tres hombres le contestase.

—Cinco o seis, si no sucede ningún contratiempo —dijo el de menor edad. Nut calculó que no tendría más de veinte años. Era delgado, de hombros estrechos. Su rostro, de facciones marcadas, mostraba unas mejillas hundidas que acentuaban sus pómulos.

—¿Dónde naciste? —quiso saber, no era común que un infante fuera desterrado.

—En…

—¡Basta! —gritó Aviel—. Nada de preguntas o tendrás que bajarte y caminar junto a esas dos.

Nut agachó la cabeza y lo maldijo en silencio. Lina reconoció en aquel gesto el orgullo herido. La sumisión de la patrona no era una de sus virtudes y tampoco acatar órdenes de un hombre.

Los días eran monótonos, con la mirada siempre clavada en el horizonte.

A veces arenoso, otras salpicado con formaciones de rocas singulares; y la mayoría, con sinuosas dunas que entorpecían el camino.

Hacían paradas al mediodía y al atardecer.

Los salvajes hablaban lo justo. El único que interactuaba con ellas era Aviel, más por descubrir el verdadero motivo de su viaje que por ganarse su confianza.

En la séptima jornada, las mujeres atisbaron con sorpresa una mancha de vegetación rodeada de un grupo de palmeras tan esbeltas como las del Norte.

—¿Qué es aquello? —preguntó Lina señalando el verdor, quería confirmar que no era un espejismo.

—El Oasis de Luna —contestó Aviel.

—¿Por qué se llama así?

—Lo encontró la primera mujer expulsada de las colonias, y su nombre era Luna.

Le salvó la vida y así pudo continuar su camino hasta…

—dudó si era el momento para revelarles el lugar al que se dirigían.

El Oasis de Luna no era solo un descanso en medio del desierto, sino la última parada antes de atravesar los dominios de Los Desterrados.

La entrada al refugio había sido protegida durante dos generaciones, y solo sus moradores la conocían.

—¿Hasta? —osó preguntar Lina.

—A su debido momento lo sabrás —zanjó la conversación, y arreó a los caballos.

A medida que se acercaban, el aire se volvía más respirable y una bandada de aves pequeñas les daban la bienvenida, dibujando en el cielo una coreografía perfecta de formas cambiantes.

Sus gorjeos eran alegres y el batir de las alas producía un murmullo apacible.

Parecía que la madre naturaleza celebraba su llegada.

Aviel tomó con firmeza las riendas y tiró suavemente hacia atrás, hasta que los equinos redujeron la velocidad y se detuvieron.

En el centro del vergel se extendía una laguna de reducidas dimensiones y un pozo anexo a un edificio sin ventanas construido de adobe.

Estaba cubierto de hojas secas de palma.

—Hemos llegado, pernoctaremos aquí. Podremos refrescarnos y descansar bajo techo. Aunque habrá que hacer guardia y fuego en el exterior, las alimañas suelen acudir a beber por la noche, y no es extraño que ataquen a los caballos —explicó Aviel mientras se apeaba del carro.

—No pienso desnudarme delante de estos salvajes, y mucho menos dormir junto a ellos —susurró con desdén Sora a Wade.

—Si no es tu deseo, no tienes por qué hacerlo. Puedes asearte vestida al anochecer. Aún quedan unas horas hasta que se oculte el sol y te secarás antes de dormir. No te preocupes, no estarás sola, me quedaré contigo aquí fuera.

—Gracias. Entonces, esperaré a que desaparezcan de mi vista.

Nut, por mucho que lo había intentado, no lograba ubicarse.

Era imposible que, si habían viajado en dirección sur, no hubieran avistado las montañas de pizarra negra tan características de su territorio.

No obstante, presentía que estaban cerca.

El río que atravesaba su colonia se perdía en la parte este, ¿y si el agua que manaba en el oasis era una prolongación de su curso?

—Tú, ayuda a las demás, tenemos trabajo que hacer antes de que caiga la noche —le ordenó Aviel al verla ensimismada.

La mirada de Nut no disimuló la antipatía que sentía por él.

Aviel sonrió de lado, acentuando la distancia que los separaba.

Disfrutaba del poder que le otorgaba la situación; un obrero dándole órdenes a una custodia.

Nut, sin apartar la vista, mantuvo la calma, sabía que cualquier gesto podría ser interpretado como un desafío y no era el momento, aún no.

Algún día Aviel se postraría ante ella, la Patrona del Sur.