CAPÍTULO 5
Perspectivas
L a mirada recelosa de Sora no descansó.
Solo una idea se fraguaba en su cabeza: acabar con ellos.
No los necesitaban, no así el carro, los caballos y las provisiones, aunque sabía que sin la complicidad de Nut, cualquier intento de atacarlos no tendría éxito.
Por otro lado, los parajes que atravesaban le eran desconocidos, lejos de la ruta habitual de las caravanas.
Por la posición del sol al atardecer, dedujo que se encontraban en un punto intermedio entre las Colonias del Sur y del Este.
Temía la noche, dormir y, más que nada, que el sueño la venciera.
La pesadilla, cuando los obreros la tomaron por la fuerza, seguía grabada en su memoria.
Se juró a sí misma que ningún hombre volvería a tocarla.
—Acamparemos aquí —escuchó la voz de Aviel igual que si una hoja afilada le atravesara sus pensamientos.
Echó un vistazo a su alrededor, estaban en campo abierto sin ninguna protección. Un paraje inusual que ellas nunca hubieran elegido.
—Bajad leña, encenderemos fuego. Nosotros dormiremos en el carro —les indicó.
Obedecieron y Sora respiró aliviada. Prefería mil veces pernoctar a la intemperie que verse rodeada de los tres salvajes. Incluso tendría la oportunidad de exponerle su idea a Nut.
La oscuridad borró los últimos rayos del sol. El chisporroteo de las llamas hacía compañía a las mujeres, que, arropadas con sus capas, combatían la temperatura gélida de la arena. Wade hacía guardia sentada con la espalda apoyada en una de las ruedas del carro. Lina dormía a su lado.
Los ronquidos de los salvajes no se hicieron esperar. Sora deslizó su cuerpo con sigilo hasta acortar la distancia que la separaba de Nut. Estaba tumbada de lado, en posición fetal, arropada con la capa hasta la cabeza. La tocó en el hombro con suavidad para no asustarla.
—¿Estás despierta? —preguntó en un susurro.
Nut se removió con pereza.
—Ya no —soltó con voz apagada, girándose apenas bajo su abrigo. Estaba claro que le había interrumpido el descanso. Sin embargo, Sora no se disculpó.
—Tengo un plan para librarnos de ellos —soltó sin preámbulos.
Esa simple frase llamó la atención de Nut, quien abrió los ojos. El reflejo de las llamas provocó un brillo repentino en sus iris azules; aunque el cansancio seguía presente, la curiosidad apagó su malestar inicial por haberla despertado.
—Ellos son tres, nosotras cuatro. Duermen. Si los atacamos por sorpresa, no tendrán tiempo de reaccionar —explicó convencida la custodia.
—Nuestras armas están en el carro. ¿Cómo quieres que los derrotemos? ¿A golpes? —discrepaba de la idea de Sora—. No podemos dejarnos guiar por la improvisación.
—¿Aún tienes el cuchillo escondido en la bota?
—Sí, y no deseo perderlo. Algún día será fiel testigo de mi venganza. Además, te confieso que también pensé en utilizar sus recursos hasta llegar al sur y, luego, acabar con nuestro trato, pero… —interrumpió sus palabras al escuchar una tos seca y escandalosa. Procedía del carro.
—¡Deja de hacer ruido! Atraerás a las malditas bestias —Aviel regañaba a uno de los suyos.
—Hablaremos mañana —dijo Nut, moviendo los labios sin que ningún sonido saliera de ellos.
Sora entendió su mensaje, aunque le hubiera gustado saber por qué había cambiado de opinión.
Wade mantenía los ojos bien abiertos, no solo por un posible ataque de las feroces alimañas, sino porque no creía en la buena fe de los salvajes.
No llegaba a comprender la conveniencia de que viajaran a su lado.
Ellas eran más un estorbo, que les ralentizaba el viaje, que una ayuda.
Intuía que algo tramaban. Quizá las engañaron y su destino no era el sur.
Quizá el pacto solo era una treta para ganar su confianza y al final someterlas sexualmente.
Quizá, allá donde se asentaban, estaban faltos de mujeres fértiles. Quizá…
—¿Quieres que te releve? —preguntó Lina en un tono de voz inaudible para los hombres, quienes resoplaban de nuevo.
—Pensaba que dormías —dijo Wade removiéndose. El buje de la rueda le había marcado la espalda.
—Lo he intentado. Mi cuerpo es exigente y me lo pide, pero mi mente se resiste. —Lina estiró sus largas piernas entumecidas por la postura.
—Te entiendo, siéntate —le indicó con un par de palmadas en la arena.
La actitud atenta de Wade sorprendió a Lina. Supuso que echaba de menos la compañía de Kai. Desde su huida, era la primera vez que mostraba interés por ella. Así que, animada por la invitación, no la rechazó.
—¿Piensas en ella? —se atrevió a preguntar, una vez acomodada a su lado.
—Siempre —contestó Wade sin apartar la mirada de la oscuridad. Atenta a cualquier movimiento.
—¿Sabes? Nunca me he enamorado —admitió sin reservas.
—¿Eres heterosexual?
—Sí.
—Entonces, es normal, como la mayoría de las mujeres de las colonias.
—Gaia encontró el amor —expresó con melancolía.
—Y lo perdió. Arriesgó demasiado para nada. Gael está muerto.
—¿Por qué crees que nos prohíben amar a los hombres? —Lina cuestionaba de nuevo las normas de las patronas fundadoras..
—El amor nos hace débiles, ejerce un dominio mayor que cualquier otro sentimiento. Ni siquiera el odio o la venganza pueden superarlo.
—¿Y eso es malo?
—Sí, cuando lo utilizan para otro fin. Los hombres solo quieren poder, dominar, doblegar y sumirnos en el caos. El poder les ciega.
—¿Y a nosotras no?
—No, defendemos un principio fundamental; preservar nuestra civilización.
—Entonces, ¿por qué Nut atacó la Comunidad de los salvajes? ¿No fueron las ansias de poder?
Wade fue consciente de adónde quería llegar. Se negaba a aceptar su insinuación.
—Nut solo desea lo mejor para su colonia y recuperarla. Nada más. Si no quieres enemistarte con ella, deberías guardarte tus palabras.
En ese momento, Lina dio por zanjada la conversación. Sora odiaba a los hombres, Nut solo los utilizaba y Wade nunca traicionaría a esta última.
Jamás encontraría apoyo en ninguna de ellas.