CAPÍTULO 4
Riesgo
L as cuatro mujeres caminaban en fila cargadas con las provisiones.
Nut, para esconder el cabello rubio, lo cubrió con un pedazo de tela de su capa.
La única parte del rostro al descubierto eran sus ojos azules.
Wade la seguía, cabizbaja y en silencio, apesadumbrada por la muerte prematura de Kai.
Tras los pasos de Lina, Sora cerraba la expedición.
Tomaron dirección sureste. Atravesarían el desierto lejos de las rutas habituales de las caravanas.
Era un riesgo que debían correr; así lo expresó Nut antes de partir.
El paisaje no difería del que conocían: dunas, rocas diseminadas y restos de huesos.
Los buitres, tozudos, surcaban el cielo en círculos al acecho, planeando sobre sus cabezas.
Ellas los ignoraban. Debían avanzar fortalecidas después de los tres días de estancia en el manantial.
Solo se detuvieron un par de veces, para descansar y llevarse algo a la boca, y, antes del anochecer, buscaron un lugar donde resguardarse.
Hallaron una formación rocosa en medio de la nada con un hueco en su interior, suficiente para dormir unas horas.
Dudaron si encender fuego o no. Era cierto que la luz espantaría a las alimañas, pero también atraería a los salvajes, así que optaron por ahorrar la poca leña de la que disponían. Además, organizaron las guardias.
A la mañana siguiente, retomaron la marcha. Sora controlaba la retaguardia. De vez en cuando, oteaba el horizonte sin advertir ningún peligro hasta que observó una nube de polvo que se movía hacia su dirección.
—¡Nut! ¡Nut! —gritó—. ¡Alguien viene!
Las demás pararon en seco, dejaron sobre la arena las provisiones y se reunieron con Sora.
—¿Qué haremos? —preguntó Lina.
—Nada —contestó firme Nut—. Si huimos, pensarán que tenemos algo que esconder. En caso de que sea una caravana, aunque lo dudo, nos dejarán a nuestra suerte, como así lo dicta la ley de las colonias. Somos desterradas y hemos recibido nuestro castigo: el exilio.
—¿Y si son salvajes? —preguntó Wade.
—Nos comportaremos como ellos. Tú hablarás.
—¿Por qué yo?
—Mírate, Wade. Eres la más fornida de las cuatro, al menos te respetarán. Templa los nervios y no cometas ningún error. ¿Me has entendido?
—Sí, patrona.
—Sentémonos en círculo, enterrad las lanzas y los arpones en la arena. Simularemos estar descansando. En caso de que ataquen, no nos quedará otra opción que defendernos. Estad alerta.
Aguardaron tal y como había planeado la patrona.
Unos minutos después, un carro tirado por dos caballos, y otro de refresco, atado en la parte trasera, se detuvo junto a ellas.
Tres hombres lo ocupaban; uno encargado de las riendas y otros dos en la parte posterior.
Eran salvajes, fácil de deducir por su apariencia y las túnicas deslucidas.
—¡Qué tenemos aquí! —exclamó el primero, girándose hacia los otros dos con una sonrisa de medio lado. Ninguno habló, se limitaron a sonreír.
Levantándose, descolgó la ballesta que llevaba a la espalda y la cargó. De un salto, se apeó del carro y caminó hacia el grupo. Los otros hicieron lo mismo, aunque portando lanzas. Las rodearon apuntándolas con las armas.
—¿Quiénes sois? —preguntó el primero, que parecía estar al mando. Era un hombre fornido, de espalda ancha, con tres greñas rubias que poco o nada camuflaban sus entradas incipientes. Rondaba entre los cuarenta y cincuenta años.
Wade levantó las manos mientras lograba ponerse en pie.
—Desterradas —dijo sin vacilar.
—¿Las cuatro erais custodias? —dedujo por el color de sus vestiduras—. ¿De qué colonia? —inquirió.
Aquella pregunta la tomó por sorpresa. Echó una mirada a Nut y no apreció ningún gesto que le hiciese intuir la respuesta correcta. Ignoraba si los salvajes conocían los últimos acontecimientos.
—Del Sur —le pareció la contestación más sensata. La posibilidad de que procedieran de su misma colonia era reducida. No recordaba que en los últimos años ningún hombre escapase vivo de allí, excepto Ever, y este vivía en el Oeste bajo la protección de Gaia.
—¿Qué lleváis ahí? —Señaló con la ballesta los bultos depositados en la arena.
—Provisiones.
El hombre, no conforme con la respuesta de Wade, se agachó y abrió una de las telas. El olor a pescado ahumado era inconfundible.
—¿De dónde los habéis sacado?
—Del manantial de la cantera.
—Ja, ja, ja, ¿habéis escuchado? —preguntó al aire sin apartar la mirada de los ojos de Wade, quien permaneció impasible ante su burla—.
Ese lugar está maldito y nadie sobrevive si bebe de sus aguas.
¡Dime la verdad! —Se acercó a ella. El hombre era de la misma altura de Wade.
Levantó la ballesta y apuntó al pecho de la custodia.
—Es la verdad —dijo sin inmutarse por la amenaza.
—Si es así, y no os mata el desierto, la maldición del manantial acabará con vosotras —sentenció el salvaje.
—¿Adónde os dirigís? —se atrevió a preguntar Wade.
—No es de tu incumbencia.
Entonces, el hombre arrugó el ceño al descubrir a una de ellas con el rostro cubierto.
—Tú, levántate. ¿Por qué te ocultas? —se dirigió a Nut.
—Su mejilla está marcada, es para protegerse del sol —habló Wade de nuevo, antes de que Nut pudiera reaccionar.
—¡Muéstramela! —exigió desconfiado.
Nut deslizó con cuidado la tela, apartó la gasa y le mostró la cicatriz.
—No es una ese —advirtió el hombre. Lo habitual era que la marca coincidiera con la inicial de la colonia de donde procedía o en la que había cometido el delito.
—La patrona del Sur es impulsiva. Utilizó la hoja de su cuchillo en un ataque de ira —explicó Wade.
—¿Cuál fue vuestra culpa?
—Traición, quisimos derrocarla.
—Entendido —chasqueó la lengua—. Tú me has preguntado a dónde nos dirigíamos, ¿y vosotras?
—Buscamos el mar —dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
—¿Por aquí? Me temo que nunca llegareis.
—Nuestras provisiones son escasas y el agua no nos durará mucho. Podemos viajar juntos hasta encontrar un lugar donde asentarnos —sugirió Wade. Enseguida advirtió a Nut negar con la cabeza. En esa ocasión, lamentaba no estar de acuerdo con la patrona.
—No estaría mal tener compañía femenina, ¿verdad, chicos? —preguntó con una sonrisa torcida.
Sora, al escuchar aquellas palabras, metió la mano en la arena, agarró la lanza y estuvo a punto de alzarla. La mirada recriminatoria de la patrona la detuvo.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó el salvaje, ajeno al movimiento de la custodia.
—Wade.
—Muy bien, Wade. El mío, Aviel. Viajaremos juntos.
Antes, acordaremos las condiciones. Haréis lo que se os mande, nos serviréis y si alguna de vosotras intenta jugárnosla, os abandonaremos a vuestra suerte para alimento de los buitres.
¿Trato hecho? —El hombre le ofreció la mano y ella la aceptó—. Subid las provisiones al carro.
Ante la mirada atenta de Aviel, desenterraron los arpones y las lanzas.
—Sois astutas, ¿pensabais atacarnos?
—No, a no ser que nos hubiéramos visto en peligro —contestó con sinceridad.
—Nos vendrán bien vuestras habilidades como custodias. Últimamente las alimañas están embravecidas.
Cargaron sus pertenencias en el carro. Ellas se turnarían para ir a pie porque el espacio era reducido. Wade y Sora decidieron caminar; la primera, porque cedió ese privilegio a la patrona; la segunda, porque aquellos salvajes le causaban repulsión.
Prosiguieron el viaje con el riesgo que conllevaba ser descubiertas.
Sobre todo, la identidad de Nut. La patrona entendió la decisión de Wade.
Lo único que buscaba era garantizar que llegarían al Sur sin perecer en el intento.
Si lo conseguían, sería fácil deshacerse de los salvajes cuando no los necesitaran.
Hasta ese momento, ninguna de ellas se percató de un detalle. La ballesta, que colgaba en la espalda de Aviel, estaba tallada con el símbolo de la Colonia del Este; una rama de olivo. No había duda, pertenecía a Minerva. Nut lo advirtió de inmediato.
—¿A quién habéis robado el carro? —preguntó.
—¡Vaya! Esta también habla —dijo burlón Aviel—.
A una custodia como vosotras, salvo que no era una traidora.
Se dirigía al norte bien provista de agua y comida.
Nos extrañó que viajara sola, no es lo habitual, por lo que fue una presa fácil.
La dejamos medio muerta y mi amigo le robó las botas, no creo que llegue muy lejos —explicó orgulloso lo que para él era una hazaña.
—¿Cómo la encontrasteis?
—Por casualidad —dijo encogiéndose de hombros.
—¿No os descubrió antes de atacarla? —Aunque se alegraba del destino de Minerva, no comprendía el hecho de que unos salvajes consiguieron vencerla.
También intuyó el motivo de su viaje en solitario vestida de custodia.
Supo, durante su estancia en el Este, que no había nacido en las colonias y que deseaba conocer su pasado.
—Mi tirachinas no falla, puedo acertar a casi cien metros de distancia.
Esa mujer estaba descansando a plena luz del sol en mitad del desierto.
—Metió la mano bajo su túnica y le mostró el tirachinas.
Era de un tamaño mayor del que utilizaban los infantes.
La empuñadura y la horqueta estaban talladas en madera, la badana de cuero; sin embargo, la banda era más elástica, de un material desconocido para ella.
—¿Lo has fabricado tú? —Extendió la mano con intención de examinarla.
—¡Basta de preguntas! —escupió, y con un movimiento rápido, ocultó aquella arma tan singular.
Nut acató la orden de Aviel.
Quizá el Samada había propiciado el encuentro con los salvajes y lo utilizaría a su favor.