Samada: la Colonia del Sur (Samada 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Refugio

A ciegas, sin saber hacia dónde se dirigían, Nut encabezaba la huida.

La media hora que duró la tormenta les dio una ventaja sobre la caravana.

A pesar de la dureza de caminar por las dunas, consiguieron alejarse lo suficiente para no ser descubiertas.

Cuando la arena en suspensión tocó el suelo, el sol les indicó la posición.

Estaban al este, aunque lejos de la ruta de Minerva.

—¿Adónde vamos? —se atrevió a preguntar Lina. Las demás se limitaban a seguir a Nut en silencio.

—A la cantera —contestó, escueta, sin desviar la mirada del horizonte.

—¿Cómo sabes que es la ruta correcta?

—El Samada nos ha ayudado con la tormenta, he localizado el punto en el que nos encontrábamos y sé el camino que debo tomar —aseguró.

—¿Por qué hacia allí?

—Deja de hacer preguntas —le ordenó. Lina había colmado su paciencia.

Obedeció. Su relación con la poderosa Nut era limitada y comprobó que, a pesar de las circunstancias, no había perdido la soberbia.

Desconocía por qué la había elegido para escapar junto a sus mujeres de confianza.

No tenía amistad con ninguna de ellas. Wade, la jefa de las custodias, era hermética y, excepto con Kai, su pareja, no se relacionaba con nadie.

Ambas caminaban unos pasos atrás. Sora, quizá por la mirada profunda, acentuada por los rasgos asiáticos, y su frialdad, mantenía un escudo impenetrable.

Lina ejerció de sanadora durante unos años y, justo antes de la rebelión, decidió cambiar de rango.

Se aburría en la sala de curas, siempre lo mismo: atender a las parideras, colocar emplastos en heridas superficiales o quemaduras, y lo que maldecía era visitar a los obreros.

No tenía nada en contra de ellos, solo que cuando la avisaban, poco o nada podía hacer.

Nut, a diferencia de las otras patronas, no se preocupaba por el bienestar de ninguno de los hombres de la colonia, excepto de los asistentes. La adoraban.

Aunque Lina había decidido apoyarla en su obcecación por mantener los rangos, entendió la postura de Gaia.

Imaginó que su rebelión, sin la aprobación del resto de sus aliadas, no tendría éxito.

Se equivocó. Ahora reconocía que no estaba en el bando acertado.

Temía por su suerte. No obstante, confiaba en que su fortaleza física y mental la ayudasen.

Era desgarbada y caminaba de una forma peculiar, con los pies separados para equilibrar su altura, por encima de la media de las mujeres que conocía.

Agradeció esa ventaja, el viaje se hacía llevadero y seguía sin esfuerzo a Nut.

De repente, un estallido sobrecogedor las paralizó a todas.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Kai, el clon de la patrona y la que habría sido su sucesora en la colonia si no le hubieran arrebatado ese destino.

—Una explosión en la cantera, estamos a pocos kilómetros —intuyó Nut.

—¿Es seguro que sigamos? —intervino Wade.

—No tenemos otra opción, el odre está casi vacío y es el único lugar donde abastecernos. Pronto caerá la noche y necesitamos un refugio. La mina nos servirá. Continuemos —ordenó.

Ninguna puso objeción. Apretaron la marcha hasta que divisaron la colina de roca maciza de la cantera. Una vez allí, demoraron la entrada, ocultándose tras unos bloques de morralla.

—Wade, inspecciona desde aquel saliente el manantial y el acceso a la mina. Puede que quien haya efectuado la detonación todavía siga ahí abajo.

La custodia obedeció arrastrándose hasta el borde del banco artificial. Asomó la cabeza y solo advirtió los restos de un carro desvencijado en el camino. Aun así, regresó del mismo modo.

—No hay nadie.

—¿Estás segura?

—Sí.

—De acuerdo, bajemos.

Excepto Nut, ninguna de las demás conocía el manantial.

Se quedaron maravilladas por el color turquesa de sus aguas y la piedra esculpida de la cantera, a cielo abierto, que lo arropaba.

Dejaron atrás el carro abandonado, no sin antes comprobar si había algo que les fuera útil.

No tuvieron suerte; estaba vacío e inservible.

Al llegar a la orilla, las cinco mujeres se arrodillaron y bebieron con ansia hasta saciar su sed.

Nut apartó la gasa de lino de la cicatriz reciente en su mejilla izquierda; grabada a fuego por el cuchillo de Minerva que, con habilidad, le había robado.

La odiaba, pagaría por ello y el Samada sería testigo de su venganza.

Se refrescó la quemazón y alivió el calor que desprendía su piel.

Cuando las aguas se quedaron inmóviles, observó el reflejo de su rostro, antes bello, desfigurado.

Apartó la mirada al evidenciar el monstruo en el que se había convertido.

Le causó más rabia que dolor. Había sido marcada, por su traición, como a una mísera salvaje.

Se levantó con altivez, sin demostrar ni un atisbo de la frustración que sentía, encaminándose decidida a la entrada de la mina.

Recuperar la Colonia del Sur era su primer objetivo.

Recordaba que Artis encontró material médico y documentación, así como aquel diario misterioso, en un refugio oculto al final de los túneles.

Por ese motivo, decidió dirigirse hasta allí.

Al entrar, quedó decepcionada. El acceso estaba bloqueado por restos de rocas, debido, sin duda, a la explosión que escucharon en el desierto.

Salió descargando su odio con una patada al aire, como una infanta enrabietada. Un gesto impropio en ella.

—¡Maldita Minerva! —gritó.

—¿Qué ocurre? —intervino Sora, quien había permanecido muda desde la huida.

—Han volado el acceso al refugio.

—¿Qué refugio? —intervino Wade.

—El que podría habernos salvado. Estoy segura de que ahí dentro —se giró y señaló la entrada—, hay un pasadizo conectado con la Comunidad, desde el que accedió Minerva con su ejército.

—Ahora lo entiendo —masculló Kai—. Por eso nos cogieron por sorpresa.

—Así es, me temo que, el poco espacio que ha quedado útil solo nos servirá para pasar un par de noches. Después, continuaremos nuestro camino —dijo Nut.

—¿Hacia dónde? —preguntó Lina.

—Hacia el sur.

—Es imposible —objetó Wade—. La travesía es a lo sumo de diez jornadas, no conseguiremos atravesar el desierto a pie. Seremos presa fácil de las alimañas, de los buitres o los salvajes.

—No lo es. Pensaré la forma de llegar. Ahora, hay que encender fuego, pronto caerá la noche. Traed tablones del carro. He visto una carretilla en el interior de la mina, la colocaremos en la entrada, junto a las candelas. Así nos protegeremos de los animales.

—Estoy muerta de hambre —añadió Kai, tocándose la barriga.

—Mañana intentaremos buscar alimento. Ahora, haced lo que os he ordenado. Luego organizaré las guardias.

Las mujeres acataron las palabras de la patrona.

Gracias a las piedras mágicas de Wade, como ella las llamaba, consiguieron prender fuego.

Se acomodaron como pudieron en el suelo, bajo el abrigo de las capas, excepto Sora.

Le había tocado el primer turno; su principal misión era avivar las llamas para que no se apagasen.

Se sentó en el exterior con la espalda apoyada en la carretilla; aunque sin armas, le sería difícil defenderse de un intruso, humano o animal.

Buscó un trozo de madera del carro, tanteó su peso, moviéndolo en el aire, y lo colocó a su lado.

Abrigó su cuerpo con la capa y, antes de cubrirse con la capucha, se alisó la media melena a lo Cleopatra; su corte habitual.

Sonrió al recordar el pelo rizado de su buena amiga Francis.

Murió protegiendo a Ever; el salvaje que encontraron en el desierto y de quien se enamoró como una estúpida. La echaba de menos.

Sora odiaba a los hombres, a todos, y asimismo a Gaia por darles la libertad.

Cuando ejercía de paridera, fue violada en la rebelión de la Colonia del Oeste.

Nunca supo si el culpable murió o huyó. Por ese recuerdo, y las secuelas del abuso, cambió de rango y decidió unirse al ejército de Nut; la única patrona fiel a las normas de las fundadoras.

Si por ella fuera, no quedaría ningún hombre en la faz de la Tierra.

Entonces, el rumiar de sus recuerdos quedó en un segundo plano al escuchar un chapoteo en el agua y el croar de las ranas.

Sonrió. Al menos, tendrían alimento a la mañana siguiente.

Sabía cómo atraparlas. Solo existía un problema, necesitaba un recipiente o una red.

En la mina no había nada que le sirviera.

Se levantó y echó un vistazo dentro de la carretilla; encontró una cadena y trozos de cuerda deshilachados.

«Piensa, Sora, piensa», dijo para sí. De repente, una idea asomó en su cabeza.

Cogió las cuerdas y, con paciencia, las desbarató una a una.

Luego, anudó las hebras de tal forma que, cuando acabó su guardia, había fabricado una red, algo rústica, pero que le serviría para pescar.

No sería la primera vez que lo hacía. Cuando era infanta, se escapaba al amanecer y esperaba a que las ranas salieran de su escondite para alimentarse.

En aquellos años, se divertía y las soltaba. Ahora, el hambre no entendía de piedad.

No moriría en el desierto, aunque tuviera que comer gusanos o insectos, o beberse su propio orín.