CAPÍTULO 1
Huida
L as custodias capturadas de la Colonia del Sur realizaban el trayecto a pie.
La caravana salió al mediodía, avanzaba despacio.
Minerva ordenó a Nut que cabalgara a su lado.
No podía perderla de vista al ser la única que conocía el camino de regreso, porque la entrada sorpresa en la Comunidad la efectuaron desde el manantial; por un pasadizo en el refugio y que la traidora desconocía.
Artis vigilaba la retaguardia. Atravesando la zona llana, se adentraron en las dunas; la marcha se hacía pesada incluso para los caballos.
—¿Por qué atacaste la Comunidad? —inquirió Minerva, ante el mutismo de su igual. Excepto para indicar la dirección, no había soltado ni una palabra.
—¿Y tú me lo preguntas? Hemos desaprovechado una oportunidad única, juntas hubiéramos dominado el territorio —dijo con la vanidad propia de su carácter.
—¿Juntas o con Suleima, mi jefa de las custodias? —preguntó, irónica.
—La utilicé, ahora está muerta. Mi deseo era que tú fueras mi aliada —falseó.
—Si ese era tu deseo, ¿por qué ordenaste que me apresaran?
—Por tu seguridad —engañó de nuevo—. Ella ansiaba el cargo de patrona y castigarte con el destierro no era su primera opción, te lo aseguro.
—Mientes muy bien, Nut. De igual modo, serás ajusticiada en cuanto lleguemos a la colonia.
—¿No me crees?
—¡Minerva! —escuchó la voz de Artis, quien llegó hasta ellas al galope e interrumpió la conversación—. He divisado una tormenta de arena que se acerca por el norte. Debemos buscar refugio.
—Estamos en mitad de la nada. —Giró su caballo en todas las direcciones—.
De acuerdo, la bajada de la siguiente duna es bastante pronunciada.
Nos agruparemos y usaremos las capas para protegernos.
Quitaremos las monturas a los caballos, nos servirán de parapeto.
Espero que no venga acompañada de una tormenta eléctrica.
Aligeraron el paso, se apearon de los caballos y los amarraron a una soga.
Se colocaron las capas y apilaron las monturas.
Minerva cogió a Nut, agarró el extremo de su amarre y lo ató en la pierna, necesitaba las manos libres.
El aire comenzó a soplar cada vez con más fuerza y se formó una cortina espesa de arena.
Agachadas, con la nariz y la boca cubiertas, apenas podían respirar.
El manto denso de polvo oscureció la luz del sol.
El temor de Minerva se hizo realidad cuando los truenos y relámpagos hicieron su aparición, sin que cayera ni una gota de agua.
La visibilidad era nula. Los animales relinchaban asustados y tiraban de las riendas ancladas en la cuerda.
Varias custodias se aferraban a ella con fuerza para evitar que los equinos se soltaran.
Nut pensó con rapidez, era ahora o nunca.
Con la confusión, metió la mano en la bota de Minerva y buscó el cuchillo que había marcado su mejilla.
Con un movimiento sutil, lo alcanzó. Cortó la cuerda que la unía a ella y, sin que las custodias lo advirtieran, se arrastró hacia donde se encontraban sus mujeres de confianza: Wade, su jefa de custodias; Kai, la heredera de su cargo; Sora, quien decidió viajar con ella tras el enfrentamiento en la Colonia del Oeste, y Lina; la eligió por su experiencia como sanadora, la necesitaría.
También intentó liberar un caballo de la soga, pero le fue imposible, tan solo pudo hacerse con un odre de agua.
Cuando el azote de la arena amainó, Minerva se incorporó, se descubrió la cara y escupió la arena que había conseguido meterse en su boca.
Sacudió la capa, la túnica púrpura y la trenza.
Dirigió la mirada al grupo de las rehenes y observó que faltaban algunas de ellas: Wade, Lina, Kai y Sora.
Se desató el nudo de la cuerda de Nut y tiró hasta que descubrió el extremo libre.
—¡Artis! —llamó al asistente—. ¡Nut y varias custodias han escapado!
Llegó hasta ella con la respiración entrecortada.
—¡No es posible! Estaban atadas.
—¿Las registrasteis? Alguna debió hacerse con un objeto cortante. —Entonces, cambió la expresión de su rostro—. ¡Maldita sea! —Se agachó, palpó el interior de la bota derecha y no encontró el cuchillo. Nut había aprovechado el azote de la tormenta. No le fue difícil meter la mano y robárselo.
—Las buscaremos.
—No, seguiremos nuestro camino. Sin caballos, ni agua ni provisiones no llegarán muy lejos. Ella ha elegido el desierto y morirá en él.