CAPÍTULO 45
La partida
K alani navegó con los botes hasta Furia de Volcán para darles la noticia a los remeros.
No solo la muerte del capitán Bryce, sino que en cuanto estuvieran preparados, regresarían al archipiélago Aare, de donde eran la mayoría de ellos.
Hera autorizó para que pudieran bajar a tierra; necesitaban asearse y así se les proveería de vestimenta decente.
La patrona fue tratada de sus heridas superficiales, porque la humillación a la que había sido sometida y que no confesó, ni siquiera a su amiga Gaia, tardaría en cicatrizar.
Estaba preocupada por Gery. Aunque Moke y las sanadoras más expertas habían conseguido intervenirle con las instrucciones vía radio del doctor Etana, todavía no estaba fuera de peligro.
También se organizó el rito de despedida a los caídos en la lucha.
Al capitán y a sus hombres los quemaron en los resquicios del fuego que seguían vivos.
Quedaba mucho trabajo por hacer. Se consolaba porque ahora tendría la ayuda del resto de las colonias, que creyó enemigas, y de la Comunidad.
Asim, el sucesor de Amonet, había contactado con ella y ofrecía los medios de los que disponía para la restauración de los edificios .
Casandra aceptó la renuncia de Hera, dada su minusvalía, no sin antes advertirla de que no sería una retirada total de sus funciones; necesitaba sus consejos y experiencia. El rito de su nombramiento se celebraría cuando la actividad de la colonia estuviera restablecida.
Denis continuó con la tarea que dejó apartada; investigar los contenedores del búnker.
Cuando se le planteaba cualquier duda sobre el material, consultaba a Moke.
Confesó que su profesión era maestro. Su conocimiento de la civilización anterior a las colonias aportaba al asistente los datos necesarios para que lo hallado fuera de utilidad.
Amil disfrutaba de la compañía de Casandra y Reese, quien, a pesar de llevar el brazo en cabestrillo, los observaba mientras el muchacho entrenaba. Sabía que se llevaría un disgusto cuando tuvieran que regresar a la Colonia del Oeste.
Unos días después, Kalani le comunicaba a la todavía patrona que estaban listos para partir.
Conocía el rumbo y, gracias a la radio, en cuanto llegaran a su destino, se lo haría saber.
Así que, Hera organizó una cena a los que navegarían en Furia de Volcán y además, invitó a Gaia, Reese, Casandra, Amil y Denis.
—¿Lo has pensado? —preguntó Moke a Hera. Esta negó con la cabeza y frunció el ceño.
—¿Qué es lo que tienes que pensar? —quiso saber Gaia.
—Nada, no tiene importancia —evitó dar explicaciones.
—Mi padre se ha ofrecido a operarla —soltó Moke, quien advirtió una mirada recriminatoria de Hera.
—¡Eso es estupendo! Así no tendré que aguantar a Cas como patrona —dijo Denis. Su comentario hizo reír a los presentes, menos a la mencionada.
—No me llames Cas, y no sé quién aguanta a quién —aclaró—. En cuanto a la propuesta del doctor Etana, si sirve de algo mi opinión, deberías aceptar. No tienes nada que perder.
—Estoy de acuerdo —la apoyó Gaia.
—Y yo también —apostilló Minerva—. Viajaremos juntas.
—Si aceptas, cuando estés recuperada, yo mismo te traeré de vuelta a la colonia —intervino Kalani.
—Aquí me necesitan —alegó en defensa de su decisión.
—No es así. —Gaia, sentada a su lado, le apretó la mano con fuerza.
Hera se levantó, caminó hacia el porche de la palapa y divisó, en la oscuridad, las luces de Furia de Volcán.
Se acarició el tatuaje en recuerdo de su hijo.
Subir al barco del capitán Bryce era un trago difícil para ella.
Cada noche soñaba con sus ojos inyectados en sangre mientras la poseía.
Tras unos minutos, regresó y se acomodó de nuevo en su sillón.
—De acuerdo, viajaré a Nessei.
Los presentes aplaudieron entusiasmados por su decisión.
—Esto se merece un brindis —Gaia alzó su copa—. El Samada nos ha concedido una nueva oportunidad, que sin duda la aprovecharemos. No solo la alianza de las colonias y la Comunidad, sino abrirnos al mundo. ¡Por la libertad y la paz!
—¡Por la libertad y la paz! —gritaron al unísono.
Tras la cena, Hera solicitó a Gaia que se quedara. Ambas se sirvieron un último trago de hidromiel.
—Me alegro de que te hayas decidido.
—No sé si me arrepentiré.
—Seguro que no. Además, descubrirás una nueva civilización.
—Así es. Por cierto, la sanadora que se ocupa de Gery me ha comentado que lo visitas cada día. ¿Por qué ese interés por él?
—Supongo que cuando lo vi postrado en la litera y escuché las mismas palabras que Gael me dijo antes de morir, deseé salvarlo. Se recuperará —afirmó con certeza.
—Entonces, ha llegado el momento.
Se levantó, buscó la caja oculta en la trampilla del suelo y sacó el collar que le había dado para que lo guardase. Regresó junto a ella y se lo entregó.
—¿Recuerdas mis palabras? —Lo aceptó con reticencias.
—Sí, que me lo pedirías cuando tus heridas estuvieran curadas.
—Aún no lo están.
—Era el amuleto de Noa, y ella te lo regaló. Durante el tiempo que dure mi ausencia, prefiero que lo tengas tú.
—De acuerdo, me has convencido —sonrió.
—Tengo un encargo para ti. Minerva me ha explicado que en la Comunidad hay una chamana que quizá sepa el paradero del libro de Heket. Siento curiosidad por saber por qué las patronas fundadoras instauraron unas normas tan injustas.
—Déjalo de mi mano, no eres la única con deseo de averiguarlo.
—Gracias, Gaia.
Se dieron un último abrazo antes de que cada una de ellas se retirara, con la esperanza de volverse a encontrar.
Hera escribió, como pudo, una única frase en su diario: «Mañana será otro día».