Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Incertidumbre

G aia recorría las aguas oscuras presa de la incertidumbre, no solo por Amil, sino por la suerte de los habitantes de la colonia.

Las horas de espera, hasta que la marea bajó de nuevo, se le hicieron eternas.

Viajaba acompañada de su ejército y Minerva.

El sonido del paleo acompasado rompía el silencio y los pensamientos de cada uno de ellos.

A medida que avanzaban, la luz entraba en la gruta y se escuchaba el eco de las olas con mayor nitidez.

Al alcanzar la salida y comprobar que no había peligro, dirigieron las balsas hacia la orilla.

Allí divisaron el bote del capitán. Gaia echó un vistazo a su alrededor con la esperanza de encontrar a su hijo, al no localizarlo, saltó de la balsa.

Junto a la orilla había un grupo de personas.

Su primer impulso fue correr hacia ellos, pero sintió miedo, miedo de enfrentarse de nuevo a la muerte de un ser querido. Se quedó paralizada.

—Iré yo —dijo Minerva, al observar la reacción de Gaia.

—No, te acompaño.

Ambas se encaminaron hacia el grupo, al advertir su presencia, no hubo saludos, ni abrazos, ni alegría.

Les abrieron paso poco a poco. Denis seguía junto a Hera, quien parecía dormir, no se había separado de ella en ningún momento.

A unos metros de ellos, se encontraba aún el cuerpo del Capitán, y sentado en la orilla, con su lanza en la mano, su hijo.

—¡Amil! —gritó a la vez que se arrodillaba junto a él y lo abrazaba.

—¡Madre! —exclamó.

Gaia advirtió el vendaje de su pierna, así como la sangre de la túnica.

—¡Por el Samada! ¿Estás herido?

Amil se levantó para demostrarle que se encontraba bien y caminó unos pasos hasta Denis. Gaia lo siguió.

—No te preocupes, madre. Una sanadora me ha curado. Te dije que los protegería. He acabado con él. —Señaló con la lanza al capitán.

—¿Cómo? Eres un inconsciente…

—Sí, pero ha demostrado una gran valentía —la interrumpió Hera.

Gaia se agachó y cogió su mano.

—Hera, mi querida amiga, pensé que no volvería a verte con vida. ¿Cómo estás?

—Magullada, gracias por tu ayuda.

—No me las des, somos aliadas. Tú hubieras actuado de igual modo.

—Te fallé una vez.

—No lo hiciste, fuiste la que salvó a mi pueblo con la ayuda de Amonet.

—En esta ocasión, debí avisarte mucho antes.

—Llegamos a tiempo, gracias a Denis. —Lo miró y él le dedicó una sonrisa de satisfacción—. Te traigo una buena noticia. La colonia ha sido liberada, no queda ningún hombre del capitán —omitió el hecho de que el poblado había sido arrasado, solo unos pocos edificios se mantenían en pie.

—¿Dónde está Casandra? —preguntó Amil. Gaia se sorprendió, desconocía el interés de su hijo por la custodia.

—Está bien, se ha quedado con los heridos.

—¿Hay muchas bajas? —quiso saber Hera .

—Menos de las que esperábamos. Necesitamos con urgencia que las sanadoras regresen a la colonia. Hay heridos de gravedad, entre ellos, Gery y Reese. Demostraron su valía y nos abrieron paso.

—¿Reese? —preguntó de nuevo Amil, la apreciaba.

—Se repondrá, solo necesita atención médica —lo tranquilizó Gaia.

—Debo levantarme, viajaré en la primera balsa que salga de la cala —se apresuró a decir Hera.

—¡Apartaos! —ordenó Denis a los que les rodeaban.

Minerva, que había permanecido a cierta distancia, se acercó a Hera.

—Yo te ayudaré.

—Has despertado, sabía que lo harías.

—Un golpe en la cabeza no es suficiente para acabar conmigo.

Entre Denis y Minerva la levantaron, intentó dar el primer paso y las piernas le fallaron.

—Será mejor que los asistentes te lleven en brazos —sugirió Gaia—. Por cierto, se me olvidaba. Ha llegado una misiva para ti, es de Artis.

—¿Artis? En ningún momento he mantenido contacto con él.

—Lo sé, me encargué de ponerlo al día, ahora es el nuevo líder del Este —explicó Gaia.

Hera dirigió una mirada confundida a Minerva.

—He renunciado a mi cargo y he liberado a la colonia de los rangos —le confirmó.

—Una decisión que te honra, ¿por eso viajaste sola?

—Así es.

—Tendremos tiempo de hablar cuando te recuperes —intervino Gaia—. Ahora, lee. —Le entregó el pedazo de papel, lo abrió y lo intentó.

—No puedo y, aunque tuviera mis lentes, tampoco podría.

—Solo necesitas descansar y recuperarte.

—Gaia ignoraba la enfermedad de su vista, la cual se había acentuado por el maltrato recibido por el capitán—.

Dámelo, yo lo haré: «Hera, tienes el apoyo de las Colonias del Este y del Sur, así como de la Comunidad.

Confío en que te unirás a la nueva alianza.

Gracias por acoger a Minerva, y no guardarle rencor.

Siempre he admirado tu sabiduría. Artis».

—Será Casandra la que tome mi testigo y decida, no soy apta para dirigir a mi pueblo. Mi visión se ha deteriorado en los últimos meses. Lo he ocultado porque mi deseo era finalizar con el proceso de abolir las normas.

—¿A mí también me lo has ocultado? —preguntó Denis ofendido.

—Regresemos a la colonia, no podemos demorarnos más —intervino Gaia.

Tal y como fue su deseo, Hera viajó con la primera partida en las balsas.

Al salir del almacén y descubrir como el capitán había devastado la colonia, se alegró, en cierta medida, de haber tomado la decisión correcta al evacuar a la población, o el daño hubiera sido mucho mayor.

Las sanadoras organizaron una sala de curas en las cocinas y atendieron a los heridos en sus propias literas.

Hera no quiso retirarse a su palapa, ni ser atendida hasta visitarlos.

Cuando entró ayudada por Gaia y Minerva, la imagen era desoladora; gritos de dolor y las servidoras impotentes e incapaces de atenderlos.

Los tenían clasificados por gravedad. Gery se debatía entre la vida y la muerte, junto a él estaba Casandra.

Se acercaron hasta ellos. La custodia, al advertir su presencia, por instinto, se abrazó a la patrona.

—Estoy bien —le dijo. Casandra, avergonzada por el impulso, se separó de Hera.

—Temí por tu suerte —se justificó por su muestra de cariño.

—¿Cómo está? —Dirigió una mirada a Gery.

—Las sanadoras solo confían en su fortaleza, la bala sigue alojada en el vientre. Temen que, si la extraen, muera desangrado.

Entonces, recordó la conversación que mantuvo con Moke la primera vez que lo entrevistó.

—Avisa a Moke.

—¿Para qué? —preguntó sorprendida .

—Tú ve, os esperaremos aquí.

Casandra acató su orden sin comprender la necesidad de la presencia del remero.

Minerva se disculpó y también se retiró.

Tenía una conversación pendiente con Kalani.

Hera pidió que le trajeran una silla para sentarse.

Gaia se acercó a Gery y le tocó la frente, enseguida notó la fiebre.

El protector, al sentir el tacto de la mano, abrió los ojos.

—Eres tú —susurró.

—Sí, soy Gaia —afirmó, pensando que deliraba.

—Moriré feliz, te esperaré en el Samada —sonrió y bajó los párpados.

Escuchar aquella frase trajo a su memoria las últimas palabras de Gael. Sintió la misma angustia que ese día aciago. Se llevó la mano al pecho, le faltaba el aire. Cerró los ojos durante unos instantes.

—¿Qué te ocurre? —quiso saber Hera.

—Debemos salvar a este hombre.

—Lo haremos.

Moke, acompañado de Casandra, no tardó en llegar.

—Me alegro de verte —le dijo a Hera.

—Y yo a ti. Tu padre es médico, ¿verdad?

—Sí, en la isla de Nessei.

—¿Podrías extraerle la bala a Gery? Me comentaste que habías ayudado a tu padre en su consulta.

—Imposible, mis conocimientos son muy básicos. No puedo poner en riesgo su vida.

—¿Ni siquiera con su ayuda? —intervino Casandra.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Moke.

—La radio, dijiste que podrías comunicarte con los tuyos. Si consigues que funcione, tu padre te podría guiar y…

—Es una locura, sin material quirúrgico, ni anestesia —la interrumpió.

—No lo es. En el búnker podremos encontrar lo necesario.

Estoy segura. Denis elaboró una lista de las secciones y lo recuerdo —aclaró Hera—.

Con la visita del capitán Bryce, la inspección de los contenedores se suspendió.

Enviaré a una de las sanadoras con Denis para que haga acopio del material médico para intervenir a Gery.

—Acompáñame, pondremos esa radio en funcionamiento —le dijo la custodia.

—De acuerdo —aceptó con la esperanza de escuchar a los suyos—. Debemos buscar el lugar ideal para mejorar la transmisión y si vuestras antecesoras hubieran guardado una antena, nos sería de gran utilidad. Amplificaríamos la señal.

—Lo que tu digas. —Casandra entendió poco o casi nada de las explicaciones de Moke.

Mientras, Minerva buscaba a Kalani. Lo encontró en su lugar favorito, junto al embarcadero. Con ayuda de los obreros arrastraban a tierra los botes que quedaban de Furia de Volcán.

—¡Kalani! —lo llamó. Él se acercó hasta ella—. ¿Qué pretendes hacer con ellos?

—Quitarles los escudos, iremos mas holgados cuando nos dirijamos al barco, porque… ¿vendrás?

—Sí, regresaré contigo a Nessei.

Kalani no disimuló la alegría y la estrechó entre sus brazos. Minerva se soltó de su agarre.

—Lo que te dije en la gruta no ha cambiado, seremos compañeros de viaje, nada más.

Minerva se alejó de él con sentimientos encontrados.

Aquel contacto, su abrazo y tenerlo tan cerca, la asustaba.

Kalani la observó hasta que la perdió de vista con el convencimiento de que sus palabras no eran sinceras.

Presentía que tarde o temprano Moana regresaría junto a él. Cabeceó con una sonrisa en los labios .

Casandra y Moke consiguieron localizar lo necesario para establecer la comunicación con la isla de Nessei. Instalaron la radio en la palapa de Hera. No había ningún edificio que obstaculizara la señal. Localizó la banda de frecuencia y comenzó la transmisión:

—NS2AAR, NS2AAR, aquí CN1SAM, estación del Norte. ¿Me copias? Cambio. —Moke esperó unos segundos y no recibió respuesta.

—Inténtalo de nuevo —lo animó Casandra.

—NS2AAR, NS2AAR, aquí CN1SAM, estación del Norte. ¿Me copias? Cambio.

—CN1SAM, CN1SAM, aquí NS2AAR, estación en Nessei. Recibido alto y claro. ¿Quién está por ahí? Cambio.

Moke sonrió emocionado, sujetó con fuerza el micrófono y contestó:

—NS2AAR, aquí CN1SAM, operador Moke. ¡Qué alegría escucharte! Cambio. —Se hizo el silencio durante unos segundos.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué no contesta? —quiso saber Casandra.

—¿Moke? ¿Nuestro Moke? Cambio —se escuchó.

—Sí, estoy vivo y a salvo. Cambio.

—¿No será una broma pesada? Cambio —preguntó incrédulo el receptor de la comunicación.

—No, avisa a mi padre y a Lilo, quiero hablar con ellos. Cambio.

—¡Qué gran noticia, Moke! ¡Me alegro de escucharte! Tardaré unos minutos. Cambio.

—Esperaré lo que sea necesario. Cambio. —Se cortó la comunicación—. ¡Lo hemos conseguido! —Moke se levantó eufórico y quiso abrazar a Casandra, ella le dibujó un «no» con el dedo índice—. Perdona, es la emoción.

—Lo entiendo, avisaré también a Minerva. Me imagino que querrá saludar a su sobrina.

—De acuerdo, me quedaré aquí por si restablecen la conexión.

La custodia, al salir de la palapa, se encontró con Amil .

—Aquí tenemos al héroe —lo elogió a la vez que le daba unas palmadas en la espalda.

—Solo hice lo que debía —respondió con las mejillas ruborizadas.

—Fue temerario, eres joven y sin experiencia, podría no haber salido bien.

—Lo sé, mi madre también piensa igual. ¿Sabes?, nos quedaremos un tiempo para ayudaros a reconstruir la colonia —dijo emocionado.

—Es una buena noticia, os necesitaremos.

—Podremos pasar tiempo juntos, me gustaría que me enseñaras a lanzar los cuchillos. Reese dice que eres muy buena.

—Por supuesto, siempre que tu madre dé el consentimiento.

—Claro —dijo sin estar muy convencido.

—Nos veremos por aquí. Ahora, debo encontrar a Minerva. Bienvenido a la Colonia del Norte.

Amil dibujó una sonrisa bobalicona y suspiró con la ilusión de un adolescente por su primer amor.

***

Moke aguardaba en la palapa ansioso por escuchar la voz de su familia. Paseaba de un lado a otro para apaciguar sus nervios.

—CN1SAM, aquí NS2AAR, estación en Nessei. Soy Lilo. Cambio.

Corrió hacia el micrófono y contestó.

—NS2… —no pudo terminar, la felicidad por oír la voz de su mujer le ahogó las palabras entre lágrimas.

—Moke, ¿eres tú? Mi amor, ¿estás ahí? Cambio.

—Sí, mi vida, soy yo. Cambio —consiguió decir.

—¡Oh! Dios mío. ¡Estás vivo! ¡Vivo! ¿Dónde estás? ¿Qué ha sido de ti estos cinco años? ¿Estás bien? ¿Vas a volver? Cambio.

—Para, cariño, estoy bien y muy pronto regresaré a Nessei. Te lo contaré todo. ¿Y nuestra hija? Cambio.

—No he querido traerla sin asegurarme de que era cierto. Lo sabía, lo sentía en mi corazón, que un día volverías. Cambio.

—¿Está mi padre contigo? Cambio.

—Aquí está, a mi lado, te escucha. Está tan conmocionado como yo, me parece que no puede hablar. Cambio.

—Padre, tranquilo, ahora quiero que te calmes. Necesito tu ayuda. Es muy urgente. Mientras, Lilo, te daré otra buena noticia, Moana está conmigo. Cambio.

—Moa… ¿mi tía Moana?, ¿seguro? Mi madre me contó que su hermana había muerto y que nadie sobrevivió a aquel naufragio. Cambio.

—No solo ella, también Kalani. Cambio.

En ese momento entró Minerva en la palapa.

—Hoy es un gran día, Dios nos ha ayudado. Quiero hablar con ella. Cambio.

—Aquí está. Cambio. —Moke le dejó el micrófono a Minerva, que lo miró con extrañeza—. Habla aquí, ella te escuchará. Cuando termines, di «cambio», así sabrá que puede contestarte.

—¿Lilo?

—Di cambio.

—Lilo, ¿estás ahí? Cambio.

—¿Moana? ¿Eres tú? Cambio —dijo desconfiada.

—Sí, al final no pude elegir tu nombre como tu madre hubiera deseado. Cambio.

—¡Moana! Yo… —se interrumpió la comunicación durante al menos un minuto.

Moke le quitó el micrófono de las manos a Minerva.

—¿Qué ha pasado? Cambio.

—Hola, hijo, se ha desmayado, demasiadas emociones juntas, pero, tranquilo, está bien. Cambio.

—¡Padre! Contigo sé que está en buenas manos. ¿Cómo estás? Cambio.

—Feliz de escucharte y más cerca de los cincuenta. Cambio.

—Sé que tendrás muchas preguntas que hacerme y habrá tiempo cuando regrese a Nessei. Ahora, necesito tu ayuda. ¿Podrías guiarme por radio para hacer una intervención? Cambio.

—¿Cómo? Cambio.