Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

La lanza del primer hombre

H era despertó con el balanceo del bote.

Intentó incorporarse de la postura incómoda; el capitán la había atado de pies y manos con la misma cuerda.

La obligaba a permanecer como un ovillo en el fondo de la embarcación.

Se sentía sucia, estaba dolorida y amordazada, le faltaba el aire.

Abrió los ojos despacio, quiso centrar la vista y le fue imposible.

Supuso que los golpes habían acentuado su problema.

Bryce estaba en el otro extremo, de espaldas, su figura siniestra era inconfundible.

Llamó su atención emitiendo sonidos ininteligibles. Él se giró y se acercó hasta ella.

—Tranquila, grita lo que quieras, desde aquí no te escucharán.

¿Creías que no encontraría dónde los ocultabas?

No soy ningún necio estúpido. Además, tengo otra noticia para ti, me temo que el ejército de tu aliada te ha abandonado.

—La ubicación del bote no le permitió divisar el acceso a la gruta, esta se situaba en un recoveco de la cala—.

Ahora, nos dirigiremos hasta allí. —Agarró a Hera del pelo y le levantó la cabeza—.

¿Los ves? Una ráfaga de mi ametralladora y todos los maricones caerán como cucarachas.

Me llevaré mi botín y recuperaré Furia de Volcán.

Solo será cuestión de tiempo que los remeros se queden sin provisiones y no podrán huir; no tienen ni puñetera idea de navegar.

Yo mismo los interrogué uno a uno, no me podía arriesgar a un motín.

Hera lo escuchaba desolada, no dudó de que el capitán cumpliría con su amenaza. Entendió que el ejército de Gaia había conseguido encontrar la cala, así que anidó la esperanza de que hubieran organizado un plan de ataque desde el almacén. Rogó al Samada porque así fuera.

El capitán comenzó a remar hacia la cala, protegido por el escudo instalado en la parte delantera del bote y con su arma cargada.

Denis, desde la orilla, divisó la embarcación. La reconoció de inmediato, pensó que podrían ser algunos de los remeros procedentes del barco en busca de ayuda.

—¡Se acerca un bote! —gritó Amil, quien corría hacia él, equipado con su lanza.

—Lo he visto.

—¿Qué haremos?

—Tú nada. ¡Escuchadme! —se dirigió a los habitantes de la colonia—. Buscad un lugar seguro en las paredes de los acantilados, excepto los asistentes. Cargad vuestras armas, desconocemos si la embarcación que se aproxima es amiga o enemiga.

Las mujeres corrieron asustadas en busca de un resguardo donde ocultar a los niños.

—Me quedaré con vosotros —dijo Amil.

—No, Gaia no me lo perdonaría, es arriesgado. Si son los hombres del capitán, vendrán armados, con tu lanza no podrás defenderte de las balas.

Amil bajó la cabeza y obedeció. Se encaminó hacia la entrada de la gruta, desde allí podría controlarlos sin ser visto.

Los asistentes formaron un cordón detrás de Denis.

No era un hombre valiente, estaba atemorizado.

Cargó la pistola, le quitó el seguro y, con el pulso tembloroso, la levantó.

Cuando el bote estaba a pocos metros de su posición, escucharon los disparos de la ametralladora.

La primera reacción fue tirarse al suelo, mas lo que desconocían era que Bryce solo había efectuado un barrido al cielo para amedrentarlos.

—¿Quién es el responsable? —Denis reconoció de inmediato la voz del capitán. Se mantuvo en silencio durante unos segundos, luego se levantó y lo apuntó con la pistola. Los demás hombres lo imitaron.

—Yo y estoy armado.

—Ja, ja, ja, puto maricón.

Bryce arrastró de los pies a Hera y la levantó con la mano libre hacia un lateral para que Denis pudiera verla.

—Aquí tienes a tu patrona. Si quieres que siga con vida, ordena a tus nenazas que tiren las armas.

—¡No! —gritó Denis, aunque no lo deseaba. Le temblaba el pulso, tuvo que agarrar la pistola con las dos manos.

—¿Quieres que te lo pida ella? Está bien. —Desató la mordaza de Hera—. Diles que lo hagan.

—¡Disparad! ¡Está solo! ¡Acabad con él! —gritó sin temer a la muerte.

—¡Maldita zorra! —La zarandeó y la tiró contra el suelo.

—¡Dispara, Denis! —consiguió decir de nuevo. El capitán le propinó una patada en el estómago que la silenció.

—No insistas, Hera, le faltan cojones.

Entonces, uno de los asistentes se atrevió a disparar. A Bryce solo le bastó apretar el gatillo de la ametralladora unos segundos para que cayera al suelo cosido a balas.

—¿Alguno más? Lanzad las armas a la arena, lejos de vuestros pies, retroceded unos metros y tumbaos bocabajo en dirección al acantilado.

Los hombres miraron a Denis, este asintió y obedecieron.

—Así me gusta, ahora llevaré el bote hasta la orilla. Si advierto cualquier movimiento extraño, sufriréis la misma suerte que vuestro compañero. Si sois buenos, os dejaré vivir y os buscaré un nuevo destino.

Al alcanzar su objetivo, desató los pies de Hera.

—¡Baja! —La empujó y cayó al agua. Él la agarró con fuerza—. Levanta.

Todavía la necesitaba como rehén, la alzó y la colocó delante de él.

Cuando pisaron tierra firme, Hera fingió desmayarse.

Bryce la sostuvo, pero no pudo evitar que cayera.

El capitán, encolerizado, se disponía a propinarle una patada, entonces, ella levantó los pies del suelo y atrapó sus piernas.

Bryce no pudo reaccionar a tiempo, perdió el equilibrio y quedó arrodillado en la arena, aunque no soltó su arma. La dirigió hacia Hera.

—Se acabó, ya no te necesito, irás al jodido Samada, maldita…

Antes de que pudiera terminar, Amil, quien había salido de su escondite cuando vio como Hera caía, saltó sobre él con agilidad y le golpeó con los pies en el pecho.

El impacto provocó que la ametralladora saliera despedida.

El capitán, al verse desprotegido, alcanzó la daga de su cinturón.

El muchacho no lo advirtió y, antes de atacarlo de nuevo, sintió el filo del acero en su gemelo izquierdo.

El dolor no le impidió levantar la lanza y clavársela en el pecho.

El capitán lo miró con los ojos desencajados.

—¿Quién… coño eres tú? —preguntó con voz agónica.

—Amil, hijo de Gaia, la patrona del Oeste, y de Gael, el primer hombre que murió por defender la libertad en las colonias.

—La lanza del primer hombre…, la vieja… —Recordó las palabras de Dula y con ellas exhaló su último aliento.

Denis y los asistentes se acercaron hasta el cuerpo inerte del capitán.

—Gracias por librarnos de este ser despreciable —le dijo a Amil, quien permanecía inmóvil con la mirada clavada en los ojos abiertos del capitán—.

¿Estás bien? —Apoyó su mano sobre el hombro del muchacho—.

Has sido muy valiente, aunque te advertí que no intervinieras.

Estás herido, le diré a una sanadora que…

Amil se deshizo del agarre del asistente, tiró de la lanza con fuerza y se encaminó a la orilla. Se agachó y la lavó con la arena, después, se derrumbó. Comenzó a llorar desconsolado, había matado a un hombre. Denis, al advertirlo, quiso consolarlo.

—Déjalo, necesita estar solo. —El asistente escuchó la voz de Hera, quien permanecía semitumbada en la arena. Se acercó hasta ella, se arrodilló y con delicadeza, apoyó la cabeza de la patrona en sus piernas. Le despejó el pelo de la cara y observó las heridas de su rostro.

—¿Qué te han hecho? —preguntó al evidenciar la tortura a la que había sido sometida.

—Nada que no se pueda curar con el tiempo.