Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

El plan de ataque

C uando finalizó el último viaje de las balsas y el bote del barco, se distribuyeron las armas, incluidas las ametralladoras y las granadas de mano.

Después de consensuar el plan de ataque con las jefas de las custodias, Gaia y Minerva reunieron al ejército en el pasillo central del búnker.

Sobre el suelo de roca maciza dibujaron el plano de la colonia.

»El otro grupo seguirá a Casandra, su misión será cubrirnos a Minerva y a mí hasta que consigamos alcanzar la palapa central, con el propósito de rescatar a la patrona. Los que no portáis armas de fuego, permaneceréis en el almacén hasta que escuchéis las detonaciones. ¿Lo habéis entendido ?

—¡Sí! —gritaron al unísono.

—Hemos luchado por la libertad de las colonias, hemos sufrido el abuso de unas normas injustas, hemos perdido vidas en el camino y todo ello no servirá de nada, si ahora dejamos que el capitán Bryce y sus hombres arrasen con nuestra civilización.

Porque os aseguro que, si logra la victoria, su ambición no parará aquí.

Sois hombres y mujeres valientes, forjados en la lucha, a pesar de ello, sed precavidos. ¡Que el Samada nos ayude!

—¡Que el Samada nos ayude! —vociferaron de nuevo.

El ejército, estimulado por las palabras de Gaia, desfiló con aire marcial hasta la gruta. Antes de acceder al almacén, Minerva y Kalani se aseguraron de inspeccionarlo, recuperaron las armas que habían escondido y avisaron a los demás para reagruparse.

El silencio previo al enfrentamiento era sobrecogedor.

El plan de ataque estaba definido y cada cual sabía cómo actuar.

Reese y Gery abrieron la puerta con sigilo y el sol los cegó por unos segundos.

Tras la noche de niebla, el día lucía claro y despejado de nubes, lo que dificultaba pasar desapercibidos.

El protector le hizo una seña a la custodia para que lo siguiera.

Caminaban con pasos hábiles sorteando los edificios; solo quedaban restos de ceniza y humo.

Debían aproximarse lo suficiente para lanzar las granadas a los cuatro puestos defensivos de los hombres del capitán.

Enseguida divisaron sus objetivos, protegidos con los escudos que transportaron en los botes.

Ellos eran solo dos y sabían que aun anulando un par de ametralladoras, se verían obligados a abrir fuego con las suyas.

Por eso, Reese, al ser más rápida, se encargaría de lanzar las granadas y Gery la cubriría.

Se separaron para rodearlos. Como habían supuesto, en cuanto la custodia alcanzó el primer emplazamiento, comenzó el fuego cruzado.

El protector dirigía la atención hacia él, sin embargo, Reese era incapaz de sortear los disparos y tuvo que resguardarse.

Cargó su arma, tal y como Moke le había enseñado, y sin saber si realmente su puntería sería efectiva, apretó el gatillo.

Gery no se lo pensó dos veces, le quitó la anilla a una de las granadas y con la fuerza de su brazo la impulsó en dirección contraria a la posición de Reese.

El engaño causó el efecto deseado. Los marineros dirigieron su ataque hacia el otro lado y la custodia aprovechó para acabar con la segunda. Solo quedaban dos.

En ese instante, el resto de los marineros se unieron a sus cómplices.

La situación se complicaba por momentos, hasta que escucharon los gritos del ejército de Gaia, y a Casandra, Kalani y Moke disparando sus armas.

El ataque perfilado se transformó en un caos.

Gery, desde su posición, se sentía impotente al observar cómo se enfrentaban a las balas sin ningún tipo de amparo.

No lo dudó, respiró hondo y salió de su resguardo.

—¡Aaah! —gritó embravecido por la adrenalina.

Reese, al verlo, lo imitó. Gery consiguió entrar por la retaguardia y abatió el tercer puesto.

La custodia, sin embargo, no pudo evitar que una de las balas le atravesara el hombro derecho, cayó de espaldas sobre la arena.

Se llevó la mano a la herida y la presionó, jamás había sentido un dolor igual.

Cambió de posición y se arrastró hasta encontrar refugio cerca del muro del barracón, bajo uno de los carros abandonados por el ejército de Hera.

Entonces, sintió como alguien tiraba de ella.

La puerta del recinto amurallado estaba entreabierta.

—Entra, estamos preparados —dijo una de las custodias.

En ese instante, la batalla que parecía perdida se decantó a su favor.

Los dos ejércitos unidos eran invencibles.

Cole, desde la palapa de Hera, observaba estupefacto como sus hombres caían.

Pensó que su destino no sería morir en aquella maldita colonia, así que aprovechó la confusión para huir.

Se dirigía al embarcadero, cuando fue interceptado por Gery.

Lo apuntó con la ametralladora y el segundo cerró los ojos.

Esperó inmóvil el mísero final que no deseaba.

La suerte lo acompañó, el protector se había quedado sin munición.

—¡Imbécil! —dijo Cole con altivez. Levantó su arma y disparó, la bala se alojó en el abdomen de Gery, aun así no lo tumbó—. ¡Muere, maldito salvaje! —Se disponía a rematarlo, cuando escuchó una voz a su espalda.

—Hoy no es su día, sino el tuyo.

Al girarse, descubrió a Moke. Antes de que Cole pudiera reaccionar, recibió un disparo certero en el corazón. Cayó fulminado. El remero soltó el arma y se acercó hasta Gery. Se mantenía erguido presionando la herida con ambas manos. Lo sujetó y lo ayudó a tumbarse.

—No te muevas o te desangrarás.

Arrancó una tira de su túnica, la enrolló y taponó la herida.

—Gracias.

—No las merezco.

Gery cerró los ojos, desvanecido.

***

Mientras, Casandra, Gaia y Minerva conseguían llegar a la palapa de Hera.

—Ni rastro del capitán, ni de Hera —dijo con sorpresa la custodia.

—Mirad aquí —Gaia alzó la túnica ajada de la patrona.

—¿Es lo que me imagino? —preguntó Minerva.

—Me temo que sí —afirmó Casandra con tristeza.

—¿Dónde la habrá ocultado? El barco está en manos de los remeros —pensó en voz alta Gaia.

La custodia sintió una presión en el pecho y angustiada por la suerte de su patrona, salió al porche. Necesitaba respirar. Entonces, dirigió su mirada al horizonte y divisó la silueta de Furia de Volcán. Una idea asomó a su cabeza.

—No es posible —murmuró. Regresó junto a Gaia y Minerva—.

Sé dónde está el capitán. Me imagino que al no escuchar el bombardeo de los cañones, se asomó al porche.

Nos descubrió, cuando Moke y yo navegamos en dirección oeste hacia la cala.

Fui una estúpida, tendría que haber vigilado si alguien nos seguía —se lamentó.

—Estamos a tiempo, regresemos cuanto antes. Está solo —sugirió Minerva, quien se disponía a salir de la palapa .

—La marea ha subido, tendremos que esperar o navegar en los botes a mar abierto, tardaríamos lo mismo y es más seguro entrar por la gruta de las aguas oscuras —aclaró Casandra con pesadumbre.

—¡Amil! —gritó Gaia.