Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Acercamientos

M inerva prestaba atención a la forma de trabajar de Kalani.

Lo hacía en silencio, era minucioso y hablaba solo cuando necesitaba su ayuda.

En las últimas horas, todo había sucedido de forma precipitada, y no se detuvo a observar, con detenimiento, a quien fue su amigo de la infancia.

Los dos habían cambiado; él la superaba en altura.

Le alegraba comprobar que conservaba la melena de ese color rojo tan inusual en la isla, no así sus pecas, que habían desaparecido.

«¿Tendrá aún los hoyuelos bajo la barba?

», se preguntó, y no pudo evitar curvar los labios. En ese instante, Kalani alzó la cabeza.

—¿Por qué sonríes?

—No lo hago. —Recuperó su semblante duro.

—Sí, lo hacías.

—Céntrate en tu trabajo, pronto será mediodía —le contestó tajante. Kalani levantó los hombros, se dio por vencido. Era una cabezota.

—Ven, ayúdame. Tira de esta cuerda hacia ti, yo lo haré del otro extremo —le pidió.

Ella se agachó, se colocó a su lado y ambos realizaron el movimiento al unísono. La fuerza que ejercieron provocó que cayeran de culo en el frío suelo del búnker. Ambos no pudieron contener una carcajada hasta que sus miradas se encontraron.

—Estás preciosa cuando te ríes.

Kalani le acarició la mejilla, al no advertir desagrado, continuó hacia sus labios.

Minerva cerró los ojos, el tacto de los dedos sobre su piel era agradable.

Sintió como su cuerpo se estremecía; una sensación desconocida para ella, que la asustó.

Se levantó de un impulso, caminó unos metros y se giró de nuevo hacia él.

—No quiero que me toques, ni me beses, ni me digas esas palabras.

No soy como imaginas. Estás anclado en el pasado, ahora soy una mujer, no una niña asustada y caprichosa que se deja engatusar.

Regresaré a la isla de Nessei contigo y, cuando lleguemos, cada uno seguirá con su vida.

Ahora, nuestro objetivo es liberar a la colonia, sin distracciones —puntualizó.

—Al menos, no me he llevado otra bofetada —bromeó para destensar el ambiente. No creía nada de lo que había escuchado. Sabía que, tarde o temprano, Moana sería suya.

—Aún estás a tiempo de recibirla.

—De acuerdo, tú mandas, la estructura está terminada. Solo queda fijar los contenedores de plástico en la base. El acceso al lago subterráneo es estrecho, debemos transportar el material por separado.

Minerva asintió.

Antes de la hora prevista, conseguían poner a flote la embarcación. Subieron sobre ella y se colocaron cada uno a un lado. Cuando comprobaron que el peso estaba equilibrado, comenzaron a remar. Ella recorría con la mirada aquel lugar insólito.

—Es espectacular —comentó.

—Sí, lo es.

—Veo luz, ¿la salida está cerca?

—No, quedan… ¡Son las balsas! —exclamó al divisarlas iluminadas por las antorchas—. Coloca el remo en horizontal, mantenlo quieto. Aguardaremos a que se reúnan con nosotros.

Minerva permaneció en silencio con la mirada anclada en los destellos.

A medida que se aproximaban, las sombras adquirían nitidez.

No soñaba al advertir la figura inconfundible de Gaia cubierta con la capa púrpura.

Desde el enfrentamiento, cuando se unió a Nut para derrocarla, no se habían visto.

En los últimos meses, evidenció que abolir las normas impuestas por las fundadoras era beneficioso.

Se lamentó de no haberle dado la razón y provocar muertes innecesarias.

—¿Son custodias y protectores? —preguntó Kalani extrañado.

—Sí, es el ejército de la Colonia del Oeste.

—¿Cómo es posible?

—Entiendo que Hera mandaría una misiva y me alegro de que hayan llegado a tiempo.

La balsa que encabezaba la expedición se detuvo ante ellos. Las miradas entre Minerva y Gaia, a pesar de la enemistad, no eran de rencor, ni siquiera de odio, sino de respeto.

—Te saludo, Minerva —habló primero la patrona del Oeste.

—Te saludo, Gaia —le contestó.

Kalani observó la tensión reflejada en el rostro de ambas mujeres.

—Debemos continuar, las balsas están muy cargadas. llevamos parte del ejército a nado y tienen que regresar a por el resto —intervino Gery, quien estaba junto a Casandra en la segunda embarcación. Presenció con reserva el encuentro de las que fueron rivales.

En silencio, comenzaron a remar en la misma dirección.

Una vez aseguraron las embarcaciones a un saliente de la gruta, atravesaron el pasadizo hasta llegar al búnker.

Gaia descubrió el tesoro mejor guardado de las fundadoras.

A la espera de congregar a su ejército para informarles del plan de ataque, paseó por las distintas secciones.

La historia de una civilización estaba guardada en contenedores que, a pesar del paso del tiempo, permanecían intactos.

Casandra la acompañaba unos pasos por detrás.

—¿No te parece increíble? —le preguntó sin girarse, con la mirada fija en el pasillo central.

—Sí, incluso hemos encontrado material médico, medios de comunicación, libros y documentos, equipos informáticos y las armas —aclaró la custodia.

—¿Por qué lo harían?

—Conjeturamos que las mujeres se alzaron e instauraron nuevas normas para controlar el poder y, sobre todo, a los hombres. Aunque me temo que nunca lo sabremos. Hera buscó el tomo uno de las patronas, el libro de Heket, y no lo encontró.

—Quizá se lo llevó cuando renegó de su cargo y huyó de la colonia —sugirió Gaia.

—Sé quién puede saberlo —escucharon la voz de Minerva a sus espaldas.

Ambas se giraron sorprendidas porque no se habían percatado de que las seguía—.

Enri, la chamana de la Comunidad. Ella tiene el poder de la visión, me ayudó a recuperar la memoria y descubrir mi pasado —continuó, ante la atenta mirada de las dos—.

Amonet nos entregó el Corán y un manuscrito con su traducción para descifrar el diario del doctor Said.

Era el responsable del refugio K-187, muy similar a este, situado en la mina del manantial.

»Artis y Omari, el amigo de Asim, estudiaron el diario y tras encontrar un mapa con los pasadizos, descubrieron que el refugio se comunicaba con la Comunidad, y que Heket no encontró el enclave de las tierras que ahora ocupan por azar.

Ella era la mujer del doctor Said, este consiguió sobrevivir y navegar hasta la costa del norte.

Presumimos que se reunió con ella antes de morir y le dio la ubicación.

Su mujer solo tuvo que cruzar el desierto para rehacer su vida junto a los que la siguieron.

Si las fundadoras no se hubieran empecinado en doblegar a los pocos que sobrevivieron, Heket hubiera compartido la información.

En la Comunidad no carecen de nada, no necesitan los trueques.

—¿Quieres decir que existen más refugios como este? —preguntó la custodia sin salir de su asombro.

—Artis dedujo que sí, y por lo que veo, acertó.

Gaia sabía que la líder de la Comunidad, Amonet, había muerto y que era su hijo, Asim, quien había tomado el mando. Sin embargo, desconocía el resto de la historia. Tenía una conversación pendiente con Minerva y decidió no demorarla más.

—Casandra, ¿puedes dejarnos a solas?

—Por supuesto, iré a comprobar si el ejército está preparado.

Esperó a que la custodia se alejara por el pasillo central. Luego, caminó los pasos que la separaban de Minerva y se colocó frente a ella.

—Gaia, antes de nada…

—No, hablaré yo primero. En su momento, entendí que no apoyaras mi idea de liberar a los rangos y establecer un nuevo orden social.

Lo que no pude comprender es que te aliaras con Nut y pusieras en peligro cientos de vidas sin ni siquiera dialogar, aunque agradecí tu retirada en el último momento —aclaró.

»Tras la muerte de Gael a manos de Alexis, os odié a ambas.

Sufrí una gran pérdida y reconozco que deseé morir.

Solo ansiaba reunirme con él en el Samada, pero me apoyé en lo más preciado que tengo, mi familia.

Ahora, sé que has actuado de igual modo, el Este es libre, y el motivo de tu viaje no es otro que recuperar lo que perdiste.

—Mi familia —afirmó.

—Por eso, quiero retomar nuestra amistad.

Nunca olvidaré, lo reconozco. Sin embargo, el perdón es un acto que distingue al ser humano por encima de cualquier especie que habita en la Tierra.

Te ofrezco mi mano, si la aceptas. —Gaia se la mostró.

Minerva levantó la suya y antes de que se tocaran, se acercó hasta ella y la abrazó.

—Gracias, lo siento —susurró en su oído con la voz quebrada por la emoción. Poco a poco se separaron. Gaia percibió la sinceridad de sus palabras en su mirada—. Debí pedirte perdón hace mucho tiempo, a pesar de mi arrojo en otras lides, temí tu respuesta.

—Hiciste bien, no estaba preparada para dártelo. Por cierto, ¿y ese corte de pelo? —preguntó por aligerar la conversación.

Minerva se llevó las manos a la cabeza y se la masajeó .

—Idea de Kalani, te lo contaré en otro momento —sonrió.

—No estás mal, pareces un asistente —Gaia no pudo contener la risa.

—Al menos, he conseguido hacerte reír, es una compensación por las lágrimas que derramaste.

—Fueron muchas, todavía estás en deuda conmigo —bromeó—. Ahora, regresemos, tu experiencia nos servirá para concretar los detalles del plan de ataque.

Comenzaron a caminar.

—Espero que mi convalecencia no haya afectado a mis capacidades —agregó.

—¿Quién te atacó en el desierto? —quiso saber Gaia.

—No lo recuerdo, pudieron ser salvajes, cuando conseguí despejarme del golpe en la cabeza, había desaparecido todo; los carros, los caballos, las provisiones…, excepto un odre de agua medio vacío que encontré abandonado.

—¿Cómo pudiste realizar el trayecto?

—Ni yo lo sé, recuerdo que llovió un día e hice acopio de agua como pude. Maté culebras, comí insectos…, prefiero no recordarlo.

—Eres invencible, Minerva, envidio tu fortaleza, no solo física, sino también mental para no haber sucumbido en el desierto.

—No, Gaia, no lo soy. Tú sí que eres admirable.

—Dejémonos de elogios, el ejército nos espera —concluyó Gaia.

—Así es, pensarán que nos hemos enzarzado en una nueva disputa —dejó caer Minerva con ironía, ambas sonrieron.

—A este paso, tu deuda quedará saldada muy pronto.