CAPÍTULO 40
La cala
E l protector no despertaba hipnotizado por la presencia de Gaia.
—¡Gery! ¡Gery! —exclamó Denis, y le arreó un codazo en las costillas para espabilarlo—. Es la patrona del Oeste.
—Te saludo, Gaia —dijo al fin.
—Te saludo, Gery —escuchar su voz cálida lo transportó a otro momento, cuando su madre lo acunaba entre sus brazos. Entonces, lo supo. Gaia era la mujer que siempre había buscado en cada encuentro con las parideras.
—Necesito que me pongáis al día de la situación de la colonia. Me imagino que el capitán tendrá vigilado el paso desde la bahía. ¿Cómo habéis accedido a esta cala?
—Con las balsas —le indicó Denis—, nos han salvado la vida.
—Hallamos un lago subterráneo, lo inspeccionamos y nos trajo hasta aquí —aclaró Gery.
—Está claro que, si queremos sorprenderlos, entraremos por el mismo sitio. En cuanto tracemos el plan, mi ejército se pondrá al mando de la incursión. Así que, no debemos perder el tiempo. Ordenaré a Reese que organice la salida en las balsas.
—Hay un problema —intervino Denis—. La entrada a la gruta de las aguas oscuras no es accesible hasta el mediodía, cuando baja la marea.
—Aún quedan un par de horas y solo tenéis dos medios de transporte, tendremos que dar varios viajes —se lamentó Gaia.
—¿Tú ejército sabe nadar? —a la pregunta de Gery, la patrona no supo qué responder—. El lago es siniestro, no lo niego, pero no es peligroso, sus aguas son tranquilas. Se me ha ocurrido que podríamos atar unas cuerdas en las balsas, para los que sepan nadar. Así los movilizaríamos con más rapidez.
—No me parece una buena idea, las desestabilizarías —manifestó Denis—. Recuerda el consejo de Kalani.
—¿Quién es Kalani? —quiso saber Gaia.
—Un obrero que, tras la llegada del barco del capitán Bryce, ha tomado demasiado protagonismo para mi gusto —puntualizó Denis.
—Es hábil con la madera, nada más —añadió el protector, a quien el comentario del asistente no le pareció afortunado.
—Llegado el momento, valoraremos la idea de Gery. —Este sonrió al asistente; la patrona había considerado su consejo. Denis le dedicó una mueca de fastidio—. ¿Dónde se encuentra el ejército de Hera? ¿De qué recursos dispone?
—Será mejor que nos sentemos, hay mucho que contar —intervino Denis, entusiasmado por soltar lo acontecido en el último mes.
La reunión se hizo extensiva a la jefa de las custodias, Reese.
Amil solicitó permiso a su madre para unirse a ellos y Gaia accedió.
El relato del asistente fue amplio, y no omitió ningún detalle, para desesperación del protector.
Lo que más sorprendió a la patrona fue el hallazgo del refugio y el búnker con las armas, así como la decisión de las patronas fundadoras por ocultarlo.
—Y, por último, Minerva está en la colonia —soltó Denis para finalizar.
—¿Cómo?
—Llegó sola y medio muerta. Sigue inconsciente en la sala de curas.
—¿Artis lo sabe?
—No, desconocíamos…
Gaia no lo dejó terminar, se levantó de la arena y sacudió con energía la capa.
—Ahora mismo enviaré un mensaje al Este.
—Hera no quiso hacerlo sin saber el motivo de su huida.
—Veo que no estáis al tanto de lo ocurrido.
Irem, la servidora que controla el Sur, recibió una misiva hace unos días.
Artis le notificaba que Minerva había renunciado a su cargo y proclamado la libertad de los rangos.
Él se presentaba como nuevo líder del Este.
Su intención es retomar la alianza y los trueques.
El temor de Irem es la posibilidad de que Nut siga al acecho y, por ahora, será imposible.
Además, se ha forjado una sólida colaboración entre la Comunidad y la Colonia del Este.
—Eso quiere decir que… —El asistente se quedó pensativo.
—Lo que piensas, Denis. Las normas impuestas por las fundadoras se han suprimido en todos los territorios. Ha llegado el momento de construir una nueva civilización cuyos cimientos sean la libertad, la colaboración y el respeto.
Gaia terminó su discurso y se alejó de ellos. Amil y Reese la siguieron.
—Que bien habla —musitó Gery mientras la observaba caminar.
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Acaso no la conocías?
—No, sé que visitó a Hera en alguna ocasión, pero, ya sabes, mi lugar estaba en el pabellón de los sementales.
—Cierto, no lo recordaba. Desde que la has visto, parece que estás atontado. ¿Quieres borrar esa sonrisa estúpida? La miro y no te reconozco.
—¿Qué sonrisa? —preguntó sin desdibujarla.
—¿Se puede saber qué tiene esa mujer? No es una belleza exótica, ni posee un cuerpo exuberante, por no mencionar el semblante que, a mi parecer, es demasiado taciturno. Los heteros sois muy raritos. —Gael volvió a su memoria, Gery no era el primer hombre que caía rendido ante Gaia.
—Quizá sea por todo lo que has dicho.
—Es inaccesible para ti, su corazón aún está dolido y te aseguro que tardará en sanar.
—Grrr, esperaré lo que sea necesario.
En ese instante, escucharon el grito de uno de los asistentes que vigilaba el acceso a la cala.
—¡Un bote! ¡Se acerca un bote!
Ambos dirigieron la mirada al horizonte.
Una mujer movía los brazos para ser vista, por el color verde de su indumentaria y su cuerpo menudo, enseguida la reconocieron.
Era Casandra. Aguardaron su llegada con ansiedad, junto a Reese, Gaia y Amil, que fueron avisados.
Los asistentes ayudaron a empujar la embarcación hasta la orilla de la playa, donde se quedó varada.
Moke y Casandra saltaron a tierra. Denis no pudo ocultar su alegría, la abrazó.
—¡Cas! Nunca pensé que volvería a verte.
—Ni yo a ti tampoco. —Sonrió. En esa ocasión, no lo regañó por utilizar el diminutivo.
—Cuéntame todo con pelos y señales —la instó.
—Lo haré. —Dirigió su mirada a los que la rodeaban—. Os saludo.
—Te saludo, Casandra —habló en primer lugar Gaia.
—Nunca imaginé encontrarte aquí, Hera se demoró en informarte. ¿En cuantas jornadas habéis realizado el trayecto?
—En ocho, gracias a Denis, nos advirtió unos días antes. —El asistente sonrió complacido.
—¿Y tú eres? —preguntó la custodia al único que no conocía, al joven, porque Reese había visitado la colonia en otras ocasiones.
—Amil —contestó con cierta timidez.
—Es mi hijo —aclaró Gaia ante el extraño comportamiento del muchacho—. ¿Cómo está la situación?
—Antes, te presento a Moke, sin él no hubiera conseguido hacerme con el barco del capitán.
Escapamos juntos del barracón en la oscuridad de la noche, nos adentramos a nado en la bahía y asaltamos Furia de Volcán.
Ahora mismo, Bryce se habrá percatado de que su plan de bombardear la colonia ha fracasado.
»Con tu ejército, tendremos la oportunidad de recuperarla.
—¿Y Hera?
—Desconozco si sigue con vida.
—Lo estará hasta que el capitán encuentre su botín —se atrevió a decir Moke.
—Tenemos un plan, y lo ejecutaremos —concluyó Gaia.
El ejército se organizó por grupos, según sus habilidades para nadar.
Con el bote de Casandra, podrían transportar a más personas y solo serían necesarios dos viajes.
Moke sugirió que se armaran en el búnker.
Solo los que habían entrenado con ellas las portarían.
La inexperiencia podría provocar muertes innecesarias, sería imposible aleccionarlos en tan poco tiempo.
Amil observaba desde la distancia a Casandra. Reese estaba sentada a su lado a la espera de la orden de Gaia.
—¿Te gusta? —preguntó al chico, lo que era evidente.
—Me he enamorado —soltó sin ningún pudor.
—Ja, ja, ja —se carcajeó la custodia con los labios casi pegados, como era habitual en ella.
—Es verdad, no sé por qué te hace tanta gracia.
—Acabas de conocerla y, además, es un poco mayor para ti. ¿No crees? Al menos te lleva diez años, por no decir algunos más.
—No me importa —dijo convencido—. Es la mujer de mi vida.
La seriedad con la que Amil se expresó provocó de nuevo una sonrisa en el rostro de Reese, aunque ahogó cualquier sonido para no disgustar al muchacho.
—Eres joven, lo que sientes es admiración, no amor. Lo entenderás cuando crezcas.
—¿Tú te has enamorado? —la pregunta de Amil la pilló por sorpresa.
—No.
—¿Nunca?
—No.
—¿Estás segura?
—Te he dicho que no, debo irme. Es casi la hora.
Amil conocía bien a Reese, siempre que no quería responder a sus preguntas, se escabullía. Se levantó y fue al encuentro de su madre. Estaba en la orilla, con los pies descalzos y los ojos cerrados.
—¿Qué haces?
—Me gusta sentir el roce del agua en mi piel, me refresca. ¿Quieres probar?
—Tengo miedo.
—¿Miedo? ¿A qué? —preguntó descolocada, Amil era un chico valiente.
—A las olas, y… ¿si me arrastran al fondo?
—Eso es imposible, la marea está bajando y si así fuera, yo te rescataría.
Amil se sentó en la arena, se descalzó y agarró con fuerza la mano de su madre. Titubeó antes de dar el primer paso, cuando el agua lo cubrió, sonrió.
—Es como tú dices, me encanta.
—Ahora que estamos solos, sabes que debes quedarte en la cala. Denis y tú seréis los máximos responsables de esta gente. Te prometo que volveré a por ti. Cuidaré de que no me pase nada.
—Tranquila, he traído la lanza de Gael, sabré defenderlos —dijo con arrojo, como si él solo pudiera enfrentarse con el enemigo.
—Confío en que no te veas obligado a utilizarla.
A unos pocos kilómetros de distancia, desde un bote, el capitán Bryce vigilaba sus movimientos con un catalejo.