Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

D estino

E n Furia de Volcán, Moke y Casandra distribuyeron las armas entre los remeros.

Tres de ellos se situaron en la posición de los vigías, ataviados con las capas amarillas.

Así podrían ser vistos desde la lejanía y no levantar sospechas.

Solo era cuestión de tiempo que el capitán enviara un bote para perpetrar el ataque.

—Confío en que tengas razón, falta poco para el alba y no hay señales de que se acerquen —comentó la custodia.

—Estoy seguro de que vendrán. Bryce debe darles la ubicación exacta del bombardeo o acabaría con sus propios hombres.

—Me preocupa Hera, la he abandonado a su suerte —expresó con tristeza.

—Es una mujer fuerte —dijo para consolarla, aunque en su interior sabía que era improbable que siguiera con vida.

—Tú lo has dicho, es una mujer y… —No quiso ni imaginar su suerte.

—¿Cuál es tu plan? —preguntó para distraer sus pensamientos.

—¿Mi plan?

—Sí, cuando nos hagamos con el bote. ¿Regresaremos a la colonia?

—Como mucho podríamos transportar a seis remeros, aparte de nosotros. Seríamos un blanco fácil, sobre todo, cuando el capitán advierta que su orden no se ha ejecutado.

—¿Entonces?

—Buscaremos la cala, nos reuniremos con Denis. Nos organizaremos y entraremos desde el almacén. Será más fácil cogerlos por sorpresa.

—Allí solo hay mujeres y niños, y los asistentes no están formados para la lucha. Será una masacre —dijo escéptico, ante la sugerencia de Casandra.

—No hay otra alternativa.

Los tímidos rayos de sol comenzaron a iluminar el barco.

—¡Bote a babor! —escucharon a uno de los remeros.

Moke y Casandra se asomaron desde cubierta.

—¡Escondeos! —ordenó a los hombres. Los únicos que mantuvieron su posición fueron los que se cubrían con las capas.

Aguardaron en silencio hasta que sintieron un golpe seco en el costado del barco.

—¡¿Dónde está la maldita escala?! —vociferó uno de los marineros. La habían ocultado a conciencia.

—¡Ahora! —gritó Casandra.

A los hombres del capitán no les dio tiempo de reaccionar. Antes de sacar sus armas, fueron abatidos. Moke y Casandra informaron a los remeros de su plan, lanzaron la escala y bajaron por ella. Tiraron los cuerpos al agua y comenzaron a remar en dirección oeste, en busca de la cala.

***

—¡Se han escuchado disparos en Furia de Volcán! —gritó Cole, quien entraba apresurado en la palapa.

Bryce se asomó al porche .

—¿Por qué no han bombardeado? —quiso saber.

—No lo sé —contestó el segundo de a bordo.

—¡Han tomado el barco! —exclamó rabioso—. ¿Quién cojones…?

No terminó la frase, divisó un bote que se alejaba en dirección oeste.

—Dame tu catalejo —le ordenó. Este rebuscó en el interior de su capa y se lo entregó.

Bryce se lo colocó a la altura de su ojo derecho y centró la mira—.

¡Son el traidor de Moke y la custodia! —Le dirigió una mirada asesina a Cole—.

¡Maldito inepto! ¿Cómo demonios has dejado que escaparan en tus narices?

—La única posibilidad es que hayan nadado durante la noche hasta el barco.

—¡Joder! Los dos estaban encerrados, alguien les habrá facilitado la salida.

—¿Kalani? —sugirió—. Lo dejaste al cuidado de su hermano, pudo escabullirse y ayudarlos. —Había desconfiado de él desde que eligió a Moke.

—Localízalo y tráelo.

Cole abandonó la palapa. Bryce se colocó de nuevo el catalejo y siguió el rumbo del bote.

—¿Dónde vais? —se preguntó.

Dirigió su mirada a Hera. Le extrañaba que la jefa de su ejército la abandonara y no entendía por qué Moke se había confabulado con ella.

Aunque lo supo desde la primera información que le transmitió en aquel mensaje.

Debía haber acabado con él cuando lo encontró en su camarote.

No era como los otros remeros, de hecho, había intentado escapar de la crujía en un par de ocasiones.

Se maldijo a sí mismo por ser benevolente con un hombre que sabía que le causaría problemas a la menor ocasión.

La llegada de Cole lo sacó de sus cavilaciones.

—No están, ni él ni su supuesto hermano.

—¿Supuesto hermano?

El segundo le mostró un mechón largo de pelo castaño.

—¿Una mujer? ¿ Quería llevársela con él?

—Eso parece, nos mintió.

—¿Se puede saber cómo cojones han desaparecido sin dejar rastro? Tú eres el único responsable. ¿No dejaste a nadie para que los vigilara?

—No pensé…

—No pensé, no pensé, ¡inútil!

Le asestó un puñetazo en el estómago que lo dobló. Luego, con un movimiento rápido, lo repitió desde abajo hacia su barbilla. El fuerte golpe provocó que Cole se tambaleara.

—¡Aléjate de mi vista! Yo los encontraré, tengo una ligera idea de dónde pueden estar. Prepara un bote, la patrona y yo nos daremos un paseo.

—¿Solo? —se atrevió a preguntar cuando se recompuso.

—¿Acaso me han servido de algo tus hombres? Te quedarás al cargo, espero que no cometas los mismos errores. ¡Ah! Carga una ametralladora y munición. Cuando esté preparado, avísame.

—Sí, mi capitán.

—¡Largo! —le gritó tan cerca de la cara que lo salpicó con la saliva. Luego, se dirigió a los hombres que custodiaban a la patrona—: Amordazadla, y vestidla con esa túnica del perchero. Debo hacer una visita, después regresaré a por ella.

Bryce se adecentó, recogió su pelo en una coleta, abotonó su camisa, se abrochó el cinturón y se colocó la casaca. Se encaminó hacia el barracón y se situó a cierta distancia, junto a la posición de una de las ametralladoras.

—¡¿Quién está al mando?! —gritó en dirección del recinto.

—¡Yo! —escuchó una voz de mujer que salía del muro.

—¡Rendíos o moriréis ahí dentro! Sin agua ni comida no duraréis mucho.

—¡Nunca!

—Os sitiaré hasta que vuestros cuerpos se descompongan y el olor a podrido llegue hasta el barco. No tenéis escapatoria. Nadie vendrá a ayudaros.

Silencio, esa fue la respuesta.

—¡De acuerdo! Habéis elegido vuestro destino, un mísero final.

—El Samada nos espera — se escuchó.

—Coño con el Samada. Menuda patraña —susurró a los que estaban a su lado, que no pudieron evitar soltar una carcajada—. ¡Entonces, si es vuestro deseo, así será!

En ese instante, su estómago rugió. No se había llevado nada a la boca desde el asalto.

—¿Dónde hay comida y alcohol? —preguntó. No solo era hambre lo que sentía, también necesitaba una buena dosis de licor para despejarse.

—En aquel edificio, son las cocinas. Aún se mantiene en pie —le indicó.

Se marchó en esa dirección mientras observaba el estado lamentable de lo que quedaba de la colonia.

«Lástima, un lugar menos dónde recalar», pensó.

Continuó su camino, con una sola idea en la cabeza.

Aliviar su abstinencia y emprender un viaje que, con toda seguridad, lo llevaría hasta un botín valioso; el escondite ideado por Hera para ocultar a las mujeres y los niños.

Sin un ejército que los protegiera, no sería difícil doblegarlos. Sonrió.

No levantaría velas con las manos vacías.