CAPÍTULO 38
Koa
K alani y Minerva no tuvieron dificultad en llegar al almacén, rodearon los edificios en llamas y el humo los ocultó.
Justo cuando entraban, el tiroteo daba paso de nuevo al silencio.
Bloquearon la puerta con una de las maderas que se habían preparado para construir las balsas y quedaron abandonadas por la falta de tiempo, ante la invasión prematura del capitán Bryce.
Encendieron unas antorchas y se adentraron en la gruta que servía de refugio.
Kalani le mostró la cortina que ocultaba el acceso al búnker.
Minerva no se sorprendió al leer la placa, era similar a la que descubrieron en la mina del manantial, aunque su numeración no coincidía.
Omitió el comentario, en ese momento no era relevante, y siguió a Kalani.
Cuando descubrió el material almacenado no pudo evitar quedarse paralizada.
—¿Cómo es posible? —preguntó sin encontrar respuesta.
—Las fundadoras así lo decidieron, quisieron empezar de cero y, para ello, no podían dejar constancia de la última civilización que destruyó la Tierra .
—Rechazaron el progreso, la cultura, el conocimiento y negaron a sus descendientes subsistir con una mejor calidad de vida. No lo entiendo.
—Ni yo tampoco, en nuestra isla no ocurrió así. ¿Lo recuerdas?
—Solo vienen a mi mente fogonazos.
—Seguro que cuando regresemos a…
—¿Dónde están las armas? —lo interrumpió. Su prioridad era otra, no había tiempo para la nostalgia.
—En la última sección del búnker —contestó Kalani desilusionado, era incapaz de remover la memoria de Moana. Ella mantenía un escudo impenetrable sobre sus recuerdos.
Recorrieron el pasillo central hasta las cajas.
—Buscaré las pistolas —dijo decidida.
—No, espera, el capitán mantiene su posición con las ametralladoras. Seguro que habrá algunas en este arsenal. Lee las etiquetas.
—¡Aquí! —exclamó Minerva tras revisarlas—. Ayúdame a soltar la tapa.
Kalani recordó las tijeras que había utilizado para cortar su melena. Metió la mano bajo la túnica y se las mostró.
—Esto nos servirá.
—¿De dónde han salido…? Un momento, tú has sido el que me ha hecho esto. —Se llevó la mano a la cabeza y después al pecho—. ¿Y esto?
—Sí, debía…
No pudo terminar, Minerva lo abofeteó.
—Espero que no se convierta en una costumbre, duele —ironizó, a la vez que se tocaba la mejilla.
—¡¿Disfrutaste?! —gritó encolerizada.
—No es lo que piensas. Por favor, antes de que me atices de nuevo, déjame explicártelo.
Cuando hice el trato con el capitán, le mentí.
Le hice creer que el pasaje extra en Furia de Volcán era para mi hermano, por eso te corté el pelo y vendé tus pechos.
Ni siquiera te rocé y no alcé la túnica en ningún momento .
—¿Tu hermano? —preguntó pasmada.
—No se me ocurrió otra idea mejor. Por cierto, tu nombre es Koa.
—Moana, Minerva y, ahora, Koa. ¿Alguna confesión más?
Kalani dudó un instante, podría haberle manifestado sus sentimientos.
—No, ninguna.
—Trae las tijeras, yo lo haré.
—Como quieras. —Se las ofreció y ella se las arrebató de un tirón.
Se equiparon con sendas ametralladoras, munición, granadas de mano y un par de pistolas para cada uno. Kalani le enseñó los conocimientos básicos de su funcionamiento y tras practicar el modo de cargarlas, se sentaron a planear cómo llegar hasta la palapa de Hera.
—Si nos descubren al rebasar la puerta del almacén, estaremos perdidos y más si vamos armados hasta los dientes —comentó Kalani.
—Es cierto, antes, podríamos realizar un reconocimiento, ocultar las armas pesadas cerca del objetivo y llamar la atención del capitán para que salga de la palapa. Una vez fuera, tú lo distraerás y yo entraré.
—No, sigues débil e ignoramos cuantos hombres están con él. Además, no te conocen y a mí sí. Si abrimos fuego antes de liberar a Hera, se nos echarían encima.
—De acuerdo, inspeccionaremos antes de atacar. ¿Y después?
—Regresaremos al almacén. Hay una balsa casi preparada, la terminaré y nos reuniremos con los evacuados.
—¿Huir y dejar al ejército a su merced? Nunca. —Minerva no se acobardaba.
—Sé paciente, no adelantemos acontecimientos.
Transportaron las armas desde el búnker hasta un lugar seguro del almacén, las cubrieron con paja y ocultaron las pistolas; Minerva, en la parte trasera de su pantalón, y Kalani improvisó un cinturón bajo su túnica.
Desbloquearon la puerta y la entreabrieron lo suficiente para escuchar unos pasos que se acercaban. Volvieron a cerrar con sigilo.
—Es el segundo de a bordo del capitán, viene hacia aquí con varios hombres. Regresemos al búnker —la informó Kalani.
—Es nuestra oportunidad para acabar con ellos.
—En cuanto el resto de la tripulación escuche el primer disparo, acudirán en su ayuda.
—¿Y las armas?
—No hay tiempo. Tenemos que ocultar la entrada del refugio antes de que entren.
Ambos deshicieron sus pasos, accedieron a la gruta y tapaban el acceso justo cuando Cole y sus hombres entraban. A ciegas, sin encender las antorchas, consiguieron encontrar el búnker. Una vez allí, las prendieron.
—No tenemos otra opción que subir a una balsa y navegar por las aguas oscuras hasta la cala. Desde allí, idearemos una forma de liberar a la colonia del capitán Bryce —sugirió Kalani.
—Odio darte la razón —expresó Minerva—. ¿Cuánto tardarás en terminar de construirla?
—Poco tiempo, si me ayudas. Hay un problema, debemos esperar a que la marea baje, en ese momento la cala será accesible.
—¿Cuándo?
—Al mediodía.
—Todavía no ha amanecido, son demasiadas horas. Quizá, para cuando queramos entrar de nuevo en la colonia, sea tarde.
—El capitán Bryce no zarpará en Furia de Volcán hasta que consiga su botín. Créeme, estoy seguro de ello. No nos queda otra alternativa.
—¿Por dónde empezamos? —Minerva se remangó la túnica y rogó al Samada por que Kalani tuviera razón.
***
El fuego cruzado terminó antes de lo que esperaban.
Cole ordenó a los hombres apostados con las ametralladoras que no abandonaran su posición.
Luego, acompañado por dos de los marineros, se dirigieron a inspeccionar de nuevo el almacén como era el deseo del capitán.
Entraron con cautela y sus armas cargadas.
Recorrieron cada rincón, movieron los bidones de aceite y licor, y comprobaron las estanterías.
El segundo de a bordo se percató de que en el suelo, junto a la pared del fondo, había huellas de arrastre.
—¡Ayudadme! —les ordenó a los que le acompañaban.
No necesitaron esforzase para desplazar los bidones. Entonces, descubrió el acceso a la gruta. Estaba iluminada con lámparas de aceite.
—Está vacía —se dijo a sí mismo. Caminó unos metros, echó un vistazo a su alrededor y no advirtió ningún túnel o salida. Era de roca maciza—. ¡Salgamos!
Se dirigieron a la palapa central, donde seguía el capitán.
Al entrar, lo encontró sentado en el sillón con los pies sobre la mesa, sin su casaca y con la camisa abierta.
En la cama, Hera permanecía con los ojos cerrados, maniatada y cubierta con un pedazo de tela ajada color púrpura. Estaba custodiada por tres marineros.
—¿Has inspeccionado el almacén? —preguntó impaciente.
—Sí, he encontrado una gruta…
Bryce se levantó de un impulso y se acercó a él. Lo cogió de los hombros y sonrió.
—¡Te lo dije! Sabía que habría un escondite allí dentro.
—No hay nada ni nadie.
—¿Qué quieres decir? —Soltó su agarre contrariado.
—La gruta está vacía.
Se encaminó con decisión hacia la cabecera de la cama, y le asestó un puñetazo a Hera en la cara. Esta abrió los ojos y ahogó un grito de dolor.
—¡Hija de la gran puta! Está a punto de amanecer, ¿quieres ver morir a tus salvajes?
—Si es nuestro destino, el Samada nos acogerá —dijo con la voz rota.
—¿Qué coño Samada? Pensé que eras más inteligente. Se acabó el tiempo. ¡Cole! —gritó enfurecido—. Envía un bote al barco, en cuanto haya visibilidad quiero que los cañones arrasen el recinto donde se encuentra el ejército de Hera.
—Sí, mi capitán —afirmó. Contempló por última vez el cuerpo magullado de la mujer que yacía sobre la cama. Sabía que Bryce la ejecutaría sin ningún tipo de piedad, no sin antes obligarla a presenciar como sucumbían sus súbditos.