Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Caravana del Oeste: encuentros

E n el séptimo día, cuando la caravana de Gaia se aproximaba al norte, recibieron un nuevo mensaje de Hera. Las indicaciones eran claras. Si a la mañana siguiente no recibían noticias, debían desviarse hacia el oeste y seguir la costa hasta encontrar la cala.

Amil había soportado la dureza del viaje como un valiente.

Desoyó el consejo de Reese y no solicitó el permiso para unirse a ellas.

Temía las reprimendas de Gaia por su desobediencia.

Esa noche era la última que acamparían en el desierto antes de llegar a su destino.

Cuando hubo terminado sus tareas, se arrimó a una de las hogueras y se sentó con los que había compartido el viaje.

Hombres que, como él, jamás habían atravesado a caballo el desierto y sus cuerpos doloridos así lo confirmaban.

—Estoy molido, no siento las nalgas —se lamentaba uno de ellos.

—La falta de costumbre, yo tengo dormidos los muslos —aclaró otro.

—¿Por qué os quejáis tanto? —preguntó Amil.

—¿Acaso a ti no te duele nada? —quiso saber el primero.

—Sí, pero me callo. Sois guerreros no infantes.

—Ja, ja, ja, mira quien habla. Muchacho, solo nos desahogamos un poco. Si llega el momento en que tengamos que luchar, olvidaremos nuestros dolores.

—Amil, acompáñame — escucharon la voz de Reese.

—¿Dónde?

—La patrona quiere hablar contigo.

—Estoy bien aquí —manifestó.

—Es una orden —le exigió.

Amil frunció el ceño y se cruzó de brazos, daba a entender una negativa por respuesta.

—Muchacho —añadió el hombre con el que hablaba antes de ser interrumpidos—, uno de los valores de un buen guerrero es la disciplina, aceptar las órdenes y mantener la compostura, no actuar como un infante. Es una lección que nunca debes olvidar.

Tras escuchar esas palabras, Amil se levantó. Reese sonrió con complicidad al guerrero y este asintió. Ambos se dirigieron al encuentro de la patrona.

—Aquí lo tienes, os dejo a solas —dijo la custodia, y se alejó.

—Siéntate a mi lado —le sugirió Gaia.

—Estoy bien de pie.

—Estamos en mitad del desierto y rodeados de nuestro ejército. Me gustaría que la conversación fuera privada, de madre a hijo —aclaró.

—No soy tu hijo desde que te enfadaste conmigo.

—Amil…, ven aquí. —Le señaló con el dedo la alfombra de lino en la que estaba sentada.

Él obedeció con desgana y se dejó caer del mismo modo—.

Quiero aclararte que no me enfadé cuando descubrí que me habías desobedecido, lo que sentí fue preocupación.

El principal cometido de una madre es salvaguardar la vida de un hijo, velar por su bienestar y apartarlo de riesgos innecesarios. ¿Lo entiendes?

—Sí, y ¿cuál es la de un hijo?

—Facilitar a la madre su labor desde el respeto. Te pido que a partir de ahora obedezcas y no actúes sin medir las consecuencias. No puedo permitirme perder a nadie más —añadió con abatimiento.

—No estés triste, no me gusta verte así. Te prometo que lo haré con una condición.

—Nada de condiciones.

—Esta es fácil, quiero entrar contigo en la Colonia del Norte, junto a mi madre.

—Lo siento, no puedo concedértelo sin saber la situación, es arriesgado.

—Al menos, ¿me dejarás viajar a tu lado mañana?

—Claro que sí, te he echado mucho de menos. —Sin mediar ni una palabra más, lo abrazó. Acarició su pelo azabache y lo besó en la cabeza.

Aquella noche durmió a su lado.

Antes de que el sol asomara en el horizonte, continuaron su camino. Cuando estaban a menos de una hora del muro de la Colonia del Norte, Gaia ordenó realizar una parada y esperar el mensaje de Hera como cada mañana. Aguardaban con la mirada puesta en el cielo.

—¿Por qué no avanzamos? —preguntó Amil.

—Es probable que recibamos nuevas instrucciones —aclaró Reese.

—¿De quién?

—De la patrona del Norte.

—La precipitación no es una buena aliada —intervino Gaia—. Estamos cerca, si esa paloma no llega en unos minutos, tomaremos la ruta oeste, en busca de la cala que nos mencionó Hera en la misiva de ayer.

—Entonces, ¿podré ver el mar? —preguntó Amil entusiasmado.

—Claro que sí, te sorprenderá como a mí, cuando lo vi por primera vez —contestó Reese.

—¿Es cómo en los libros?

—Mucho mejor —contestó escueta.

—¿Te has bañado en la playa?

—No, solo me mojé los pies en la orilla.

—¿Por qué? ¿No sabes nadar ?

—Sí, sé nadar.

—Amil, deja de interrogar a Reese —intervino Gaia para sacar del apuro a la custodia, cabía la posibilidad de que no supiera ni siquiera flotar en el agua. En su colonia no existían ríos o lagunas donde aprender a bracear.

Pasado un tiempo prudencial, la caravana tomó dirección oeste. Cuando rebasaron la situación de la colonia, retomaron el trayecto hacia el norte en busca de la costa. El olor a mar los recibió como un soplo de aire fresco, aunque debido a la altura de los acantilados les era imposible divisarlo.

—Huele distinto, a peces —advirtió Amil.

—Así es, pronto llegaremos a la cala —explicó Gaia y sonrió por la ocurrencia de su hijo.

Antes del mediodía, Reese, acompañada de una de sus custodias, se adelantó para cerciorarse de que la información de la que disponían no fuera un engaño.

Cuando creyeron estar cerca, desmontaron y caminaron hasta la cima del acantilado.

Allí estaba la cala oculta entre las paredes rocosas, difícil de encontrar si se desconocía su ubicación.

Comprobaron que la mayoría de los que la ocupaban eran mujeres y niños, aunque Reese, desde la lejanía, advirtió el pelo rubio de Denis y, junto a él, a un hombre corpulento de melena castaña.

Se sorprendió al observar el color verde oliva de su atuendo.

No les hizo saber su presencia, correspondía a la patrona realizar el primer contacto.

Así que, le indicó a la custodia que se quedara y ella salió a galope en busca de la caravana.

—La he localizado, no está lejos —informó a Gaia.

—¿Es seguro acceder a ella?

—He divisado un camino angosto desde el acantilado hasta la playa. Me temo que tendremos que dejar los carros y transportar las provisiones a caballo.

—Guíanos, te seguimos.

Tal y como Reese le anunció, la única forma de bajar hasta la cala era a caballo o a pie.

—Manda señales con el espejo, aunque estamos a cierta distancia de la colonia, debemos ser precavidos y no alertar a los intrusos sin necesidad —ordenó Gaia.

Reese se encaramó en la zona más alta del acantilado, sacó el espejo y apuntó con los reflejos a los ojos de Denis, quien advirtió la luz cegadora.

Alzó la cabeza hacia la dirección de la señal luminosa y se percató de la presencia de la custodia.

Esta movió el brazo derecho de un lado a otro y él la imitó.

Tras el aviso, comenzaron a organizar la bajada.

Solo cargaron con lo necesario. Gaia, Reese y Amil encabezaban la marcha.

Guiaban a sus caballos con prudencia, y sorteaban los salientes para evitar que las rocas se deslizaran en su avance.

Así aseguraban el camino de los que les seguían.

—¡Es increíble! —exclamó Amil, sorprendido por la inmensidad del océano.

—Lo es —afirmó Reese.

Cuando el equino de la patrona pisó la playa, Denis aceleró el paso hasta ella.

Le guardó rencor durante un tiempo por haber ocupado el corazón de Gael, ya la había perdonado.

Aunque ocultaba su cabeza con la capucha, pudo advertir la melena castaña sobre sus pechos.

Recordó, en ese instante, su nombramiento y el ritual al que fue sometida, con el rapado de su cabeza.

—Te saludo, Denis.

—Te saludo, Gaia. —Le mostró su respeto, dada la diferencia de rango, con un leve movimiento de su cabeza.

—Mientras mi ejército accede a la cala, alejémonos, debemos hablar.

—Vayamos al otro lado, junto a las balsas —sugirió el asistente.

Gaia desmontó y se dirigió a su hijo.

—Amil, coge las riendas, espérame aquí junto a Reese .

—¿No puedo ir contigo?

—No —contestó tajante, y le dedicó una mirada de advertencia.

—Sí, madre.

—¿Madre? —Denis no pudo evitar la pregunta. Solo sabía que tuviera un hijo de apenas un año.

—Así es, no hay tiempo para explicaciones.

—Avisaré a Gery, está al tanto de lo sucedido. Fue el último en salir de la colonia.

—¿Quién es Gery?

—Un protector, tu idea de liberar a los rangos es contagiosa —dijo con ironía—. Casandra adiestró a los sementales y ahora forman parte del ejército. Está allí —le indicó con el dedo. Se encontraba cerca de las balsas, de rodillas sobre la arena y hablaba con un niño.

Comenzaron a caminar por la orilla de la playa.

—Me alegro de que Hera haya reconsiderado mi propuesta.

—Del todo, no. El rango de los obreros se mantiene, por ahora —explicó.

—¿A qué se debe?

—Supongo que por no generar conflictos entre las custodias. Están divididas y hay varias más reticentes a un cambio tan radical.

—Entiendo, ¿y Casandra?

—Ella sí aprueba las nuevas normas. Espero que tanto Cas como Hera sigan con vida. Cuando Gery consiguió llegar hasta la cala, se estaba librando una batalla entre nuestro ejército y la tripulación del capitán Bryce.

—Aligeremos, debemos organizar un plan de ataque.

El protector consolaba al niño que había rescatado unas horas antes en el almacén.

La madre estaba junto a ellos y le agradecía el haberlo salvado.

En ese instante, Gery escuchó la voz de Denis.

Antes de levantarse y despegar su rodilla de la arena, le dedicó un gesto cariñoso al chiquillo, revolviéndole el pelo.

Una vez de pie y con su lanza asida en su mano derecha, los esperó con su habitual semblante, como la de un coloso; erguido y con la vista fija en el horizonte.

Cuando Gaia llegó a su posición, dejó caer la capucha que cubría su cabeza.

Gery quedó impactado ante la visión de su rostro, no por la belleza etérea de esa mujer, sino por su mirada penetrante con cierto halo de tristeza.

Podría permanecer cautivo de sus ojos castaños y de sus largas pestañas hasta que el Samada abriera sus puertas para él.