Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Confidencias

K alani respiró aliviado cuando regresó de avisar a Casandra. Encontró a Minerva dormida en la misma postura que la dejó. Con sigilo, se tumbó junto a ella. Se colocó de lado para poder observarla y recorrió su rostro con la mirada.

—Nunca pensé que la niña cabezota se convertiría en la mujer que tengo ante mí —susurró.

El cansancio, la tranquilidad de que ambos estaban seguros y la esperanza de que regresarían a la isla de Nessei, lo sumió en un profundo sueño.

Navegaba en Furia de Volcán cerca de la costa del archipiélago Aare.

Sentía la brisa del mar en su rostro y escuchaba los gritos de las gaviotas que anunciaban que su destino estaba cerca.

Los marineros aflojaban las velas y las enrollaban para preparar la entrada del barco en la bahía de Nessei.

El brazo de Moana rodeaba su cintura y la cabeza reposaba sobre su hombro.

—Nuestro hogar —dijo con morriña. Mientras, la besaba en la frente.

—Lo será para nosotros y para él también. —Se tocó la barriga con la mano que tenía libre y Kalani puso la suya sobre ella.

—¿Por qué estás tan segura de que será un niño?

—Lo presiento. Me consuela saber que crecerá en un mundo en paz, rodeado de su familia y con sus padres.

—Será un niño feliz.

De repente, Moana sintió un dolor agudo en el vientre y emitió un gemido.

—¿Qué ocurre?

—Algo no va bien, ¡ayúdame, Kalani! ¡Kalani!

— ¡Kalani! ¡Kalani! ¡Despierta! —escuchó los gritos de Minerva y se despertó sobresaltado—. Debemos ayudarlos, ¿lo escuchas? ¿Qué tipo de armas son esas?

El tiroteo era ensordecedor. Kalani se incorporó.

—Espera aquí, me asomaré.

—Iré contigo, ya he dormido suficiente —hizo el amago de levantarse.

—No podemos hacer nada contra sus armas y si descubren que no estoy de su lado, no tendremos oportunidad de salir vivos de la colonia.

—Me haces sentir una inútil, jamás un hombre me ha ordenado lo que puedo o no puedo hacer.

—Nunca te obligaré a nada, Moana.

—Prefiero que, mientras permanezcamos en la colonia, me llames Minerva.

—De acuerdo, Minerva. Regresaré en un momento, no te muevas de aquí.

Salió de la sala de curas, la niebla comenzaba a levantarse.

No tuvo que recorrer muchos metros para distinguir a los hombres del capitán Bryce con sus ametralladoras.

Contempló el fuego cruzado con el ejército de Hera desde el recinto del barracón.

Imaginó que Casandra había encontrado la forma de distraerlos para salir de la colonia y llegar a Furia de Volcán.

Deshizo sus pasos y regresó. Al entrar, chocó con el cuerpo de Minerva.

Lo esperaba en la salida de la sala de curas.

La cogió por la cintura para evitar que ambos perdieran el equilibrio.

Para Kalani, tenerla tan cerca era una tortura.

Sintió deseos de estrecharla entre sus brazos y besarla.

Pensó que no era el momento, sin embargo, no soltó su agarre.

—¿No deberías estar sentada? —Ella le dedicó una mirada asesina.

—Pensaba que te había quedado clara nuestra conversación anterior. ¿Qué has visto? —Minerva se adentró en el gris azulado de sus ojos, se sintió invadida. No recordaba que ningún hombre le hubiera causado ese efecto.

—Ahí fuera se está librando un choque entre los marineros y el ejército de custodias y protectores.

—¿Y Hera? ¿Se habrá desecho del capitán?

—No lo sé, he visto luz en su palapa. Querrá sacarle donde se ocultan las mujeres y los niños. Según me contó Moke, es un hombre terco y sanguinario. No abandonará la colonia hasta que consiga su botín.

—Las mujeres y los niños, ¿son un botín?

—Para él, sí. Negocia con ellos, es un ser despreciable.

El mundo ha cambiado desde la gran guerra.

La fertilidad es muy apreciada por otras civilizaciones y los niños se utilizan como moneda de cambio.

—Minerva escuchaba atónita las palabras de Kalani—.

Impera la ley del más fuerte. Nunca llegué a entender las normas de la colonia, hasta ahora.

Eran injustas, son injustas —puntualizó—, pero las patronas mantenían el orden y colaboraban entre ellas.

Siento expresarte mi desacuerdo en estos momentos, dada tu posición.

Minerva se alejó de él. Se frotó los brazos, no por frío, sino por consolarse.

—He renunciado a mi cargo —confesó—. La Colonia del Este ya no se rige por las normas de los primeros tiempos. Ahora Artis, mi asistente, es quién gobierna. He liberado a la población de los rangos.

—¡Eso es…! —No pudo reprimir su alegría, se acercó a ella y la abrazó—. Te admiro, Minerva, has tomado la decisión acertada —susurró en su oído—. Entonces, no hay ningún impedimento para que viajes conmigo a Nessei.

Se separó de ella la suficiente distancia para recorrer su rostro con la mirada y centrarse en los labios que deseaba. Sin pedir permiso, los tomó con ternura. Solo duró un instante, en el que Kalani sintió que era correspondido.

—¿Cómo te atreves? —inquirió Minerva a la vez que lo abofeteaba.

Kalani se llevó la mano a la mejilla y se frotó para aligerar el dolor.

—Perdóname, pensé que…

—Jamás, me oyes, jamás un hombre me ha puesto la mano encima.

—Ni a mí una mujer —sonrió.

Minerva le devolvió la sonrisa.

—Espero que no se repita, ¿me has entendido?

—Sí, hasta que tú me lo pidas.

—Nunca lo haré. Ahora —cambió de tema o ninguno de los dos acabaría con esa conversación estúpida—, necesito saber cuál será nuestro siguiente paso.

—¿A qué te refieres?

—No me quedaré aquí sin hacer nada. Soy Minerva, la guerrera, la que nunca se amilana ante el enemigo y una buena estratega. Si no puedo enfrentarme a esos hombres, al menos, intentaré liberar a Hera. Por cierto, ¿dónde están las mujeres y los niños?

—Me temo que necesitaré unos minutos para contártelo. Sentémonos, el tiroteo no durará mucho. Solo es una distracción con el objetivo de que Casandra y Moke lleguen al barco e inutilicen los cañones antes del amanecer. Todavía quedan unas horas.

—Horas que no tiene Hera. Sé breve, ahórrate los detalles .

—Están en una cala al oeste de la costa. Hemos conseguido evacuarlos desde el refugio por un lago subterráneo de aguas oscuras.

—Conozco el refugio, no hay ningún acceso. —Minerva se refería al habitual que se utilizaba en caso de peligro junto al almacén.

—Hera abrió un documento de las patronas fundadoras con un mapa preciso de la situación del búnker.

—¿Un búnker? —Enseguida vino a su memoria el refugio que Artis encontró en las minas del manantial.

—Allí encontramos las armas y material de todo tipo. Lo ocultaron las patronas cuando se formaron las colonias.

—Necesito pensar.

Caminó en círculos como era su costumbre, y la de Kalani, que evitó imitarla, aunque también intentaba buscar una idea en su cabeza.

—¡Ya lo tengo! —saltaron los dos a la vez.

—Habla tú primero  —le cedió Kalani la palabra.

—Entraremos en ese búnker, nos armaremos. Cogeremos al capitán por sorpresa en la palapa de Hera.

—Me has pillado.

—¿Por qué?

—He pensado lo mismo.

—Era fácil de deducir y nuestra única alternativa. Debemos ir ahora, antes de que finalice el enfrentamiento, así pasaremos desapercibidos. Por cierto, ¿sabes utilizar un arma?

—Mi padre siempre llevaba una en el camarote del barco y me enseñó. Supongo que lo recordaré.

—Bien, nos vamos —dijo Minerva con decisión.

Se disponía a salir, cuando Kalani la sujetó del brazo.

—¿Estás bien? —No dudó de su fortaleza física, pero había pasado demasiado tiempo postrada.

—Lo suficiente —contestó enérgica.