Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Humillación

U nas horas antes, después de que el capitán Bryce asesinara a sangre fría a Dula, llamó a sus hombres inútiles por golpear a Hera con tanta fuerza. Estaba inconsciente, tumbada en la cama. Le gustaba poseer a una mujer, disfrutar de su rebeldía y someterla. No yacer con un cuerpo inerte.

—Maniatadla y amordazadla hasta que despierte. Tú —señaló a uno de los marineros—, busca a Cole y tráelo. Vosotros dos, deshaceos de la vieja.

—¿Dónde la llevamos?

—No sé, a darle un paseo por la playa —dijo con ironía—. ¡Imbécil! La mitad de los edificios de la colonia están en llamas. Quémala.

—Sí, mi capitán.

Cuando los dos hombres arrastraban el cuerpo de Dula fuera de la palapa, Cole se cruzó con ellos.

Temió que el capitán hubiera decidido eliminar a Hera antes de conseguir su propósito.

En cierto modo, deseaba que así fuera. No quería pasar ni un día más en la colonia.

Furia de Volcán estaba listo para partir.

—¡Esperad! —gritó. Se acercó a la mujer y le giró la cabeza, al comprobar que no era la patrona, les indicó que continuaran .

Se presentó ante Bryce.

—Dame buenas noticias.

—Hemos revisado los edificios de la zona este, hay habitaciones con cunas, pero ni rastro de los niños.

—¿Y mujeres?

—Solo las custodias que permanecen atrincheradas.

—¡Maldita hija de puta! ¿Dónde coño los habrá escondido? —Se mesó la barba lleno de ira—. Seguid registrando. ¿Habéis mirado en el almacén?

—Sí, solo hay provisiones. No las hemos quemado, nos vendrán bien las reservas para el regreso a La Negra —le explicó.

—Entrad de nuevo, buscad una puerta oculta. Es amplio y está adosado al muro, puede que tenga un habitáculo en su interior.

—Ya lo hicimos y no…

—¡No me has escuchado! Es una orden, Cole. ¡Inspecciónalo otra vez!

El segundo de a bordo se mordió la lengua y, sin despedirse, salió de la palapa. Los dos marineros que se habían librado de Dula entraban en ese momento.

—Vamos a terminar lo que esa vieja estúpida interrumpió —dijo el capitán al verlos.

Bryce dirigió su oscura mirada a Hera. A pesar de la sangre seca que salía de su nariz, el labio partido y la irritación de sus mejillas por los golpes recibidos, lo excitaba.

Recorrió la estancia y se percató de que había una jarra al lado de la jofaina.

La cogió y le indicó al marinero situado más cerca de la cama que se alejara.

—¡Despierta, zorra! —gritó a la vez que arrojaba el agua sobre su rostro.

Hera despertó sobresaltada y comenzó a toser al notar como el líquido le entraba por la nariz.

—Quítale la mordaza, no quiero que se ahogue, por ahora —puntualizó.

El marinero siguió la orden del capitán, cuando Hera se vio liberada, casi alcanzó la mano del hombre con sus dientes.

—Ja, ja, ja, perra rabiosa. Te daré una última oportunidad. ¿Dónde están? Recuerda que solo quedan unas horas para que amanezca, si me lo dices, salvarás a tu ejército, si no…

—¡Asesino! —gritó sin dejar que el capitán escupiera sus palabras. Le clavó la mirada con los ojos inyectados en sangre. El sentimiento de odio hacia él era mayor que el miedo a la muerte.

—Estoy cansado, muy cansado —dijo entre dientes—. ¡Agarradla!

Los tres hombres le sujetaron las piernas y le alzaron las manos atadas por encima de la cabeza. En esa postura, Hera sabía que por mucho que pataleara sería inútil librarse del agarre. Cedió y se quedó inmóvil.

—Veamos qué tenemos por aquí. —Se humedeció los labios con lujuria, como aquel que iba a saborear un suculento manjar.

Bryce sacó una daga, con la empuñadura de nácar, de un bolsillo interior de su casaca.

Se arrodilló en la cama frente a ella y comenzó a pasar el filo de su arma por encima de la túnica, desde la parte que tapaba sus piernas hasta el borde del escote.

Hera podía oler el aliento viciado de alcohol del capitán, sintió asco y ladeó la cabeza.

—¡Mírame! —Le agarró la cara con la mano que tenía libre y la giró de nuevo.

Quería ver el miedo en sus ojos—. ¿Sabes lo que les ocurre a las salvajes como tú?

—le preguntó sin esperar una respuesta. Luego, le colocó la daga en el cuello y presionó sobre él hasta que un fino hilo de sangre comenzó a bajar por su esternón.

Hera ni se inmutó—. Eres valiente, sería muy fácil rajarte la garganta y verte morir ahogada con tu propia sangre.

Me temo que tengo algo mejor preparado para ti.

Con suma paciencia, comenzó a cortar la túnica. Primero destapó sus pechos, que acarició con el metal afilado. Después, continuó con el estómago, el ombligo, descubrió la ropa interior y, por último, sus muslos.

—Esto me sobra. —Rasgó la tela que cubría su sexo, se la sacó de un tirón y la arrojó a la cara de uno de sus hombres—. ¿Quieres olerla?

Sin apartar la mirada lasciva del cuerpo desnudo de Hera, se levantó de la cama y, despacio, como si de un ritual se tratara, se quitó la casaca y la dejó sobre el respaldo del sillón.

Se desabrochó el cinturón y lo lanzó sobre la mesa.

Llevó sus manos al pantalón, masajeó su entrepierna, y lo desabotonó cuando la excitación era evidente.

—¡Abridle las piernas!

Hera opuso resistencia y se revolvió.

—Así me gusta, que te muevas. —Bryce escupió saliva en su mano y la humedeció entre los muslos para facilitarle el acceso—. Al menos, me llevaré un buen recuerdo de la colonia.

Sin más preámbulos, Hera sufrió la mayor humillación a la que puede ser sometida una mujer.

Unos minutos después, las ametralladoras rompían el silencio de la colonia.