Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Colonia del Norte; al abordaje

C asandra valoró la idea de Kalani. Debía crear una distracción para que los hombres del capitán no se percataran de su salida del recinto.

Antes, ordenó a uno de los protectores que entrara en el barracón, localizase a Moke y lo acompañara hasta los baños.

Allí lo esperaba, cuando los vio acercarse hasta ella.

—Déjanos a solas —le indicó al protector.

Esperó a que saliera y se dirigió a Moke—: Kalani ha conseguido informarme de que el capitán tiene la intención de bombardear al amanecer.

Me ha sugerido que nade hasta Furia de Volcán e inutilice los cañones.

Necesito tu ayuda —le soltó sin rodeos, no había tiempo que perder.

—¿Cruzar la bahía a nado? —preguntó con asombro. Lo que proponía, sin traje de buzo y en la oscuridad, era imposible.

—Así es. Tú conoces el barco y sabes dónde se ubican los cañones, y las municiones.

—El capitán habrá apostado hombres, en cuanto pongamos un pie en cubierta, no tendremos escapatoria.

Casandra se agachó, sacó los cuchillos y se los mostró.

—Soy silenciosa, me desharé de ellos antes de que se den cuenta.

—No dudo de tu habilidad, aun así, es demasiado arriesgado.

—¿Podrías nadar hasta el barco?

—Sí, en condiciones normales.

—Es nuestra única posibilidad, si no lo hacemos, los dos moriremos mañana —sentenció.

Moke pensó en su familia. Debía aceptar la proposición, si quería volver a reunirse con ellos. Prefería morir en el intento que esperar su final sentado en el barracón.

—De acuerdo, lo haré —afirmó.

—Bien. Debemos poner su atención en la parte frontal del muro, para que podamos saltar por este lado.

Luego, nos ocultaremos hasta llegar al aula de los infantes.

Hay un pasadizo en la parte trasera que nos llevará a la playa, debajo del acantilado.

Prepárate, con la túnica no te será fácil nadar, le pediré a uno de los protectores que cambie su atuendo contigo.

—Debería ir armado —sugirió.

—Llevarás un cuchillo, es lo único que podremos transportar.

Unos minutos más tarde, comenzó la oleada de disparos desde el muro del barracón.

Las ametralladoras no tardaron en responder al ataque.

Las instrucciones eran claras, Casandra no pretendía que su ejército sufriera ningún daño, así que ni las custodias ni los protectores asomaban la cabeza, apuntaban al aire.

Los hombres del capitán se ubicaron entre las cocinas y el pabellón de los sementales, a suficiente distancia como para que Moke y Casandra, ayudados por la neblina, pudieran saltar por una soga atada a los carros y realizar el recorrido sin ser vistos.

Al llegar a la playa, Casandra anudó una cuerda a la cintura de Moke.

—No pienso escapar.

—Es por precaución, ignoro si podrás conseguirlo, si te hundes, esto te salvará.

—La custodia se ató el cabo en la muñeca—.

Guardaremos energías. Calculo que tardaremos unos cuarenta minutos, si no hay ningún contratiempo — puntualizó—.

Conozco bien la bahía, evitaremos las corrientes.

No te despegues de mí, procura no chapotear demasiado con los pies hasta que nos alejemos de la playa —le explicó Casandra.

—¿Sabrás ubicarte en la niebla?

—Sí, tranquilo.

Después, ambos se zambulleron, aunque el agua estaba fría, era soportable y más cuando comenzaron a nadar.

Para Moke cada brazada era un acto de fe, nadar a ciegas, y sentir que el agua se hacía pesada a medida que avanzaba, lo angustiaba. Se centró en seguir a Casandra para borrar de su mente el miedo, las dudas y que la idea de Kalani pudiera tener éxito.

—Debemos bucear, no queda mucha distancia al barco —dijo la custodia.

—Me perderé.

—Tiraré de ti si es preciso.

Tomaron aire y se sumergieron. La capacidad pulmonar de Moke no se aproximaba a la de Casandra, y le obligaba a salir a la superficie con más asiduidad.

Consiguieron alcanzar su objetivo. Se colocaron cerca de la escalinata, tuvieron suerte, estaba echada.

Se desataron y, en silencio, la custodia le indicó con una seña de su mano que se quedara.

Cuando le faltaba un escalón para subir a cubierta, tuvo que agacharse; uno de los marineros hacía la ronda justo por donde ella pretendía acceder a Furia de Volcán.

Aguardó unos segundos, era primordial localizar al resto de los hombres que hacían guardia antes de librarse del primero.

Si el que había visto controlaba babor, los otros estarían repartidos por estribor, proa y popa.

Lo que desconocía Casandra era que Bryce solo había ordenado que tres hombres se quedaran en el barco.

No se lo pensó, a riesgo de ser descubierta, esperó a que el marinero pasara de nuevo.

Cuando la distancia se lo permitió, le lanzó el cuchillo directo al corazón, no se escuchó ni un leve gemido.

Antes de que cayera al suelo, ella lo atrapó y lo dejó tumbado para que el golpe no alertara a los demás.

Lo despojó de la capa amarilla, se colocó la capucha y comenzó a recorrer la distancia que la separaba de su siguiente objetivo.

Localizó al segundo marinero en la proa, estaba recostado en el bauprés y cabeceaba en el intento de no rendirse al sueño.

Al sentir los pasos que se acercaban, entreabrió los ojos.

Casandra se percató, bajó la cabeza y ocultó su rostro.

—Menuda noche de mierda —se quejó el hombre —. Estoy empapado.

La custodia guardó silencio para no ser descubierta.

—¿Qué coño te pasa? —El marinero se irguió, la observó con detenimiento, evidenció su cuerpo menudo y los restos de sangre en la capa—. Tú no eres…

Sin permitirle completar la frase, Casandra le lanzó el cuchillo, este quedó alojado entre sus ojos.

Cayó fulminado. Se disponía a sacar su arma de la cabeza de aquel indeseable, cuando fue sorprendida por detrás.

Un brazo con una fuerza descomunal rodeó su cuello, intentó zafarse de él, pero la corpulencia de su atacante no se lo permitió.

La presión sobre su garganta le impedía respirar, sentía que, si no reaccionaba, se desmayaría.

De repente, el agarre comenzó a aflojarse hasta que escuchó el cuerpo caer al suelo.

Se giró y encontró a Moke, se había librado de él clavándole el cuchillo en la espalda.

—Gracias, pero te dije que esperaras.

—Si te hubiera hecho caso, estarías muerta.

—¿Has visto algún marinero más?

—No, el capitán se ha confiado demasiado. Furia de Volcán es nuestro —sonrió con orgullo.

—¿Sabes cómo inutilizar los cañones? —quiso saber Casandra, era su objetivo.

—No, pero sé dónde guardan la munición. La tiraremos al mar —propuso—. Solo hay un problema, los proyectiles son pesados, entre los dos no acabaremos antes del amanecer.

—¿Se te ocurre otra idea?

—Quizá… —meditó unos segundos—. ¡Los remeros! Ellos pueden ayudarnos.

—¿Pretendes liberarlos? Son delincuentes.

—¿Igual que yo? Bryce no recluta delincuentes, son hombres secuestrados en sus incursiones. No creo que ninguno de ellos haya cometido ningún crimen. Confía en mí.

—Me has demostrado que puedo hacerlo, como bien has dicho, me has salvado la vida. No lo olvidaré. ¿Dónde están?

—En la crujía, se baja por unas escaleras desde cubierta. Sígueme.

Casandra no pudo reprimir las náuseas al entrar. Al descubrir el estado en el que se encontraban aquellos hombres, escuálidos y desnutridos, dudó que pudieran ayudarles. Dormían sobre los remos y no se percataron de inmediato de su presencia.

—Están en muy malas condiciones —comentó en un susurro.

—Tranquila, si los liberamos, harán lo que sea preciso.

—Están encadenados, ¿dónde están las llaves de los candados?

—¡Maldita sea! ¡Cole! Siempre la lleva consigo.

—Me temo…

—Espera, no está todo perdido. —Miró a los pies de los hombres y descubrió los cuencos donde les servían la comida—.

¡Escuchad! —Alzó la voz. Los remeros se sobresaltaron y se giraron hacia él.

Lo reconocieron de inmediato, no entendían lo que pasaba.

Se oyó un murmullo—. Soy Moke, alguno de vosotros me conocéis.

Hemos conseguido librarnos de los marineros que hacían la guardia en el barco.

Necesito que me ayudéis y para ello, vamos a liberaros.

Los comentarios, las risas y el júbilo se apoderaron de los remeros.

Moke se acercó a su sitio, en el que había pasado cinco años encadenado, cogió su cuenco y terminó el trabajo que comenzó antes de ser elegido por Kalani.

Consiguió desprender el hilo metálico, lo dobló y con los dos extremos hurgó en el candado que tenía más próximo.

Le bastó un par de minutos para desbloquearlo, repitió la misma técnica hasta que todos los hombres se soltaron de sus cadenas.

Les explicó el plan y, agradecidos, se pusieron manos a la obra.

Casandra ignoraba que el capitán había utilizado los botes disponibles. Cuando se dio cuenta, era demasiado tarde. Supo que la única forma de regresar a la colonia era a nado o esperar a que Bryce enviara alguno de los suyos al barco.

Pronto amanecería.