Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 33
70%

CAPÍTULO 33

Caravana del oeste: El desierto

L os tres primeros días de viaje se sucedieron sin imprevistos, más allá de un carro hundido en la arena de las dunas, sofocar el escozor en los muslos de los guerreros y las agujetas, al estar menos acostumbrados a montar a caballo.

Zuri, la sanadora más entendida de la colonia, quiso acompañarlos, dado su estado de gestación, Gaia se negó a ponerla en peligro.

A pesar de ello, les proporcionó los remedios, las pócimas y los ungüentos de primeros auxilios.

La caída del sol les obligó a pernoctar en una zona sin demasiada protección, así que Reese duplicó la guardia.

Estaban en medio del desierto, y aunque habían acortado en una jornada el trayecto, les quedaba la parte más dura del recorrido, en medio de la nada.

Sin posibilidad de pedir ayuda o volver sobre sus pasos.

Los buitres los acechaban durante el día y los aullidos de las alimañas en la oscuridad de la noche.

En caso de ataque, la experiencia de las custodias era una apuesta segura, no así la de los hombres que Gaia había reclutado para su nuevo ejército.

Reese completó su reconocimiento como cada noche, se tumbó en el suelo y se arropó con una manta de piel de los bosques del sur, cerca de una de las fogatas y al lado de Gaia. Antes de que pudiera conciliar el sueño, escuchó la voz de alarma de uno de sus hombres.

—¡Alimañas!

Se incorporó con rapidez, cogió su lanza y observó que Gaia también se armaba.

La manada de aquellas bestias era numerosa.

Habían traspasado la barrera de los carros sin que los que estaban de guardia hubieran podido contenerlas.

El campamento era un caos; gritos, carreras y los animales se abalanzaban a sus presas, aun estando cerca de las hogueras.

Ese hecho llamó la atención de Reese. Entonces, miró hacia el carro donde estaba oculto Amil.

—¿Podrás defenderte? —preguntó a Gaia.

—Sí, tranquila. Encenderé una antorcha y subiré a uno de los carros.

Reese asintió. Comenzó a caminar con ímpetu y cuando estaba a dos metros del escondite de Amil, una alimaña se cruzó en su camino.

La bestia le enseñaba los dientes y de su boca rebosaba una espuma blanca.

Señal inequívoca de su apetito. La custodia tomó la lanza con las dos manos, la colocó en posición horizontal y esperó el ataque del animal.

Estaba preparada para recibir la embestida.

—¡Ven aquí! —habló para sí.

En aquel momento de tensión, divisó a Amil.

Saltaba de su carro y se acercaba con sigilo por detrás.

Reese mantuvo la calma, cualquier movimiento o grito para alertarlo los pondría en peligro a los dos.

Cuando el muchacho estaba a suficiente distancia, se lanzó sobre la bestia y le insertó la punta de su lanza en el lomo, cayó bocarriba.

La herida no fue letal, movía las patas y emitía un gruñido desgarrador.

Antes de que pudiera reaccionar, Reese la remató con una estocada en la cabeza.

—¡Cómo se te ocurre! —lo regañó.

—Te he salvado la vida —afirmó Amil con una serenidad que sorprendió a la custodia. No le contestó, sabía lo que debía hacer.

Reese recorrió el campamento con la mirada y comprobó que el peligro había pasado, no quedaba ningún animal vivo. Se acercó a él, lo agarró del brazo y lo arrastró hasta el carro de Gaia. Esta, al ver a su hijo, se apeó de él.

—¡¿Se puede saber qué haces aquí?! ¡Lo hablamos, Amil! ¡Creí que te quedó claro! —exclamó enfadada.

—Yo…

—Tú nada, me has desobedecido y no has pensado en las consecuencias. Lo de hoy no es nada para lo que nos espera en la Colonia del Norte —templó su ira. Sabía que con Amil una simple regañina no serviría de nada.

—Déjame explicártelo —dijo arrepentido. Gaia nunca le había demostrado su furia de aquella manera.

—No, recibirás tu castigo cuando regresemos a casa. ¿Tú lo sabias? —preguntó a Reese.

La custodia vaciló unos segundos.

—Sí, lo encontré en el último carro de las provisiones la primera noche —confesó, no quería mentir a la patrona.

—Muy bien. Ahora mismo, tu ejército te necesita, no hay que perder el tiempo con esta conversación que no nos llevará a nada.

Realiza una valoración de los heridos y organiza a las custodias con experiencia como sanadoras para que los atiendan.

Amil, a partir de este momento, te trataré como uno más.

No te concederé ningún privilegio por ser mi hijo.

Mañana cabalgarás con los hombres de Reese, no en la comodidad del carro de las provisiones.

Trabajarás mano a mano con ellos. Si quieres ser un guerrero, esta es tu oportunidad.

—Madre, yo…

—No, Amil, aquí soy la patrona.

Gaia se giró sobre sus pies, caminó en dirección a uno de los carros, lo rodeó y se ocultó tras él.

Allí, sola, dejó salir las lágrimas, lágrimas de miedo, de impotencia, de dolor, de rabia.

No permitiría perder a nadie más de su familia.

Sintió comportarse así con Amil y a la vez era la única forma de que aprendiera la lección.

La dureza del camino le haría comprender que no estaba preparado, aún no. Quizá, para ella nunca lo estaría.

Al amanecer del cuarto día, continuaron con la marcha. Las alimañas no habían conseguido mermar sus fuerzas. Dieron gracias al Samada porque nadie fue herido de gravedad. Amil siguió las órdenes de la patrona y montaba a caballo junto al resto del ejército.

Gaia y Reese dirigían el avance de la caravana a lomos de sus equinos.

—Fuiste muy dura con él —se atrevió a decir la custodia.

—No me hables de dureza, nunca pude imaginar que te pondrías de su lado. Si la primera noche me hubieras advertido, estaría de vuelta en la seguridad de la colonia.

—Entiendo tu enfado.

Gaia se giró hacia ella y la enfrentó.

—No, no lo entiendes. Nunca has sido madre, no estoy preparada para perder a un hijo.

—Debo contarte lo que sucedió ayer. Amil me salvó la vida, abatió a una de esas bestias cuando se disponía a atacarme.

—Un golpe de suerte o una buena oportunidad no es suficiente. Por el Samada, Reese, es muy joven.

—También es fuerte, inteligente y valiente —lo defendió.

El galope de una de las custodias las interrumpió.

—Patrona, ha llegado una misiva del norte. —Le entregó el pedazo de papel.

—Gracias, vuelve a tu posición.

—¿Qué dice? —preguntó Reese mientras Gaia leía atenta la nota y esgrimía un gesto de extrañeza.

—Es de Hera, nos advierte de nuevo del peligro, nos pide ayuda y si la comunicación se interrumpe será porque los hombres del barco habrán atacado la colonia. ¿Tienes la nota de ayer?

—Sí, en mi alforja. —Abrió uno de los bolsillos y la localizó —. Aquí está.

—Déjame verla —Reese se la dio. La revisó y comparó la letra manuscrita—.

Esta última es de Hera, las anteriores son de Denis.

Conociendo a mi amiga, ha intentado ocultar la situación de la colonia.

Su asistente se le  adelantó y, en esta ocasión, ha acertado.

Contéstale y le comunicas que vamos en camino, no hagas referencia a que llevamos cuatro jornadas de viaje.

No sabemos en qué manos caerá la misiva.

—Así se hará.

—Aligeremos el paso, podremos adelantar otra jornada más. Según mis cálculos, estamos a cinco días de la colonia. Espera, antes de que te vayas, échale un ojo a mi hijo.

Reese sonrió, arreó al caballo y se giró en dirección de la caravana. Después de soltar la paloma con el mensaje para Hera, se paró a la altura del caballo de Amil.

—¿Cómo lo llevas?

—Bien —contestó sin su sonrisa habitual.

—¿Seguro?

—Sí, bueno, no. ¿Puedes hacerme un favor? —Agrandó sus ojos a la espera de la respuesta.

—Me parece que el último me salió un poco caro.

—Este es muy fácil. Quiero cabalgar junto a vosotras dos.

—Tu madre aún no te ha perdonado, ni a mí tampoco. No creo que esté dispuesta a escuchar tu petición de mi boca. Esta noche, cuando acampemos, podrás hablar con ella y, si quieres mi consejo, pídele perdón. Ayer no lo hiciste.

—No me dejó hablar —dijo enfurruñado.

—Hoy lo hará. Debo volver a mi posición.

Amil continuó su camino y, aunque le había dicho a Reese que estaba bien, mintió.