Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Colonia del Norte: El despertar

M inerva intentó incorporarse de la cama, al apoyarse sobre los codos y estirar la espalda, sintió un ligero mareo.

Cerró por unos instantes los ojos, pausó la respiración y los entreabrió de nuevo.

No era un sueño, aquel obrero la observaba con fascinación.

Barrió la estancia con la mirada y dedujo que estaba en la sala de curas de la Colonia del Norte; la construcción de la palapa era inconfundible.

Comprobó que sus piernas se movían, solo sentía un leve dolor de cabeza y advirtió una presión en el pecho.

Se palpó por encima de la túnica, intuyó el motivo de porqué se los habrían vendado.

Si a ello sumaba su corte de pelo, no tuvo que pensar demasiado; alguien había intentado ocultar su identidad.

—¿Dónde está Hera? —preguntó con la voz templada, aún no era consciente de su situación y desconocía las intenciones del que la miraba. La única persona que se atrevería a acercarse a ella para hacerla pasar por un hombre era la patrona del Norte.

—Es una historia larga de contar, será mejor… —la respuesta no le convenció.

—¿Qué ha pasado? ¿Os habéis rebelado? ¡Contesta! —inquirió alzando la voz.

—No grites —le advirtió.

—¡Gritaré lo necesario para que las custodias me escuchen!

Minerva estaba débil, aun así, intentó lanzarse contra él. Kalani la agarró por los brazos.

—Por favor, calla, te descubrirán.

—¡Suéltame! ¡Aléjate de mí!

Ella se removía para intentar deshacerse de su agarre. No le quedó otra opción que inmovilizarla con el peso de su cuerpo y taparle la boca.

—Si me prometes que no gritarás, te soltaré. No te haré ningún daño. Estoy aquí para ayudarte. ¿De acuerdo? —Kalani entendió que no lo había reconocido, debía ganarse su confianza, y sentirla tan cerca no ayudaba.

Minerva escudriñó su mirada; le llamó la atención el gris azulado de sus ojos. Las palabras del obrero sonaron sinceras y, aunque seguía desconfiando, asintió. Kalani levantó la mano de la boca de Minerva, se incorporó y se sentó a su lado.

—Nos han atacado —consiguió decir.

—¿Quién? —quiso saber, con la voz más calmada.

—El capitán Bryce y la tripulación de su barco.

—Mientes.

—Tienen armas de fuego, han tomado la colonia y a Hera.

—¿Y tú por qué estás libre? No te creo.

—Te lo contaré todo desde el principio.

—Antes, quiero levantarme y andar.

—No es una buena idea.

—Ayúdame —insistió.

Despacio, se incorporó y dejó que él la aupara. Cuando intentó dar el primer paso, las rodillas le fallaron y no le quedó otra opción que sujetarse en el brazo de Kalani.

—Llevas inconsciente casi un mes, tardarás en recuperarte. Siéntate en la cama.

Minerva accedió, valoró sus posibilidades y aceptó que, dadas las pocas energías de las que disponía, el obrero podría haber acabado con ella y no lo hizo.

Se acomodó y comenzó a escuchar lo sucedido desde su llegada a la colonia.

Kalani se extendió lo preciso sin hacer referencia a la relación que los unía.

Era de vital importancia que ella recuperase la memoria.

—¿Qué te ocurrió en el desierto? —se atrevió a preguntar.

—No lo sé. Recuerdo con nitidez mi salida de la Colonia del Este. Las primeras jornadas de trayecto, dormía de día y viajaba de noche para evitar el ataque de los salvajes o las alimañas. Desde la quinta jornada, que acampé en una zona de dunas, mi memoria se ha borrado.

De repente, Minerva comenzó a mirar a su alrededor, levantó la sábana de lino y la almohada.

—¿Dónde está el mapa?

—Lo traías cuando Hera te encontró medio moribunda.

—¿Cómo lo sabes? Es imposible que un simple obrero tenga tanta información.

—Porque ella me interrogó acerca de él, Moana.

—¿Moana…? —Su cara reflejó un gesto extraño, frunció el ceño y alzó la cabeza—. Necesito pensar, ayúdame a levantarme.

—Antes casi…

—He dicho que necesito pensar, y aquí no puedo.

Kalani la aupó de nuevo y no la soltó hasta que ella se sintió segura. Con sorpresa, observó como entrelazaba las manos en su espalda y caminaba con lentitud en círculos.

—¡Es increíble! —exclamó al comprobar que lo imitaba.

—Cállate, no me dejas concentrarme. —En ese instante, Kalani reconoció el carácter de la que un día fue su amiga.

Minerva continuó con su paseo hacia ningún lugar ante la absorta mirada de Kalani. De repente, se paró en seco y se giró hacia él.

—Tú eres pelirrojo.

—Sí, lo soy.

—Procedes de una isla —afirmó.

—De Nessei, igual que tú.

—Nuestro barco naufragó.

—Así es.

—Mis padres murieron en el desierto. Y tú eres… Kalani.

Escuchar su nombre en los labios de la mujer que amaba lo colmó de felicidad. Había añorado tanto ese momento que se levantó, se acercó hasta ella, alcanzó sus manos, que aún estaban entrelazadas en su espalda, y las tomó con suavidad.

—Tu amigo, al que tienes que perdonar por abandonarte durante este tiempo. Siento haber roto mi promesa, Moana. Ahora tenemos la oportunidad de regresar a nuestra isla, si mi plan sale bien.

Minerva se soltó con brusquedad y lo empujó.

—Eres un traidor, te has aliado con ese capitán.

—No, bueno, sí, hice un pacto para salir de la colonia junto a ti y Moke.

—Moke, ¿quién es Moke?

—El marido de tu sobrina Lilo.

Era demasiada información para Minerva, sintió de nuevo como perdía el equilibrio y sin que Kalani pudiera llegar a tiempo, se desplomó en el suelo. Corrió hacia ella, le tomó el pulso y le dio un par de palmadas en las mejillas.

—Otra vez no, despierta —dijo desesperado.

La cogió en brazos, gracias a su pérdida de peso, pudo llevarla a la cama.

La tumbó y se sentó a su lado. El tiempo pasaba y, si amanecía, la colonia estaría perdida.

No demoró más su idea de advertir a Casandra, solo él podría acercarse al muro del barracón sin levantar sospechas.

La arropó con la sábana de lino, apagó la lámpara de aceite y salió de la sala de curas.

Rogó al Samada porque los hombres de Bryce no la descubrieran antes de que él regresara.

***

Mientras, en el barracón, a Casandra la invadía la impotencia. Al menos esperaba que Gery y Denis hubieran conseguido evacuar con éxito al resto de los habitantes de la colonia. Desde el patio del recinto escuchaba a Cole dar órdenes a sus hombres y, unos minutos después, el olor a quemado.

—No dejarán nada en pie —pensó en voz alta.

Se encaramó en uno de los carros e intentó asomar la cabeza por encima del muro.

Un disparo le rozó el hombro, se agachó y se tapó la herida con la mano.

Le dolió más su estupidez que el impacto de la bala.

Estaban atrapados, cualquier intento de organizar un contraataque sería atajado sin problemas por las ráfagas incesantes de las armas del capitán.

Se mordió el labio inferior con tanta rabia que se provocó un corte.

Bajó del carro y escupió los restos de sangre en la arena.

Observó que una de las custodias se acercaba a ella con rapidez.

—Casandra, tienes que venir al lado este del muro. ¿Estás herida? —preguntó al apreciar la túnica manchada.

—Es solo un rasguño. ¿Han entrado?

—No, hay alguien que quiere hablar contigo.

Ambas se dirigieron al fondo del recinto, entre el barracón y los baños de los obreros.

—Hemos movido un carro, te ayudaré a auparte —la informó la custodia. La pared era más elevada en esa zona que en la frontal, donde se ubicaba la puerta.

Casandra consiguió alcanzar el borde, se encaramó como pudo y sacó medio cuerpo para hacerse ver. Abajo, encontró a Kalani.

—¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí? —quiso saber con voz templada, los hombres del capitán estaban por todas partes.

—Les he dicho que les ayudaría a inspeccionar los edificios y, para que se alejaran de este lado del muro, les he informado de que me ha parecido ver movimiento en el pabellón de los sementales.

Tengo muy poco tiempo. Minerva sigue en la sala de curas, ha sido imposible trasladarla al almacén con los evacuados.

—¿Y Hera?

—La han apresado, está en su palapa con cuatro hombres y Bryce, quien dará la orden de atacar con sus cañones al barracón al amanecer. Debemos llegar hasta Furia de Volcán antes de que suceda e inutilizarlos.

—Nuestras barcas están en el fondo de la bahía, y sus botes vigilados. Tú sí podrías subir a uno de ellos, tienen confianza en ti.

—No dejaré sola a Moa… Minerva —rectificó—. Vi cómo te sumergías en las aguas de la gruta hasta encontrar la cala.

—¿Estás sugiriendo que atraviese la bahía a nado?

—Solo tú estás capacitada, tú y Moke. Él conoce el barco, te servirá de guía.

—Ni siquiera sé cómo salir del recinto sin ser vista. Es una locura.

—No, es la única forma de salvar la colonia. Seguro que encontrarás la forma de hacerlo.

Unos pasos los alertaron, Casandra se ocultó y Kalani rodeó el muro para volver a reunirse con Moana.