CAPÍTULO 31
La partida
G aia no quería demorar la partida, por lo que organizó la expedición aquella misma mañana.
Se revisaron los carros, las monturas, las armas y las provisiones para el viaje.
Saldrían al día siguiente al amanecer. Reunió a la asamblea en su casa con el fin de que, en su ausencia, la colonia siguiera con su actividad.
También dejó las instrucciones necesarias en caso de que la visita a la Colonia del Norte se prolongara.
Por la noche, congregó a su familia en la que sería su última cena antes de emprender el viaje.
Amil se mostraba disgustado, su simpatía había desaparecido.
—Come —le dijo Gaia.
—No tengo hambre —contestó mientras removía la sopa con apatía.
—Te entiendo, sé que estás enfadado.
—Tú no entiendes nada. —Soltó la cuchara en el plato, se levantó y se encerró en su habitación.
—Iré a hablar con él —se ofreció Lucian. El marido de Andrea era como un segundo padre para Amil.
—No, soy su madre, yo lo haré.
Gaia se acercó hasta la puerta y tocó con los nudillos.
—¿Puedo pasar? —El silencio fue su respuesta—. Entraré de igual modo.
Lo encontró junto a la ventana. Estaba apoyado sobre ella y con la mirada perdida hacia el exterior.
—Amil, Hera me necesita. Tú debes quedarte aquí y cuidar de Milán.
El joven se giró con los ojos llenos de ira contenida.
—Quiero ir contigo, prometí estar a tu lado y protegerte. Se lo debo a él, nunca me perdonaría que te ocurriera algo.
—Ven aquí. —Dio dos palmadas en la cama—. Sentémonos y hablemos como adultos, no quiero un niño enrabietado que no atiende a razones.
Amil, con desgana, aceptó la sugerencia de Gaia.
—Eres muy joven, aún no estás preparado para la lucha. No sabemos a qué enemigo nos enfrentaremos en la Colonia del Norte. Te prometo que regresaré para ver cómo te conviertes en un guerrero, y entonces, solo entonces —recalcó—, podrás acompañarme. Ahora no es el momento.
—He practicado con Reese, puedo defenderme.
—No lo dudo, pero ¿podrías matar? Cuando se libra una batalla, la valentía flaquea, el miedo puede hacernos dudar y no quiero perderte, mientras pueda evitarlo —puntualizó—. Te quedarás y cuidarás de tu hermano. Si obedeces, Gael estará igual de orgulloso de ti.
—Quiero estar a tu lado.
—Y lo estarás, cuando vuelva. No debes temer por mí, Reese no dejará que me pase nada.
—Sigo sin tener hambre —dijo a la vez que dibujaba una tímida sonrisa y sus ojos oscuros le dedicaban una mirada picarona.
—De acuerdo, no te obligaré a comer. Mañana saldremos temprano y prefiero despedirme ahora. Te quiero, Amil.
Ambos se fundieron en un abrazo .
—Te quiero, madre.
Gaia ocultó sus lágrimas, esperaba escuchar algún día esas mismas palabras de su pequeño.
***
La caravana se alejaba del muro de la colonia.
La mañana era fría, la propia de los rigores del invierno.
Con la idea de acortar las jornadas de camino, se evitó que el ejército recorriera el trayecto a pie.
Se movilizaron todos los carros y caballos disponibles.
Al anochecer, la acampada se organizó como era habitual.
Se formaba un círculo y se encendían hogueras para ahuyentar a las alimañas y a los salvajes.
Los que no pertenecían a la comunidad de Amonet, pululaban por el desierto en busca de alimento.
Reese distribuyó de forma estratégica las guardias, sobre todo, en los carros de las provisiones.
Antes de acomodarse en su lugar de descanso, junto a Gaia, inspeccionó el perímetro exterior con la ayuda de una antorcha.
Se cercioró de que los caballos estaban bien atados, los guerreros y guerreras en sus posiciones y los carros con los frenos echados, así como la mercancía resguardada de la intemperie.
La lluvia no era su mayor enemigo, sino las tormentas de arena.
Se percató de que una de las cubiertas se movía y una mano se asomaba con timidez en busca de uno de los sacos de pan.
Sin hacer ruido, dejó la antorcha en el suelo, se acercó, y con un movimiento rápido, la atrapó.
—Te pillé. ¡Sal de ahí, maldito salvaje! —exclamó a la vez que levantaba la tela que lo cubría—. ¿Qué haces tú aquí? —inquirió al descubrir a Amil y soltó su agarre.
—No se lo digas a Gaia, por favor —le pidió.
—¿Cómo se te ha ocurrido esta brillante idea?
—Ayer le dije que me quedaría en la colonia, pero me levanté a hurtadillas, cogí las armas de Gael y me escondí de madrugada. Pensé que nadie me descubriría hasta que llegásemos.
—Lo siento, muchacho. Ella debe saberlo, o nos meteremos los dos en un buen lío. Baja del carro —le ordenó.
—No, por favor —le rogó de nuevo—. Si lo haces, me mandará a la colonia, solo llevamos una jornada de camino. Te prometo que me esconderé mejor, díselo en un par de días.
—Mi deber es protegerte, no enviarte a una guerra. No puedo hacerlo.
—Escúchame, sé que cuando se lo digas, al principio, se enfadará. Después, se alegrará de tenerme a su lado. —Amil no cejaba en su intento de convencer a Reese.
—¿Estás seguro? No me engatuses con tu palabrería y baja del carro de una vez —le repitió.
—No me moveré de aquí. —Cruzó los brazos y frunció el ceño.
—No me obligues a llevarte en volandas hasta ella.
—Eres una cabezota.
—¿Cómo te atreves?
Reese saltó con agilidad y se encaramó en el carro, desprovista de su lanza. Amil aprovechó para alcanzar la suya y, sin que ella pudiera evitarlo, le colocó la punta en el pecho.
—Si te acercas, te la clavaré —la amenazó.
—No lo harás.
—Sí lo haré.
—De acuerdo, esperaré dos días, solo dos. —Levantó el dedo corazón e índice. Igual que había subido, se apeó del carro, cogió la antorcha y la lanza, y se alejó de él.
Reese sabía que el muchacho no la habría herido con su lanza. Aun así, decidió ocultárselo a Gaia. Le gustaba el arrojo de Amil y no permitiría que sufriera ningún daño. Lo protegería con su vida si fuera necesario, ese era su deber.