Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Unos días antes en la Colonia del Oeste

A mil, el infante que Gaia liberó de su destino cuando la salvó en la Colonia del Este de morir a manos de unos salvajes, se ejercitaba en el campo de entrenamiento a extramuros con Reese.

Aquella mañana, ambos se disputaban la victoria con las lanzas.

El muchacho, de apenas catorce años, había cambiado físicamente desde que llegó.

Parecía de más edad, no solo por la altura, sino por la madurez.

Desde la muerte de Gael, al que consideró su padre en el poco tiempo que compartieron, decidió proteger a su madre, Gaia, y al pequeño Milán, su hermanastro.

Su simpatía encandilaba a cualquier persona que se acercaba a él, contagiaba el buen humor y sus ojos negros rasgados cautivaban a las jóvenes con solo una mirada, menos a Reese, la jefa del ejército.

Era una mujer peculiar, no muy corpulenta para el cargo que ostentaba, de pocas palabras y las que salían de sus labios, lo hacían con dificultad porque los abría lo necesario.

Llevaba el pelo rapado al uno y un tatuaje de una runa celta coronaba su frente.

—Ten cuidado, no te precipites —masculló entre dientes Reese, al bloquear un ataque de Amil.

—Lo siento —se disculpó.

—Nunca te disculpes en una pelea, la perderás. La compasión no es tu amiga cuando se trata de una lucha a muerte. No lo olvides. Hemos terminado por hoy.

—¿Ya? Quiero vencerte —exigió una revancha.

—Otro día, me esperan y tú debes asistir a clase en el aula de los infantes.

—Aprendo más contigo que con los maestros —protestó. Si Amil tenía un defecto era que no le gustaban los libros.

—Eso es lo que piensas ahora, en un futuro recordarás sus enseñanzas. Nos vemos mañana a la misma hora.

Sin dejar que Amil se entretuviera más de lo necesario, se alejó de él. Cuando cruzaba el muro de la colonia, una guerrera salió a su encuentro.

—Ha llegado una misiva. —La mujer se la entregó.

—Se la llevaré a Gaia, vuelve a tu tarea.

Gaia, la patrona del Oeste, miraba a través de la ventana de su habitación.

Era su lugar favorito. Observaba la actividad de la colonia, dónde, desde que se instauró el nuevo orden, reinaba la paz.

La adaptación había sido dura al principio, sobre todo, para las mujeres guerreras y para ella.

La ausencia de Gael aún le dolía. Los momentos de felicidad que pasaron juntos no eran suficientes para cerrar la herida de su corazón.

Gracias a la familia que habían formado, sus días eran más llevaderos, así como la organización de la colonia.

Para ello, se apoyó en la asamblea; representada por los líderes de los extintos rangos.

Unos toques en la puerta la sacaron de sus pensamientos.

—Ha llegado un mensaje de la Colonia del Norte —escuchó tras la puerta, reconoció la voz. Era Reese, la persona en la que había confiado para mantener el orden.

—Pasa.

La mujer abrió y le entregó el papel. Gaia lo leyó.

—Es de Hera, su colonia está en peligro. Debemos partir de inmediato en su ayuda.

—Daré la orden. —La custodia se giró en dirección a la puerta.

—Espera, localiza a mi cuñada Andrea. — La mujer asintió y continuó su camino.

Cuando Reese abandonó la estancia, Gaia arrugó el papel entre sus manos.

Esperaba llegar a tiempo o perdería a su única aliada y amiga.

Dirigió la mirada a la cuna de Milán, dormía plácidamente.

Pronto cumpliría un año, lamentaba tener que alejarse de él.

Cuando nació, por su pelo y ojos castaños, como ella, Andrea, la hermana de Gael, le dijo que era su vivo retrato.

Sin embargo, a medida que el niño crecía, los rasgos, las muecas, la mirada, eran de su padre.

Se acercó con sigilo para no incomodar su dulce sueño y le acarició la cabecita.

—Mi pequeño Milán, te prometí no separarme de ti nunca más —dijo con ternura—. Hera me necesita y debo partir. Tu hermano Amil y tus tíos, Andrea y Lucian, estarán a tu lado.

El niño se removió en la cuna como si pudiera entender las palabras de su madre.

—Duerme, aún es temprano. —Lo arropó con la mantita de piel.

Salió de la habitación y abrió el baúl donde guardaba los cuchillos, sus armas favoritas, y el arco con las flechas.

Estaban en buen estado, a pesar de que llevaba un tiempo sin utilizarlos.

Miró con nostalgia hacia uno de los rincones del salón donde aún conservaba la lanza y la ballesta de Gael.

Unos golpes en la puerta la distrajeron.

—Soy Andrea.

—Pasa.

La belleza natural de Andrea siempre la sorprendía, incluso recién levantada. No comprendía cómo podía ser tan rubia y Gael moreno. Cabeceó y se amonestó a sí misma por sus pensamientos.

—¿Quieres que me lleve a Milán? —preguntó. Cada día, mientras Gaia se ocupaba de sus obligaciones de patrona, ella lo cuidaba. Era una labor que le encantaba; disfrutar de los juegos de su hijo Nain con su primo .

—Siéntate, debemos hablar —la invitó.

—Estás más seria de lo habitual —comentó Andrea a la vez que se acomodaba en una de las sillas junto a la mesa. Gaia arrimó su sillón de madera con el símbolo de la colonia, un ramo de cebada, y se sentó.

—He recibido un mensaje de Hera, está en peligro.

—¿Nut de nuevo? —Odiaba a esa mujer.

—No, sigue en paradero desconocido. Ha llegado un barco a la bahía del norte.

—¿Un barco? —preguntó sorprendida, desconocía la existencia de las embarcaciones.

—Sí, parece ser que su tripulación no es de fiar. Temen que ataquen la colonia. Sin la alianza de Minerva y Nut, soy la única que puede ayudarla.

—¿Y la comunidad de los salvajes?

—No sabemos nada de ellos. Amonet mantenía contacto con Hera y hace unos meses que no recibe ninguna misiva. Sería arriesgado alertarlos sin saber su situación.

—¿Crees que Nut podría tener la culpa de su silencio? Es vengativa, y ellos fueron los culpables de que no se saliera con la suya al aparecer en la batalla final.

—Cabe la posibilidad de que así sea, no lo he descartado, por eso he decidido salir lo antes posible en su ayuda.

—¿Por qué? Manda a Reese y a tu ejército, tú tienes una familia. ¿Qué será de Milán y Amil? ¿Quieres dejarlos solos? Han sufrido la pérdida de su padre hace unos meses… —No pudo continuar, le tembló la voz al recordar a su hermano.

Gaia le tomó las manos antes de que rompiera a llorar. Ella sentía la misma tristeza.

—Tranquila, Andrea. Sé que no me pasará nada y si el Samada…

—¡Calla! ¡No quiero escucharte! —Soltó su agarre, y se llevó las palmas de las manos a las orejas—.

Eso es lo que deseas, reunirte con él. —Se levantó de la silla—.

Te hablaré con claridad. Desde que Gael no está, has perdido las ganas de vivir.

Lo noto en tu mirada, la misma que tenías cuando nació Milán.

Estás ausente, no tienes ilusión y parece que deseabas este viaje.

Ni siquiera lo has dudado, en cuanto has recibido la misiva, no te has planteado otra opción.

Gaia, aunque no lo admitió, sabía que Andrea tenía razón.

—Hera haría lo mismo por mí —alegó.

—Hera no tiene una familia.

—Lo siento, he tomado una decisión.

—Muy bien, vete si es lo que deseas —dijo enfadada—. No discutiré más contigo. Espero que, por tu bien y el de tus hijos, vuelvas con vida.

—Volveré.