CAPÍTULO 29
La evacuación
G ery guiaba a los evacuados en el refugio. Denis era el encargado de ordenar la salida de las balsas, y tal y como le había explicado Kalani, debía compensar el peso para procurar que llegaran sanos y salvos a su destino. En su tablilla comprobaba la lista de los habitantes.
—Me falta Dula —comentó al protector que había acompañado al último grupo—. Esa mujer, además de loca, es una insensata.
—Iré a por ella, la marea sube, queda poco tiempo —dijo por no entorpecer la salida de la última balsa o tendrían que esperar de nuevo unas horas hasta la bajamar.
—Aquí te espero, si no regresas en cinco minutos, nos iremos sin ella.
Gery deshizo sus pasos, atravesó el búnker y entró en el almacén.
Hasta ese momento, las paredes del refugio no le habían permitido escuchar la batalla que se libraba en el exterior.
Sacó el fusil, comprobó el cargador de la recámara, y lo agarró con las dos manos.
Se giró de un lado a otro para asegurarse de que los hombres de Furia de Volcán no habían entrado.
Entonces, aguzó el oído al percibir un gemido.
Se guio por el sonido y, detrás de un bidón, encontró acurrucado a un infante de no más de seis años.
Estaba sentado, abrazaba sus rodillas y ahogaba su llanto con la cabeza metida entre las piernas.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con tono afable para no asustar al chiquillo.
El niño levantó la cabeza, se limpió las lágrimas con la mano y lo miró en silencio durante unos segundos.
—Tengo miedo.
Gery se agachó.
—Tranquilo, te llevaré con los demás. Antes, debo encontrar a Dula. No te muevas de aquí. Si entra una persona extraña no hagas ningún ruido. ¿De acuerdo? —El niño asintió.
El protector no quedó muy conforme con dejar al infante solo, pero debía encontrar a Dula.
Entreabrió la puerta del almacén y se lamentó de que la niebla no le permitiera abarcar con la mirada más allá del barracón.
Se sorprendió al ver como los carros preparados para la defensa de la playa se desplazaban en esa dirección, y después de unos segundos, llegó el silencio.
Unos pasos lo alertaron de nuevo y reconoció la voz de Cole.
—Haced grupos, quiero que entréis en cada edificio de la colonia y si no encontráis nada, prendedles fuego.
Gery retrocedió, bloqueó la puerta del almacén y regresó junto al infante.
Si los hombres del capitán cumplían con las órdenes del segundo, aquel pobre niño moriría entre las llamas.
Lo sentía por Dula. En cuanto lo pusiera a salvo en la cala, volvería a buscarla e idearía una forma de liberar a la colonia del capitán Bryce.
***
A Hera la arrastraban entre dos hombres. Se negaba a caminar y, por ello, recibió varios golpes con la culata de sus pistolas. Otros dos marineros y el capitán los seguían. Al entrar en la palapa, la lanzaron con violencia contra el suelo, a la vez que la apuntaban con los cañones de sus armas.
—Me encanta tu chabola — dijo Bryce. Se acercó al escritorio, ojeó los documentos que se encontraban a la vista y abrió el cajón.
Luego, se sentó en el sillón con el dibujo de la caracola en el respaldo.
Se acomodó y subió los pies encima de la mesa—.
Es una pena que mañana no quede nada de esto.
Me hubiera gustado disfrutar unos días al año de tu hospitalidad.
—No te saldrás con la tuya, no permitiré que arrases la colonia.
—¿No? Muy bien, cogedla y echadla en la cama.
Los cuatro hombres obedecieron al capitán. Hera pataleaba, se revolvía y oponía toda la resistencia que sus fuerzas le permitían. No consiguió librarse de su agarre y se vio postrada en la cama sujeta por los tobillos y las muñecas.
—Empezaremos de nuevo. ¿Sabes? Estoy hasta los cojones de hacerte la misma pregunta una y otra vez. ¿Dónde están las mujeres y los niños?
—Ya has escuchado a Kalani.
—Mientes, bruja. Quitadle la capa. —Los hombres así lo hicieron.
Bryce se acercó hasta la cama, le dirigió una mirada lasciva, que ella rechazó removiéndose del agarre de sus cuatro opresores. Entonces, el capitán clavó sus ojos en el tatuaje.
—Giradla, quiero verlo. —Señaló a su brazo derecho. Era el dibujo del rostro de una mujer que apoyaba su frente sobre la de un bebé, al que cubría una especie de manta que simulaba las olas del mar—. ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí?, fuiste madre. ¿Dónde está tu hijo?
—Muerto —dijo con todo el dolor de su corazón.
—No te creo. ¡Habla, maldita puta!
—¡Mátame y termina con esto de una vez! —exigió Hera.
—Eso es lo que a ti te gustaría, así tu secreto se iría contigo a la tumba. Ja, ja, ja. Eres una mujer valiente; una buena compañera de viaje para alguien como yo. ¿Eres fértil aún? —Hera dio la callada por respuesta—. Tú lo has querido. ¡Desnudadla!
—¡Alto ahí! —Bryce se giró para averiguar quién osaba interrumpirlo. Descubrió a una anciana.
Era Dula.
—¡Vete! ¡Huye! —gritó apresurada Hera. Por su atrevimiento, recibió un golpe en la cabeza que la dejó inconsciente.
—¡Malnacido! ¡Suéltala y lárgate en tu barco! —Le soltó sin pensar en sus palabras.
—Otra mujer con reaños, pero demasiado vieja —se carcajeó, y sus hombres lo imitaron.
—La lanza del primer hombre acabará contigo, gusano. —Le escupió a la cara.
—¿Una lanza? Absurdo. —Se limpió con la manga de la casaca—. Es la segunda vez que una zorra me escupe, no habrá una tercera. —Alzó la pistola, se la colocó en la frente y le disparó a bocajarro.
***
Kalani permanecía sentado al lado de Minerva.
Mientras, pensaba en la forma de comunicarse con Casandra.
El barracón era una trampa mortal, al amanecer, los cañones de Furia de Volcán arrasarían el recinto.
La única solución era asaltar el barco e inutilizarlos.
Él no quería separarse de Moana por si el capitán o sus hombres entraban, a riesgo de que descubriesen su identidad.
Necesitaba que despertase, así que la incorporó de la cama y la rodeó con sus brazos.
—¿Recuerdas aquel día en nuestra playa? Me hiciste una pregunta: si algún día me casaría, y te contesté que no.
Durante estos años he añorado el calor de una familia, el amor de una mujer y la sonrisas de unos niños a mi alrededor.
Soñaba con navegar y descubrir nuevas tierras.
Ahora que te tengo entre mis brazos, lo único que deseo es estar junto a ti.
Eres mi hogar, mi familia, mi deseo y te quiero, Moana.
Abre los ojos, estoy aquí —dijo rendido al no percibir ninguna respuesta—.
¡Despierta, maldita sea, despierta! —Ante la impotencia, la zarandeó.
Esperó unos segundos y se dio por vencido.
La dejó de nuevo postrada en la cama, se levantó y se acurrucó en un rincón.
El desánimo se apoderó de él y lloró en silencio.
Era la primera vez que lo hacía desde que pisó aquella tierra.
Entonces, escuchó una tos seca. Se limpió las lágrimas con el dorso de las manos y se dirigió hacia ella.
Levantó la mosquitera y, cuál fue su alegría, al encontrarla despierta, aunque desubicada.
Miraba de un lado a otro hasta que lo vio.
—¿Dónde estoy? —Se llevó la mano a la cabeza y descubrió que su melena había desaparecido—. ¿Quién me ha cortado el pelo? ¿Quién eres tú?
—Soy Kalani, Moana.