CAPÍTULO 28
En guardia
U nos minutos antes, Cole daba instrucciones a la tripulación con sigilo, porque desconocía si, en la silenciosa noche, el eco de la actividad en el barco podría alcanzar la playa de la colonia.
—¿Habéis acoplado los escudos en los botes? —preguntó a un marinero que subía a cubierta por la escalinata.
—Sí, también están cargados con armas y munición.
—Poned a flote las balsas salvavidas, temo que, antes de llegar a tierra, con el peso de los hombres y la artillería, acabemos en el fondo del mar.
—A sus órdenes —contestó.
Se extrañó de que el capitán aún no hubiera salido de su camarote, así que se encaminó a paso ligero hasta él. Cuando se disponía a tocar con los nudillos en la puerta, esta se abrió. Bryce apareció con su casaca; una coleta recogía su maraña negra y en su cincho se veía la culata de la pistola.
—Pongámonos en camino, estoy impaciente por ver la cara de Hera cuando descubra que su pueblucho ha caído —expresó con tono entusiasta.
—No cantemos victoria antes de …
—Hombre de poca fe —lo interrumpió, no necesitaba escuchar de nuevo sus objeciones al plan de ataque.
Sin darle pie a pronunciar ni una sandez más, lo apartó de un manotazo y lo dejó atrás. Cole lo siguió.
—Se quedarán tres hombres en el barco de guardia, el resto de la tripulación está preparada para partir —le explicó el segundo cuando lo alcanzó.
—Bajemos, tú irás delante, posees mejor sentido de la orientación, y diles a los remeros de los otros botes que no se despisten. La niebla es todavía más espesa que ayer.
Cole asintió y bajó la escala en primer lugar.
Ordenó a los dos marineros encargados de manejar los remos que se adelantaran unos metros.
Observó como el capitán tomaba asiento en el banco del bote que le seguía.
La falta de visibilidad no fue un obstáculo para que se desplazaran.
Las aguas estaban en calma, sin apenas oleaje, a pesar de que la bajamar pasaría en poco tiempo.
El ambiente era tenso; se reflejaba en los rostros de los marineros y en el pulso acelerado de sus latidos, aunque el miedo no tenía cabida en sus corazones, solo la excitación ante la batalla.
Entonces, el segundo de a bordo levantó el brazo derecho y cerró el puño; era la señal para que sus remeros dejaran de avanzar.
Se suponía que las barcas de los protectores se encontraban a poca distancia de su situación, aunque no distinguió las luces de las lámparas de aceite de los guardianes.
Abrió la mano y extendió el brazo hacia delante al comprobar que no había peligro, hasta que un sonido seco impactó en la parte delantera de la embarcación.
Cole se arrodilló en el suelo, asomó la cabeza y palpó la superficie del agua.
Enseguida encontró una lanza, la agarró y se la mostró al capitán, quien le seguía de cerca.
Este asintió y sonrió. Kalani había cumplido el trato.
A medida que se acercaban a la playa, los hombres comprobaban sus armas y, sobre los escudos, se preparaban las ametralladoras; el regalo de un jeque a cambio de diez mujeres fértiles .
Entre la bruma, divisaron unas luces que cubrían la costa de este a oeste.
Aquello no extrañó a Cole, supuso que los protectores que consiguieron alcanzar la orilla habrían alertado a Hera.
El capitán calculó la distancia para que el ataque fuera efectivo y no gastar munición en vano.
Sacó la pistola de su funda, le quitó el seguro y disparó al aire.
A la señal, las ametralladoras comenzaron a escupir balas a diestro y siniestro.
Tras la calma, un sonido atronador inundó el silencio.
Su sorpresa fue mayor cuando, en respuesta al ataque, vio caer desplomado al agua a uno de sus hombres por un disparo certero en la cabeza.
—¡Maldita sea! ¡Tienen armas! ¡Protegeos tras los escudos! —gritó Bryce.
Mientras, parapetada detrás de uno de los carros, Casandra dirigía la defensa de la ofensiva.
—¡Seguid disparando! —gritaba.
Las potentes armas del capitán no languidecían en el ataque, era imposible dejar el abrigo de su protección para disparar.
Si no conseguían detenerlos antes de que tomaran tierra, la colonia estaría perdida.
Meditó unos instantes, dentro de la confusión y los gritos desesperados de custodias y protectores.
Se sentían impotentes. Hera quedó en reunirse con ella después de despedirse de Minerva, y no había aparecido, y Gery aún permanecía en el almacén.
Ante el incesante ataque de aquellas armas infernales, debía tomar una decisión.
—¡Retirada! —gritó—. ¡Moved los carros hacia el barracón de los obreros, nos refugiaremos allí!
Con ayuda de unas cuerdas, preparadas para la ocasión, consiguieron desplazarlos. No sin que algunos de los suyos cayeran. Los demás se protegían mientras caminaban a la par de las ruedas. Al llegar al muro del recinto, Casandra aporreó la puerta.
—¡Abrid!
En cuanto vieron el acceso libre, el ejército salió de la protección de los carros y entró en el patio, unos sanos y otros heridos. La custodia atisbó el horizonte, y cuando se percató de que todos habían entrado, ordenó cerrar la puerta. Solo temía la llegada del amanecer, y el paradero de Hera.
***
En la sala de curas, Kalani, al escuchar los disparos, se abrazó a Minerva con la única intención de protegerla.
—No dejaré que te ocurra nada, moriría antes —confesó. Mantuvo su posición un tiempo que le pareció interminable, hasta que el fuego se silenció.
—¡Suéltala! —Escuchó la voz alterada de Hera a su espalda.
Se giró y la descubrió apuntándolo con la misma pistola que la custodia le entregó en la palapa—.
Casandra se ha parapetado en el recinto de los obreros, el capitán Bryce ha tomado la colonia.
Tú eres el único con el que puedo negociar, te necesita.
Lamento tener que tomarte como rehén, no hay otra alternativa.
Kalani se levantó con cuidado, deslizó la mosquitera para ocultar el cuerpo de Minerva y se irguió ante la patrona.
—Él no me quiere a mí, baja el arma. Te ayudaré. Les haré desistir, tengo una idea que podría funcionar.
En ese instante, ambos escucharon dos disparos.
—Quédate aquí, y protégela —le ordenó Hera.
En cuanto asomó la cabeza, dos marineros la apresaron y desarmaron. Se intentó defender con uñas y dientes, pero desistió al descubrir a las dos custodias que hacían guardia muertas sobre la arena. Frente a ella, Bryce le dedicaba una sonrisa triunfante.
—Aquí la tenemos, la mismísima Hera en persona.
Me mentiste, zorra. ¿De dónde coño han salido las armas?
—Ella guardó silencio y le escupió a la cara—.
¡Maldita puta! —gritó y le soltó una bofetada, que Hera recibió sin inmutarse.
El capitán metió la mano en el bolsillo de su casaca y sacó un pañuelo mugriento con el que se secó.
Kalani hizo acto de presencia, temía que los marineros entraran en la sala de curas antes de que él pudiera hablar con Bryce.
—Lo has conseguido —manifestó con una sonrisa forzada, debía hacerle creer que seguía de su lado.
—Gracias a ti, tu sabotaje nos ha dado la victoria. —Se acercó a él y le propinó dos palmadas en la espalda.
—¡Has traicionado mi confianza, ella nunca te lo perdonará! —soltó Hera. Debía fiarse de Kalani y demostrar ira ante su fingida confabulación. Lo que la patrona ignoraba era que Bryce desconocía la existencia de Minerva.
—¿Quién es ella? —inquirió al obrero.
—Alguien que significó mucho para mí, murió. —Negó con la cabeza, no sabía si Hera entendería sus palabras.
—Los muertos no me interesan.
—Tenemos un trato, debes liberar a Moke. Está en el barracón de los obreros.
—A su debido momento. Además, me temo que el valiente ejército que protegía la colonia se ha ocultado allí —dijo con sorna—. Y tu hermano, ¿dónde está?
—Aquí dentro, inconsciente —dijo, a la vez que dirigía una mirada cómplice a Hera.
—¿Y pretendes que lleve en mi barco a un moribundo? ¿No padecerá una enfermedad contagiosa?
—No, sufrió un accidente en el campo de entrenamiento. Es un protector.
—Puedes quedarte con él. Ahora, esta y yo —miró con desprecio a Hera— tenemos una conversación pendiente. Le sacaré el lugar dónde oculta a las mujeres y los niños.
—No tengo nada que hablar contigo —le contestó ella.
—Ya lo veremos. Por cierto, Kalani, ¿acaso tú lo sabes y me lo has ocultado todo este tiempo?
—Te mentí, lo reconozco, soy un simple obrero o un esclavo, mejor dicho.
Lo único que he hecho en los últimos treinta años es obedecer y pasar mis días encerrado en el barracón.
Sí que hubo mujeres y niños, no lo niego, sin embargo, hace tiempo que no sé nada de ellos.
Puede que los albergue alguna colonia más fructífera, esta se muere.
—Y las aliadas, ¿vendrán?
—No, hace tiempo que rompieron su alianza. Hera está sola —mintió de nuevo.
—Cómo me gustan las buenas noticias. Ve con tu hermano, al amanecer, todo habrá terminado, mis cañones se encargarán de ello.