Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Sabotaje

K alani abandonó Furia de Volcán bien entrada la tarde.

Se encontraba ante un gran dilema. Obedecer la orden de Bryce supondría dejar el acceso libre a la playa de la colonia para sus hombres.

Los protectores se hundirían en la bahía y serían acribillados por la tripulación, sin la posibilidad de defenderse.

Sabía que su acción decantaría la balanza a favor del capitán; una vez en tierra, serían imparables.

Al llegar al embarcadero, percibió una actividad inusual.

La niebla no era demasiado densa aún; observó como los protectores ocultaban en sus capas a los infantes y se dirigían hacia el almacén.

Las parideras y servidoras, con un pequeño saco a cuestas, los seguían.

Su primer pensamiento fue para Moana, aprovechó el caos y la ausencia de las guardianas que lo controlaban para acercarse a la sala de curas.

Allí estaban las dos custodias de siempre con la lanza en la mano, inalterables por lo que ocurría a su alrededor.

Las saludó con un gesto de cabeza, debía intentar pasar ante ellas.

—¿Dónde crees que vas? —preguntó la más aguerrida.

—A visitarla, como cada noche.

—Aquí no puedes entrar sin la supervisión de la patrona —le contestó sin inmutarse .

—Está muy ocupada y me ha dado permiso para acudir solo.

—Hizo el amago de entrar y ambas le impidieron el paso cruzando las lanzas—.

Seréis amonestadas por Hera si no me lo permitís.

—Se atrevió a decir. Ninguna de ellas movió un solo músculo—.

Volveré con la patrona —desistió. Llegó a la conclusión de que aún no habían desalojado a Moana o aquellas dos mujeres no estarían allí.

Corrió por la playa hasta la palapa de Hera. Estaba con Casandra en el porche. Su sorpresa fue cuando vio con claridad como la custodia le entregaba un arma de fuego. Se agazapó para escuchar la conversación.

—Sé que has practicado poco, está cargada. Solo apunta aquí —le indicó con el dedo el corazón—, o aquí —y luego la cabeza—. El disparo debe ser letal, si no los matas, pueden ser más rápidos que tú y…

—Tranquila, Casandra —la interrumpió—. Regresa con tu ejército y organiza la defensa de la colonia, lo dejo en tus manos. Me uniré a vosotros en cuanto evacue a Minerva, antes, quiero despedirme de ella.

Kalani esperó a que la custodia saliera de la palapa. Abandonó su escondite y tomó una decisión. Pidió permiso para entrar y Hera se lo concedió.

—¿De dónde han salido las armas? —preguntó intrigado sin saludar.

—Ahora no tengo tiempo para darte explicaciones.

—¿Del búnker? Cuando me lo enseñaste no las vi.

—Las ocultamos —dijo mientras salía.

—No sabéis utilizarlas, será imposible que venzáis al capitán. Sus hombres son experimentados —aclaró a la vez que seguía sus pasos.

—Moke nos ha enseñado.

—¿Moke? Él no me…

—¡Basta! Yo misma le ordené que no te informara de ello. Si el capitán te hubiese retenido, te habría sacado las palabras a golpes. He arriesgado mucho enviándote a Furia de Volcán, dado tu trato con Bryce —puntualizó.

—Entiendo. Sigues desconfiando de mí. Quizá cambies de opinión cuando te confiese lo que me ha ordenado. Quiere que sabotee las barcazas que salen cada noche a proteger la bahía.

Hera detuvo su caminar y lo enfrentó.

—¿Por qué me lo has contado? Perderás tu pasaje

—No. Si conseguimos ganar la batalla, el barco será nuestro.

—¿Podrías navegar con él?

—Por supuesto, mi padre era el capitán del navío que naufragó hace treinta años. Me enseñó todo lo que sabía.

—Eres demasiado optimista. Necesito pensar. —Ocultó su mano bajo la capa y acarició el tatuaje durante unos instantes. Kalani, en su postura habitual, con las manos entrelazadas en su espalda y la mirada fija en la arena, aguardó las palabras de Hera—. Sabotea las barcas.

—No puedo hacerlo.

—Escúchame, los protectores se quedarán en la playa y cargaremos sacos en su lugar.

Haremos creer al capitán que su plan ha funcionado, cuando arriben al muelle, los estaremos esperando.

Será más fácil abatirlos con la luz de las antorchas que en medio de la bahía.

Utilizaremos los carros disponibles como parapeto.

Ahora, debo dejarte, informaré a Casandra del cambio de planes.

—Espera, me gustaría ver a Minerva antes de que sea evacuada. Necesito tu autorización o las guardianas no me dejarán entrar en la sala de curas.

—Te acompaño, también deseo despedirme. Cuando yo termine, tendrás tiempo de hablar con Minerva —puntualizó—. En cuanto organice la defensa, volveré a por ti y daré la orden de trasladarla. Los obreros permaneceréis encerrados en el recinto del barracón. Es imposible evacuaros —dijo con pesar.

—Lo entiendo. Tengo una petición para ti, ¿podrías enviar a una servidora para que la vistiera? Su cuerpo está desnudo bajo la sábana de lino.

—Me temo que es demasiado tarde, no hay ninguna disponible.

Tengo una idea, después de sabotear las barcas, acércate a la casa de acogimiento y entra en la sala contigua a las cocinas.

Encontrarás unas estanterías con la muda de los distintos rangos, elige una de las custodias y unas botas.

Tráemelas, yo misma me encargaré de vestirla.

No te demores, estaré esperándote en el campo de entrenamiento.

Pronto caerá la noche y debemos estar preparados.

La colonia permanecía en silencio. El plan de Hera se había ejecutado con celeridad, se colocaron los carros de parapeto, las barcas se pusieron a flote con los sacos en su interior y varias lanzas.

Kalani hizo un buen trabajo, el agua entraba lentamente, para cuando el capitán decidiera cruzar la bahía, vería las barcazas semihundidas y las armas flotando.

Creería que los protectores habrían muerto o nadado hasta la playa.

Hera entró en la sala de curas, mientras Kalani aguardaba en el exterior.

Cuando Moana estuviera vestida con el atuendo de custodia, se despediría de ella.

Las dos mujeres de la puerta serían las encargadas de transportarla en la camilla hacia el almacén, dónde Gery y Denis las esperaban.

El asistente permanecería a su lado hasta que una de las balsas regresara.

Debían aprovechar la bajamar, porque en pocas horas la cala sería inaccesible.

Antes de unirse a Casandra, Gery se encargaría de ocultar el refugio y cerrar las puertas.

La patrona asomó la cabeza por la entrada de la sala de curas. Había terminado su tarea.

—Puedes pasar, tienes unos minutos. Te espero —le indicó a Kalani.

—Gracias.

Antes, cuando Kalani entró en las cocinas, llevaba una idea en la cabeza.

No solo cogió la muda, aprovechó para ocultar bajo la túnica unas tijeras envueltas en un retal de lino.

En caso de que la colonia cayera en manos del capitán, él se salvaría de una muerte segura, así como Moke y Moana.

Esperaba que Bryce respetara el trato al que habían llegado, incluso el hecho de que Hera le hubiera concedido el beneplácito de sabotear las barcas le suponía una ventaja; lo creería su aliado.

Se sentó, como en otras ocasiones, junto a ella.

—Me odiarás cuando despiertes, pero debo hacerlo.

La incorporó, apoyó su espalda en el cabecero de la cama y, con cuidado, deslizó la túnica desde sus muslos hacia arriba, sin descubrir sus pechos. Sacó las tijeras y desenrolló la tela que las envolvía. La cortó en una tira larga y ancha.

—Tengo las manos heladas —le habló como si pudiera escucharlo.

Rozó una palma con otra hasta que se calentaron y las metió por debajo del borde de la túnica.

Con sumo cuidado, para evitar rozarlos, comenzó a vendarlos—.

El capitán no puede sospechar que eres una mujer —le explicó—.

Tengo un nombre para ti: Koa. ¿Te gusta?

¿Sabes lo que significa? Guerrero, como no podía ser de otra manera.

—Sonrió—. Un par de vueltas más y habré terminado.

—Continuó y, cuando le quedaba el extremo, se lo anudó con firmeza.

Luego, le recolocó la túnica. Tomó las tijeras, las probó un par de veces y las miró—. Sé que me vas a odiar —repitió.

Los mechones de la melena de Minerva caían sobre la cama a medida que Kalani cortaba.

Su rapado tan característico, de la nuca a la oreja, había desaparecido debido a los días que llevaba inconsciente, así que igualó el resto de su cabeza por ese largo.

Advirtió que de su oreja izquierda colgaba un arillo doble, se lo quitó.

Dado su atuendo verde, le diría al capitán Bryce que servía en el rango de protector, y si no despertaba, tendría una justificación para su estado actual.

Inventaría cualquier historia sobre un accidente en el campo de entrenamiento.

Guardó las tijeras bajo su túnica, sacudió los restos de pelo de la cama y recorrió a Moana con la mirada. Se convenció a sí mismo de que podría pasar por un hombre, era atlética y de pómulos marcados, aunque quizá demasiado guapo. Esgrimió una media sonrisa.

De repente, un sonido ensordecedor lo sobresaltó.