CAPÍTULO 26
Alternativas
C ole, como cada mañana, entregó el mensaje de Moke al capitán. Aquel día parecía más sereno de lo habitual, incluso estaba presentable.
—¡Qué mierda de información es esta! —gritó enfurecido después de leerlo. Arrugó el pedazo de papel y lo arrojó al suelo del camarote. Se mesó la barba de puro coraje.
—¿Qué dice? —preguntó.
—Nuestro querido remero —dijo con sarcasmo— nos informa de la situación de las tres torres vigías.
¡Joder! Hasta yo pude verlas cuando llegamos a la colonia.
Te juro que, cuando ese necio regrese al barco, lo encadenaré de nuevo a la crujía, no sin antes recibir un merecido castigo. Seguro que habrá simpatizado con Hera.
—Entonces, ¿el plan de ataque previsto para esta noche queda suspendido?
—Ni hablar. Estoy hasta los cojones de permanecer aquí encerrado sin hacer nada.
—Según me comentó ayer el constructor, a falta de los últimos detalles, las reparaciones están casi finalizadas.
Estaríamos en disposición de zarpar mañana mismo.
Tenemos las coordenadas y la ruta, ¿y si nos olvidamos de esta maldita colonia?
—sugirió Cole, dada la poca información con la que contaban.
—Ja, ja, ja —soltó una risotada forzada—. ¿Estás preocupado porque uno de esos maricones te ensarte su verga o temes a Hera y a su ejército de salvajes?
—No, sabes que no. Temo la pérdida de algunos hombres y que nuestra intrusión sea improductiva.
—Sé que hay mujeres y niños en esa colonia, y los encontraré. Si es necesario, quemaré los edificios uno a uno hasta que dé con ellos. Si Hera no confiesa dónde los oculta, dejaré asolada su aldea de mierda —escupió.
—¿Y si aparecen las aliadas en su ayuda?
—Ordenaré que los cañones estén preparados.
—¿A riesgo de que perezcamos nosotros también? No olvides que será noche cerrada.
—No soy imbécil, Cole, y deja de poner trabas.
Al amanecer, idearé una distracción con el fin de que se dirijan hacia el acantilado este, caerán como moscas.
Es la zona más libre de edificios. Por cierto, si sobrevive alguna guerrera, no la rematéis, a falta de mujeres fértiles, nos servirán para desfogar a la tripulación; los ánimos están muy exaltados —aclaró, y alzó una de sus cejas pobladas.
—Daré las instrucciones a los hombres para que se preparen.
—Cuando llegue Kalani con la última carga, dile que quiero hablar con él. Tendrá que hacerme un trabajito extra para conseguir los dos pasajes que me ha pedido.
Cole asintió y salió del camarote del capitán con sentimientos encontrados. Ese ataque no le daba buena espina.
***
Mientras, la mayor preocupación de Kalani era Moana.
Sus visitas no daban resultado, y temía que, en el momento de partir, siguiera inconsciente.
Debía forzar su recuperación; esa misma noche probaría algo nuevo.
En su último encuentro, halló una camilla improvisada junto a la cama.
Con toda seguridad, Hera habría previsto trasladarla con el resto de los evacuados.
Tras salir del almacén, se reunió con Moke.
—¿Qué tal ha ido la expedición?
—Casandra ha encontrado un lugar donde guarecer a los habitantes de la colonia —dijo sin demasiado ánimo.
—¿Y esa cara?
—Nada, ¿está la carga preparada? —no quiso expresarle su preocupación por Moana.
—Sí, los hombres te esperan en el embarcadero.
—Deséame suerte, confío en que el capitán cumpla su promesa. Podríamos zarpar mañana. —Agarró a Moke por los hombros y lo zarandeó, sin embargo, no atisbó en su amigo ningún gesto de entusiasmo.
—Kalani, no conoces al capitán lo suficiente como para saber que no levará anclas hasta que la colonia sea suya.
—Lo convenceré, le mentiré si es preciso.
—¿Mentirle?
—Sí, le daré unas supuestas coordenadas donde conseguir un botín mejor.
—Ese hombre ha navegado por mares que ni tu padre conoció, no será tan fácil engañarlo.
—Debo intentarlo, no deseo ningún mal para esta gente. También abogaré por ti, quiero que regreses a Furia de Volcán como un hombre libre.
—Suerte, amigo, la necesitarás.
Ambos se dieron un abrazo sincero. Luego, Kalani se alejó hacia el embarcadero mientras Moke observaba su extraña forma de caminar hasta que lo perdió de vista.
Cole requirió al constructor que se presentara en el camarote del capitán con urgencia.
Antes, Kalani revisó el trabajo de los obreros; cualquier deficiencia del ensamblaje de los listones podría provocar una nueva grieta.
Necesitaba que la embarcación navegara hasta La Negra sin imprevistos.
Terminada la inspección y tras dar las indicaciones para corregir los fallos detectados, se dirigió al camarote de Bryce.
La puerta estaba abierta y, desde la entrada, solicitó su permiso.
—¿Me has llamado?
—Sí, pasa, pasa. Cierra la puerta —le ordenó.
Lo encontró de pie, miraba un mapa que estaba extendido sobre la mesa.
No levantó la cabeza, se limitó a hacerle una indicación con la mano para que se acercara hasta él.
Kalani se colocó a su lado. El capitán le señaló con el dedo una isla, que reconoció al instante, era Nessei—.
¿Esta es tu isla? —la pregunta lo cogió por sorpresa.
No recordaba haberle comentado de dónde procedía.
—Sí, así es —contestó ante el temor de que, si le mentía, el acuerdo se truncara.
—Me lo suponía. —En ese instante levantó la cabeza y le clavó su oscura mirada—. También es la de Moke, ¿por eso lo elegiste?
—Vi su tatuaje, supuse que sería más fácil ganarme su confianza, así trabajaría conmigo sin riesgo de que me traicionara.
—¿Y crees que no lo ha hecho?
—No, por supuesto que no. Incluso ha trabajado duro, sin él no hubiera conseguido terminar en tan poco tiempo. Por eso, quiero pedirte un favor: dale la libertad, lo necesitaré en La Negra. En Nessei era un carpintero muy solicitado —mintió—, es una pena que malgaste su tenacidad en la crujía.
—De acuerdo, quid pro quo : a cambio, te encargaré una nueva tarea. Antes, tengo otra pregunta para ti. ¿Cómo demonios acabaste en la colonia?
—Fue hace treinta años, navegábamos en dirección a Nessei y una tormenta nos arrastró hasta aquí. El barco naufragó, los únicos supervivientes fuimos Moa… mi hermano y yo —rectificó.
—Muéstrame en la carta de navegación dónde comenzó la tormenta .
Kalani recorrió la mirada sobre la zona que curiosamente estaba dentro de un triángulo, hizo un cálculo mental y señaló con el dedo un punto.
—Aquí.
—Me lo imaginaba, el triángulo maldito os engulló, como a Furia de Volcán.
He trazado la ruta para el regreso, tendremos que bordearlo.
Si navegamos en línea recta caeremos en él de nuevo, nos dirigiremos hacia el oeste y después, al norte, en dirección al archipiélago Aare —le informó a la vez que con su dedo le mostraba el recorrido.
Ante las palabras del capitán, Kalani creyó descubrir una oportunidad para llegar a Nessei sin necesidad de permanecer en La Negra.
Encontraría la forma de huir de Furia de Volcán cuando estuviera cerca del archipiélago.
Debido al arrecife que lo rodeaba, a Bryce no le quedaría más remedio que acercarse a la costa.
Sonrió para sí, aunque su semblante no mostró la alegría.
—Nunca oí hablar de ese triángulo maldito.
—Lógico, las embarcaciones de las islas no suelen navegar por las aguas de la zona este.
—¿Por qué motivo?
— Pour moi, es mi territorio, y fue el de mi padre —afirmó orgulloso—. Siempre nos han temido, saben que si uno de sus barcos se atreve a cruzar los límites acabará en el fondo del mar.
—Entonces, ¿por qué mi barco lo hizo?
—No lo sé, seguro que el capitán tomó esa decisión por algún motivo. Dejémonos de cháchara. Es tarde y aún me queda mucho por organizar. Entonces, ¿hay acuerdo? ¿Un servicio más por la libertad de tu paisano?
—Cuenta con ello.
—¿Tienes acceso a las barcazas?
—Sí, antes de tu llegada, era el encargado de repararlas. Ahora, he delegado esa tarea a uno de los obreros.
—Quiero que las sabotees.
—¿Para qué ?
—Tú hazlo. Te he contado lo que necesitas saber, si todo sale bien, mañana zarparemos.
—Lo intentaré, pero no te aseguro que lo consiga. Hoy regresaré tarde a la colonia y…
—No quiero excusas. Lárgate —le dijo con desprecio.
A Kalani no le quedó otra alternativa que aceptar la orden de Bryce.
No quiso pensar, ni siquiera imaginar cual era el objetivo final de dejar inutilizadas las barcazas.
Intuyó que Moke tenía razón: Bryce quería su botín.
Desistió de indicarle unas coordenadas falsas, sería su último as en la manga.
Hera escribía en su diario el resultado de la exploración y el hallazgo de la cala por Casandra, así como las dificultades que salvó para llegar hasta ella.
No se dejó atrás el incidente con Gery, al que la fortaleza que siempre mostraba lo abandonó por unos minutos debido a su fobia.
Entonces, escuchó unos pasos sigilosos a su espalda.
Antes de girarse, se quitó las lentes y, con un movimiento apresurado, echó mano de la lanza que tenía apoyada sobre el lateral del escritorio.
Se levantó y apuntó con el arma a la persona que se había atrevido a entrar sin pedir permiso.
—¡Soy yo! —Dula levantó las palmas de las manos como defensa.
Hera bajó la lanza y apoyó el asta en el suelo.
—¿Cómo se te ocurre entrar a hurtadillas? Podría haberte herido —le recriminó alzando la voz.
—Perdona, Hera. Estaba deseosa por contarte lo que me han revelado los manes y no pensé en que pudiera importunarte —se disculpó.
—Tú nunca me molestas, perdóname tú por mis palabras. Sentémonos. —Le mostró una de las sillas de la mesa central y soltó la lanza en el mismo lugar, junto al escritorio. Luego, las dos se acomodaron—. Te escucho.
—Esta vez, no fue Heket la que se me presentó, sino una mujer a la que no conocía.
—¿Cómo era?
—Su espectro se veía difuminado, vestía una túnica blanca. Me llamó la atención su pelo largo encanecido y portaba una lanza como la tuya.
—¿Te dijo su nombre? —Por la descripción que le relató Dula, a Hera se le vino a la cabeza la imagen de Amonet, cuando la encontró por primera vez en el desierto.
Descartó que fuera ella, porque no tenía conocimiento de que hubiera fallecido.
Aunque sí era cierto que sus mensajes se habían interrumpido.
—No. Tampoco se lo pregunté —confesó y se encogió de hombros.
—Y bien, ¿qué te dijo?
—Unas palabras que al principio no entendí muy bien, ni siquiera podría repetirlas al dedillo. Cuando la visión desapareció, le di un par de vueltas y até cabos y… —Se quedó pensativa unos segundos—. Esta noche, el hombre oscuro atacará la colonia.
—¿Te refieres al capitán Bryce?
—¿A quién si no?
—¿Estás segura?
—Claro que sí, además, dijo algo de la última noche de niebla.
—Lo que me cuentas es muy importante. ¿No recuerdas nada más?
—Ahora mismo… no.
—De acuerdo. Espero que no te equivoques, el plan de evacuación todavía no está preparado al cien por cien, podría arriesgar la vida de los habitantes de la colonia.
Aun así, no me queda otra alternativa que ponerlo en marcha.
Da orden a las servidoras de que reúnan en el almacén a las mujeres y los infantes.
Avisaré también a Denis y Gery, ellos se encargarán de organizar la salida.
Los asistentes os acompañarán, temo por la homofobia del capitán y su tripulación.
—Ahora mismo. ¿Tú que harás?
—Debo quedarme para defender la colonia, es mi obligación .
—Vendré a despedirme.
Dula salió apenada de la palapa.
Hera se dirigió de nuevo al escritorio, relató en el diario sus planes y lo guardó en la caja de las fundadoras, a buen recaudo.
Si caía en manos del capitán, no habría salvación para los suyos.
A continuación, sacó un pedazo de papel del cajón y escribió la que pensó sería la última misiva a Gaia; le indicaba que, si se interrumpía la comunicación, tomara dirección noroeste en busca de la cala.
Su ejército carecía de armas y no podría defenderse en caso de entrar en la colonia.
Ella, personalmente, se encargó de colocar la nota en la pata de la paloma y soltarla, justo cuando la niebla hacía de nuevo su aparición.
En ese momento, supo que la predicción de Dula se cumpliría. El capitán Bryce atacaría al anochecer.