Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

La exploración

L a colonia pasó tres días de actividad frenética y arduo trabajo.

Los obreros caían rendidos en sus jergones cada noche, así como Kalani y Moke.

Por mucho que exprimían las horas, parecía que no adelantaban.

Apenas habían terminado de construir y probar en las aguas oscuras un par de balsas.

Lo que más dificultad le suponía era equilibrar la flotación con los contenedores de plástico hallados en el refugio.

También fabricaron unos remos más largos de lo habitual; adecuados para que una persona pudiera manejarlos de pie.

Moke adiestró a custodias y protectores con los conocimientos básicos del manejo de las armas.

Se colgaron dianas en las paredes de la sala vacía del refugio y, aunque conduraban la munición, realizaban prácticas de tiro.

A las parideras y servidoras se les indicó que estuvieran preparadas, y que reunieran lo necesario en caso de tener que salir de forma precipitada de la colonia.

Desconocían los planes de Hera, pero confiaban plenamente en ella.

Denis se movía de un lado a otro siempre con su tablilla, a veces, se quejaba por la tensión que le suponía tenerlo todo a punto, y la que sufría las consecuencias de su mal humor era Casandra.

Por su lado, Gery asumía su rol de líder ante los protectores.

Kalani acudió cada noche a visitar a Moana.

Hera lo dejaba solo unos minutos con ella, los suficientes para comprobar que no estaba equivocado.

Sentía como reaccionaba ante sus palabras y, en ocasiones, le pareció verla sonreír.

Los instantes que pasaba a su lado le daban la fuerza necesaria para continuar con su trabajo sin desfallecer.

Hera mandaba una misiva todas las mañanas a Gaia; le notificaba sus planes y esta la informaba de que estaban en camino.

También le dictaba los mensajes a Moke, en ellos le daba información confusa al capitán Bryce.

Ese día, estaba decidida a realizar la exploración de las aguas profundas, necesitaba saber cuánto antes que al otro lado estaba la salvación de su pueblo.

Así que con esa idea salió de la palapa bien temprano y se dirigió al almacén donde la esperaban Gery, Casandra y Kalani.

Este comunicó el día anterior a Bryce que los obreros se desplazarían al barco custodiados por dos protectores, porque él debía organizar la última carga de los listones más complejos del barco.

El capitán lo creyó y no dudó de su palabra.

Hasta ese momento había cumplido con creces.

—Buenos días, ¿está todo preparado? —quiso saber Hera.

—Sí, hemos comprobado que las balsas no se hunden —comentó Kalani.

—Grrr —rugió Gery, no le gustaban las bromas, sobre todo, las que se referían a la posibilidad de caer al fondo de aquellas aguas.

—Coged las antorchas y pongámonos en camino cuanto antes. Denis se queda al cargo de la colonia y está demasiado nervioso, no podemos demorarnos —explicó Hera.

Los cuatro recorrieron el camino hasta el lago subterráneo.

Las dos balsas estaban preparadas, amarradas con sogas a un saliente de la roca negra.

En primer lugar, subió Kalani a una de ellas, quién tomó uno de los remos; en segundo lugar, Casandra: después, Hera, y en último lugar, Gery, quien calculó la distancia, posó un pie y luego el otro hasta comprobar la estabilidad de la balsa.

—Toma el otro remo —le indicó Kalani.

—¿Por qué yo?

—Es primordial coordinar el paleo y distribuir la carga de manera uniforme, ambos somos casi de la misma estatura y peso. Hera y Casandra, por favor, colocaos en el centro, nosotros a los lados.

Gery lo agarró a regañadientes, y los tres se distribuyeron como Kalani les había aconsejado.

—¿Estás preparado? En tres comenzamos a remar, hay que procurar hacerlo a la vez. Entrar, arrastrar el agua hacia atrás, sacar y de nuevo…

—No soy un infante, sé cómo hacerlo.

—Soltaré el amarre. —Levantó el cabo y lo dejó caer en la balsa—. Uno, dos y tres.

La balsa se desplazaba con suavidad, la ausencia de corriente favorecía la navegación y las antorchas les descubrían la belleza de aquel lugar.

La roca negra, a medida que avanzaban, se tornaba en tonalidades grisáceas y azuladas, así como la superficie del lago.

Las paredes simples cobraban vida gracias a las estalactitas y estalagmitas que asomaban a medida que se adentraban en la gruta.

Las formas parecían espectros que contemplaban impasibles su paso, y el goteo incesante del agua añadía la banda sonora a su viaje.

—Es increíble lo que la naturaleza puede crear —comentó Casandra, ensimismada con el espectáculo que se abría ante sus ojos.

—No te confíes, en los lugares más bellos puedes encontrar los mayores peligros —añadió Gery.

—Escuchad, se oye con más nitidez el oleaje —advirtió Hera.

Entonces, al dejar atrás un recoveco, la luz del sol se adueñó de la gruta .

—¡Ahí está!, la salida —exclamó Casandra.

—¿Lo notas, Kalani? Hay corriente, la balsa se desplaza a mayor velocidad —indicó Gery.

—Sí, no muevas el remo, solo controla que no choquemos con las paredes. Parece que ahí delante se estrecha el paso.

La salida estaba cada vez más cerca, y el miedo de Gery se podía apreciar en la expresión de su cara.

—Si salimos a mar abierto, la balsa perderá estabilidad. Debemos encontrar un sitio donde amarrarla o no podremos regresar —informó Kalani.

—De acuerdo. —Echó un vistazo a su alrededor—. Mirad allí, hay un descanso con la anchura suficiente para bajar y buscar un saliente donde atar el cabo —explicó Casandra—. ¿Podréis alcanzarlo?

—Gery, rema con fuerza en esa dirección.

El protector estaba paralizado.

—¡Gery!, ¡¿me oyes?! Si no lo haces, acabaremos en el mar. ¡Rema! —insistió Kalani. Intentaba manejar la balsa, la cual se dirigía sin control a la salida.

Casandra se desplazó de su sitio sin pensar en las consecuencias.

Empujó a Gery hacia un lado y tomó el remo.

Por un momento, la balsa zozobró debido al cambio de peso, hasta que la custodia consiguió controlar el paleo.

Alcanzaron la plataforma, Kalani agarró la cuerda y saltó con agilidad.

No tardó en encontrar una columna gruesa de estalagmita y ató el cabo.

Tiró de él un par de veces para asegurarse de que no se soltaría.

—Podéis bajar.

Hera y Casandra lo hicieron. Gery continuaba arrodillado sobre la balsa, tal y como había caído después del empujón de la custodia.

—¿Qué le ocurre? —preguntó la patrona.

—Padece talasofobia, es el miedo a las masas de aguas profundas —explicó Casandra.

—¿Así se llama? —preguntó Kalani, quien conocía el terror del protector.

—No me informaste de ello —le recriminó Hera.

—También lo desconocía hasta hoy. En los entrenamientos, no demostró tener esa fobia. Supongo que nadar en la orilla del mar no le afecta de igual manera.

—Dejémosle unos instantes, si no vuelve en sí, hablaré con él.

Lo haré  entrar en razón —sugirió la patrona—.

Ahora, debemos saber a dónde conduce la salida.

Solo tenemos dos balsas, son insuficientes para que den cabida a todas las personas.

Habría que buscar un lugar seguro y dar varios viajes con el fin de mantenerlas a salvo.

—Yo lo haré, nadaré hasta el mar y seguiré la costa hasta encontrarlo —se ofreció Casandra, confiaba en su capacidad. Se deshizo de las botas, cogió uno de los cuchillos, el otro se lo entregó a Hera y, por último, se desprendió de la capa, dispuesta a lanzarse al agua.

—¡Es una locura! El oleaje te arrastrará contra las rocas —objetó Kalani, aunque la custodia no era de su agrado, no creía necesario que se arriesgara a costa de perder la vida.

—Kalani tiene razón, es demasiado peligroso.

Sin que ninguno de los dos pudiera hacer nada, Casandra se zambulló de cabeza en el agua.

—¡No! —gritó Hera. Lanzó su mano para intentar agarrarla, sin éxito.

Ambos caminaron hasta donde el saliente les permitía. Clavaron sus ojos en la superficie en busca de la silueta de la custodia, quien salió a unos metros de ellos.

—¡Volveré! —Y se sumergió de nuevo.

Gery reaccionó en ese momento, sacudió su cabeza como si despertara de un mal sueño. Se irguió sobre sus rodillas y miró hacia la posición de Hera y Kalani.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con la mirada perdida.

—Nada, por ahora, sube con nosotros. Debemos esperar a Casandra —dijo la patrona.

Obedeció, se levantó y Kalani le mostró la mano.

—Agárrate, te ayudaré.

El protector le dedicó una mirada desconfiada, aunque aceptó su ofrecimiento.

Los minutos se sucedían demasiado despacio y la espera se hacía eterna.

Hera no despegaba los ojos de la salida de la gruta, temía las consecuencias de la insensatez de Casandra.

Se lamentó por no haberla parado a tiempo y se culpó por su idea estúpida.

Un chapoteo en el agua la sacó de sus pensamientos.

—¡Ahí viene! —gritó Gery.

La custodia alcanzó la plataforma y el protector tiró de ella. Casandra se tumbó en el suelo exhausta, tenía desgarros en los pantalones y la túnica, y rozaduras en los brazos.

—¿Estás bien? Háblame —le pidió Hera preocupada, dado su estado.

—Lo… he… encontrado —le costaba respirar.

—Tranquila, toma aliento.

Aguardaron unos segundos hasta que Casandra se repuso.

—Nada más pasar la entrada de la gruta, el oleaje me arrastró hasta las rocas del acantilado, me golpeó con fuerza y creí morir allí mismo, quedé atrapada y gracias al cuchillo pude liberarme a tiempo.

Conseguí tomar aire y me sumergí a suficiente profundidad para sortear la fuerza del mar.

Nadé en dirección oeste, quizá a unos cincuenta metros.

Salí a la superficie sin ser engullida de nuevo, y la vi.

Una pequeña cala con espacio para que los nuestros puedan refugiarse.

—Es imposible llevarlos hasta allí, tú misma has podido perecer en el intento —refutó Hera.

—No, no lo es. Hay que esperar a que baje la marea, cuando lo haga, las balsas podrán navegar hasta la cala sin riesgo alguno.

—¿Estás segura?

—Podemos esperar y comprobarlo —sugirió Casandra.

—Hoy no, hemos perdido mucho tiempo. El capitán Bryce espera el último cargamento de la madera y a Kalani, y Denis estará desesperado. Regresaremos mañana en bajamar. Todos, excepto Gery.

—¿Por qué? —quiso saber el aludido.

—Has entrado en shock durante unos instantes y nos has puesto en peligro. Será mejor que sigas con tu labor en tierra por ahora.

—Puedo vencerlo —dijo apesadumbrado, le había fallado a la patrona.

—Es una orden.

Retomaron el camino de vuelta sin ningún otro tropiezo y en silencio.