Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Pesquisas

G ery convocó a los protectores en el pabellón.

Excepto él y otro par de hombres, los demás se habían mudado a los módulos de las parideras, así que el edificio les servía como centro de reunión.

Los destinados a la guardia en la bahía informaron de no haber visto nada inusual durante la noche.

Entonces, les encomendó sus tareas, cada uno se dirigió a su puesto y él se encaminó hacia el muelle.

Le horrorizaba pensar que un habitante de la colonia hubiera asesinado al asistente.

Transitaba sumido en sus pensamientos, cuando le pareció divisar un trapo semienterrado debajo del muelle.

Se acercó y con la lanza lo levantó. No tardó en descubrir lo que era, la alcanzó, la sacudió y comprobó un rastro de sangre en la túnica gris.

Buscó un orificio, lo encontró en la parte delantera.

Calculó que a la altura del muslo del que la llevaba.

Echó un vistazo a su alrededor, excepto Kalani, que se dirigía a su encuentro, nadie se había percatado de su hallazgo.

Hizo un nudo con la túnica y la lanzó debajo del embarcadero, en la parte seca.

Informaría a Hera a su regreso. Dedujo que alguien del barco podría haberla utilizado para entrar en la colonia y pasar desapercibido, el cómo lo habría conseguido era otro cantar.

Con esa idea, estaría atento al subir a Furia de Volcán.

—¿Hace mucho que esperas? —quiso saber Kalani al llegar hasta él.

—No, además, los obreros aún no han cargado la madera.

—¿Para qué son las balsas? —se atrevió a preguntar.

—Veo que Hera te ha informado.

—A medias, no ha entrado en detalles —replicó las palabras de la patrona.

—Grrr. ¿Pretendes que yo te los dé?

—Sería de gran ayuda.

—Ahí vienen, subamos al bote —dijo, ignorándolo.

Durante el trayecto, ante la decepción de Kalani, Gery no soltó ni una palabra. Apreció en él un gesto preocupado, aunque su silencio no le extrañaba. Cuando subieron a Furia de Volcán, el protector, que siempre lo acechaba en su trabajo, se quedó junto a Cole.

—Buenos días —saludó al segundo de a bordo.

—Buenos días.

—Menuda noche de niebla la de ayer —soltó de forma amigable, para iniciar una charla que no deseaba, pero necesitaba la información que de otra manera no conseguiría.

—Sí, aquí en cubierta no se veía ni a tres palmos del suelo —contestó, mientras que se restregaba una mano con otra. Lo notó nervioso.

Cole comenzó a dirigir la descarga de la madera.

A cierta distancia, Gery observaba sus movimientos.

El segundo los inspeccionaba con interés, uno a uno, y los miraba por ambos lados, hasta que encontró lo que buscaba.

Ordenó a los obreros que dejaran la carga, se agachó y palpó una grieta en el listón.

Intentó disimular que sacaba algo y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

Justo al levantarse, esgrimió un gesto de dolor y se llevó la mano al muslo.

Al percibir la mirada de Gery, se recompuso y se irguió.

—¿Te encuentras bien? —El protector no dejó pasar la oportunidad de desconcertar un poco más a Cole.

—¿Acaso me ves enfermo ?

—He notado un gesto de dolor en tu rostro al agacharte.

—Una herida de guerra que me machaca cuando azota el frío y la humedad.

—Si quieres, puedo pedir permiso a Hera para que bajes a tierra y una sanadora te examine.

—No es necesario, con unos tragos de licor se me pasará.

—Como quieras —claudicó Gery. Cole no lo había engañado.

—¿Te importa quedarte al mando? Debo hablar con el capitán.

—No, claro que no.

Esperó a que se alejara lo suficiente, se agachó y enseguida encontró la marca de una cruz sobre el listón. Luego, lo siguió.

El capitán esperaba ansioso el mensaje de Moke. Caminaba de un lado a otro en su camarote, hasta que escuchó unos golpes en la puerta. Se giró con decisión hasta esta y la abrió sin preguntar.

—Pasa, ¿lo tienes?

Cole le mostró el pedazo de papel, doblado a conciencia.

Bryce se lo quitó de las manos de un tirón.

Se acercó a la luz del ventanal con manos temblorosas, más por la resaca que por la impaciencia, hasta que consiguió extender el documento.

Lo leyó para sí, y lo arrugó de nuevo. Le lanzó una mirada de furia a su segundo.

—¡Maldita sea! Hera no está sola, cuenta con tres aliadas. Me temo que tendremos que atacar antes de lo previsto. Tu tropiezo de ayer les habrá puesto en alerta. No es de extrañar que haya pedido refuerzos.

—El barco no está preparado, si nos acorralan en tierra, no podremos huir —objetó Cole.

—La bodega está terminada y a la crujía le queda un día, a lo sumo dos. Con el resto de los daños podremos zarpar. Kalani los reparará durante el trayecto, por la cuenta que le trae nos ayudará.

—El cordón en la bahía es infranqueable.

—¿Temes a unos cuantos hombres primitivos con lanzas y flechas?

—No, capitán.

—Lárgate, si la niebla nos acompaña, en tres días atacaremos esa maldita colonia. Esperaremos más información de Moke.

Antes de que Cole abriera la puerta, Gery tuvo el tiempo necesario para regresar a cubierta sin levantar sospechas.

***

Moke se afanaba en su trabajo, seguía las instrucciones de Kalani y organizaba el de los obreros, quienes conocían mejor que él el tratamiento de la madera.

A media mañana, Dula y dos servidoras se acercaron hasta ellos para ofrecerles agua fresca.

Les dejaron los cubos en el suelo y los hombres aprovecharon el merecido descanso.

—¡Dula! —gritó Moke para llamar la atención de la vieja servidora. Esta se acercó hasta él.

—¿Qué necesitas? —preguntó servicial.

—¿Puedo hablar contigo?

La mujer miró hacia los lados, las custodias le tenían prohibido mantener cualquier contacto con los obreros a excepción de cuando eran requeridos sus servicios.

—Aquí no, entremos en el almacén. Sígueme a distancia —advirtió con ese halo extraño que la caracterizaba.

Dula entró primero, Moke unos segundos después. La servidora lo aguardaba con los brazos en jarra.

—Eres un atrevido, forastero —lo regañó. Se podría haber llevado un castigo por dirigirle la palabra.

—Lo siento, no quería ocasionarte ningún problema.

—A ver, hijo, cómo te lo explico. Aquí eres un obrero, el rango más bajo de la colonia. Nunca hables sin que te pregunten, te lo advertí cuando adecenté tu mugrienta barba. El único que puede tener un problema eres tú. Yo soy vieja, todo el mundo cree que estoy loca, y no me echan cuenta.

—Seguiré tu consejo a partir de ahora.

—Aligera, ¿qué querías de mí?

—Información.

—¿Para qué y por qué?

—El capitán del barco puede haceros mucho daño si se lo propone —omitió a la servidora los detalles escabrosos de la crueldad de Bryce—. ¿Sabes si Hera ha pedido ayuda a su aliada?

—No lo sé, Hera y yo mantenemos buena amistad, solo eso. Nunca me informa de sus movimientos. Aunque… los manes sí me han hablado.

—Los manes son espíritus. —Conocía de su existencia por el estudio de los romanos. No le extrañaba que la tomaran por loca.

—¿A ti también te hablan? —preguntó emocionada, no conocía a nadie que compartiera su don.

—Sí, aunque hace tiempo que no se ponen en contacto conmigo. —Le siguió la corriente.

—Eso es porque tu alma no está en paz.

—Desde que salí de mi isla y me encerraron en la crujía del barco no he escuchado sus voces.

—Yo no las escucho, las veo —aclaró.

—¿Y te han advertido del peligro?

—No exactamente, se avecinan cambios. El que porte la lanza del primer hombre determinará el futuro venidero.

—¿Qué significa?

—Buenos augurios. Estoy segura. Debo irme, me echarán en falta. Adiós, forastero.

—Adiós, Dula.

Moke sonrió. No conseguiría la información que necesitaba de la vieja servidora.

Salió del almacén y volvió a su tarea. Cuando se reuniera con Kalani por la tarde, redactarían el segundo mensaje para el capitán Bryce.

Cabían dos posibilidades: alertarlo de que Gaia estaba de camino o mentirle para que se confiara.