CAPÍTULO 20
Nuevos descubrimientos
G ery y Denis nunca imaginaron las dimensiones del búnker ni la cantidad de material almacenado.
Les sorprendió la clasificación de los contenedores, organizados meticulosamente y a conciencia.
Hera le encargó a su asistente que redactara la lista de cada una de las secciones.
Se encontraba realizando la tarea, cuando le llamó la atención una etiqueta: «Equipos informáticos y radio».
—¡Cas! Ven aquí —gritó a la custodia.
—No me llames Cas, ¿qué quieres? —preguntó mientras caminaba hasta su posición.
—Traduce, por favor —dijo apuntando con el lápiz hacia el letrero.
—Equipos informáticos —leyó con lentitud—. No lo sé.
—¡Te pillé, listilla!
—No creo que nadie en la colonia lo sepa. En los libros, la palabra «informático» no aparece.
—¿Y radio?
—Déjame pensar. —Se rascó la cabeza—. Leí sobre como en el siglo XIX, se inventó un artilugio que revolucionó las comunicaciones. Sí, ahora lo recuerdo, se refería a la radio —dijo convencida.
—¿Quieres decir que con esa radio podríamos contactar con otras civilizaciones?
—Para que ocurra, es necesario que los receptores también lo tengan.
—Entiendo, ¿sabrías cómo utilizarla?
—Ni idea, quizá… —Se quedó pensativa unos segundos. El nombre de Moke se le pasó por la cabeza. Si como Hera le había contado, el remero conocía el uso de las armas, cabía la posibilidad de que en el lugar del que procedía contaran con una radio.
—Quizá, ¿qué?
—Nada, es una tontería. Termina con el listado. —Sabía de la oposición del asistente a que Hera hubiera autorizado la entrada de Moke en la colonia y su idea le parecería descabellada.
—¡Ay! —suspiró—. Me había hecho ilusiones. Estoy cansado de contemplar siempre las mismas caras y los mismos cuerpos.
—Y yo de verte y escucharte —ironizó la custodia.
Sin darle más opción a continuar con una conversación que no les llevaría a ningún sitio, lo dejó plantado y se dirigió hacia Hera. Se encontraba junto a las cajas de madera que contenían las armas. Apalancaba con el pico una de las tapas para abrirla.
—Nos llevaremos dos de cada tipo y munición para hacer prácticas de tiro —le informó.
—¿Y si el capitán escucha las detonaciones desde el barco?
—Idearemos la forma de atenuar el sonido. Trae los sacos.
—Ahora vuelvo.
Gery se sentía inútil, así que se adentró en el búnker con la ayuda de una antorcha, hasta que llegó al final del pasillo central que separaba las secciones.
Detrás de la última pila de contenedores, descubrió un hueco en la pared con la suficiente anchura para que una persona de su tamaño pudiera acceder por él.
La alumbró con la intención de calcular la dimensión de la grieta.
Le pareció que a unos metros se ensanchaba.
A diferencia de las paredes del refugio, se veían desnudas sin las placas de metal.
Palpó la superficie de ambos lados, estaban húmedas.
Según Casandra, se encontraba debajo del desierto y no se explicaba las filtraciones de agua.
De modo que, sin avisar al resto del grupo, se aventuró a inspeccionar el pasadizo.
El sudor de la roca maciza que lo cubría caía en pequeñas gotas sobre su cuerpo.
Era una lluvia constante y escuchaba el chapoteo de sus pies en la tierra.
Cuando llegó a la zona de más holgura, el túnel se bifurcaba.
Entonces, el murmullo de una corriente de agua llegó a sus oídos.
Movió la antorcha en dirección del sonido, hacia el lado izquierdo, y advirtió un pequeño caudal; un riachuelo subterráneo.
Decidió seguirlo. No tuvo que recorrer más de cien metros para saber lo que se ocultaba en las entrañas del subsuelo; un gran lago de aguas oscuras.
Ante tal visión, casi perdió el equilibrio.
No solo por el terror que sintió, sino por el suelo resbaladizo que lo rodeaba.
Se agarró con fuerza a un saliente y, como pudo, consiguió no caer.
Respiró aliviado. Se había librado de su mayor pesadilla, morir ahogado.
Retomó el camino de vuelta, con los nervios más templados, para informar a Hera de su descubrimiento.
Cuando asomó la cabeza por la grieta, los tres gritaban su nombre.
—¡Estoy aquí! —Movió la antorcha para hacerse ver.
—¿Dónde te habías metido? —quiso saber Casandra. Era la que estaba más cerca de su posición—. Te necesitamos. Hemos preparado las armas en varios sacos y son demasiado pesados —le explicó sin dar pie a que respondiera.
—Tenéis que venir conmigo. He descubierto un pasadizo detrás de estos contenedores —se apresuró a decir.
Hera escuchó la conversación y se acercó a ellos, seguida de Denis.
—¿Cómo se te ocurre entrar solo? Deberías haber avisado —discrepó de la decisión del protector.
—Sentí curiosidad y vosotros estabais ocupados. Os indicaré el camino y lo que he descubierto .
—Espero que valga la pena, no me gusta la oscuridad y menos los sitios estrechos —se lamentó Denis.
Los cuatro, con ayuda de las antorchas, se adentraron en la oquedad. El asistente se situó entre Hera y Casandra, dejó a esta la última. Gery los guiaba.
—Tened cuidado, el suelo es resbaladizo —les advirtió.
—¿No habrá bichos por aquí? —preguntó Denis.
—Aquí el único bicho que hay eres tú. Camina —le contestó la custodia, y lo empujó dándole un manotazo en la espalda.
—¡Ay! —exclamó.
—Quejica.
—Dejad las discusiones para otro momento y prestad atención a vuestros pies —les aconsejó Hera.
Continuaron por el último tramo hasta el ensanche de la gruta.
—Aquí es. Orillaros pegados a la pared —les aconsejó Gery.
Adelantaron la luz de las antorchas y descubrieron el lago subterráneo de aguas oscuras. El color que adquiría era debido a que estaba cubierto por una gran bóveda de pizarra negra.
—¡Es impresionante! —dijo admirada Casandra.
—¡Es terrorífico! —manifestó Denis—. Salgamos de aquí cuanto antes, este lugar me pone los pelos de punta.
—Callad —ordenó Hera—. ¿Lo escucháis? —Aguardaron en silencio. Gracias a la acústica de la cueva, se oía con nitidez el romper de las olas—. Es el mar —afirmó.
—Imposible, estamos situados debajo del desierto, al menos, a treinta metros de la superficie —aseguró Casandra.
—De igual manera, exploraremos el lago. Se me ha ocurrido una idea que podría funcionar. Si, como creo, en el otro extremo de la cueva existe una playa, sería un buen escondite para ocultar a mujeres e infantes, en caso de que el capitán asaltara la colonia y descubriera el refugio.
—¿Cómo pretendes atravesarlo? —preguntó Gery.
—Con balsas. Por la grieta que hemos entrado sería imposible transportar una barcaza.
—Es una locura —objetó el asistente.
—No lo es. Casandra, mañana, antes de que Kalani regrese a Furia de Volcán, quiero hablar con él. —La custodia asintió sin contradecir los deseos de la patrona—. Volvamos, aún no hemos terminado.
Deshicieron sus pasos en silencio. Entonces, Hera recordó las palabras de Dula tras la aparición de Heket: «El tiempo de las patronas llega a su fin, seguid las aguas oscuras bajo el desierto.
Aquel que porte la lanza del primer hombre pondrá el futuro en vuestras manos».
Sonrió. Había encontrado el significado de la primera parte del acertijo.
Dudaba de que la servidora pudiera comunicarse con los manes y lo achacó a su poder premonitorio.
No era la primera vez que una de sus visiones se hacía realidad.