Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Planes

H era cerró la biblioteca. Quería evitar que otro asistente desvelado descubriera el asesinato a sangre fría que se había cometido. Localizó a Denis, Casandra y Gery. Los cuatro entraron en el aula de los infantes y la patrona les mostró el cuerpo inerte.

—Hay un asesino en la colonia —afirmó con rotundidad.

Denis se agachó, iluminó la cara del asistente con un candil y ahogó un grito tapándose la boca con la mano.

—Es… —No pudo continuar, hacía menos de una hora que se había despedido de él en la palapa. Lamentó su muerte, aunque sus relaciones sexuales eran esporádicas, lo apreciaba.

—Sé porque lo han matado. El capitán Bryce me pidió que le facilitara la ruta para volver a su isla, La Negra.

En un principio, creí no poder darle la información que me solicitaba.

Entonces, recordé la caja de las patronas.

Además de la nota, había un manojo de mapas.

Investigué la situación de su isla y pedí a este asistente que duplicara una parte de la carta de navegación.

Mi idea era ceder a la petición de Bryce y entregársela a su partida.

Alguien se me ha adelantado —explicó apesadumbrada—.

¿Quién de vosotros sabía en lo que trabajaba este pobre?

—Yo —contestó Denis —. Ayer pasé la noche con él, y hoy quería repetir. Hace menos de una hora, mantuvimos una conversación en el porche de mi palapa y me lo comentó.

—Está claro que no estabais solos, os vigilaban —concluyó el protector.

—Gery, mañana, cuando tus hombres regresen de la guardia, quiero que los interrogues —ordenó Hera—.

Casandra, sé que con la niebla es difícil, por no decir casi imposible, que desde las torres de las vigías tuvieran visibilidad, no obstante, indaga por si han observado un movimiento extraño en los alrededores del aula de los infantes.

—¿Y el remero? —preguntó Denis.

—¿Qué ocurre con él? —quiso saber Hera.

—Ha coincidido su llegada a la colonia con este suceso.

—No es por defenderlo, pero ayer, tras la entrevista, lo acompañé hasta el barracón y una de las custodias lo encerró con el resto de los obreros —aclaró Gery.

—¿Y los heridos del barco? —preguntó Casandra.

—Los he visitado, uno de ellos está grave y el otro con una pierna rota. —Hera los descartó.

—Los habitantes de la colonia viven atemorizados desde la llegada del capitán Bryce. La muerte a sangre fría de uno de los nuestros provocará mayor desconfianza —explicó Casandra—. ¿Qué haremos?

—Seguiremos con el plan previsto, entraremos de nuevo en el refugio.

Es de vital importancia conocer el manejo de las armas, debemos estar preparados —añadió Hera—.

Hasta ahora, he pospuesto informar a Gaia de nuestra situación, me temo que ha llegado el momento de enviarle una misiva. Necesitamos su ayuda.

—Que llegará tarde, al menos tardará diez días en cruzar el desierto —aclaró la jefa de las custodias.

—Lo sé, confiemos en que el capitán espere a que el barco esté reparado. Es su única vía de escape si conseguimos atajar su ofensiva.

—¿Qué es aquello? —preguntó Gery. Tomó un candil y rodeó la mesa, se agachó y cogió un lapicero ensangrentado—. El que lo mató está herido. —Se lo mostró a Hera.

—Denis, te encargarás de llevar a cada uno de los habitantes de la colonia a la sala de curas. Serán examinados por las sanadoras.

—¿A los obreros también?

—A todos: hombres, mujeres e infantes —puntualizó—. Si el asesino es uno de los nuestros, lo descubriremos. Gery, ¿cabe la posibilidad de que algún hombre de la tripulación haya atravesado el cordón de seguridad de la bahía?

—Lo dudo. A pesar de la densa niebla, cualquier chapoteo en el agua los hubiera alertado.

—De igual manera, mañana, cuando subas al barco, mantén los ojos bien abiertos. Puede que la herida esté al descubierto.

—Así lo haré.

—Diremos que el asistente ha muerto repentinamente. No debemos alarmar a la población.

—En la sala de curas, preguntarán a las sanadoras el motivo del examen médico —añadió Denis.

—No es la primera vez que realizamos un chequeo general para prevenir una enfermedad contagiosa. Así se lo haremos creer.

—¿Qué hacemos con él? —Denis dirigió una mirada lastimera al fallecido.

—Lo dejaremos aquí hasta el amanecer. Asignaré la tarea de amortajarlo a una servidora discreta. Es tarde, recoged vuestras armas, os espero en el almacén.

***

Cole subió la escalinata de Furia de Volcán con la ayuda de dos marineros. En cubierta, lo esperaba ansioso el capitán. El segundo de a bordo se despojó del equipo de buzo y tomó aire.

—Has vuelto pronto. ¿Tienes la información que te pedí? —inquirió.

—Ha surgido un contratiempo y no he inspeccionado todos los edificios.

—¿Qué clase de contratiempo? —preguntó con gesto malhumorado.

—Me temo que en la colonia hay uno menos.

—¡Maldita sea! Desembucha, inútil.

—Escuché una conversación entre el asistente Denis y otro hombre. Hablaron de un encargo de la patrona, sobre la copia de unos mapas. Seguí al desconocido hasta lo que parecía ser una escuela…

—¿Una escuela? —lo interrumpió—. Eso quiere decir que hay niños. Bien hecho, Cole. Sabía que me mentían.

—El aula era amplia, me atrevería a decir que podría dar cabida a más de cincuenta alumnos.

—Nos pagarán bien por ellos y, ¿sabes dónde los ocultan?

—Me temo que no.

—¿Y a las mujeres fértiles?

—Tampoco. Como te decía, accedí a una sala contigua al aula. Allí encontré al asistente al que seguí. Lo obligué a entregarme los mapas y el muy imbécil me atacó con un lapicero. —Le mostró la herida del muslo, que aún sangraba—. Mi cuchillo le rebanó la garganta.

—¡Un maricón menos! ¿Alguien te vio?

—No, que yo sepa. La niebla me ayudó a ocultarme.

—Muéstrame los mapas —exigió impaciente.

Cole cogió la bolsa hermética, la abrió y se los entregó. Bryce se dirigió a su camarote, los extendió sobre la mesa y acercó la lámpara de aceite.

—Aquí está, La Negra —rumió.

Con el dedo dibujó la distancia que la separaba de la costa del norte.

Echó mano de la regleta y con un lápiz marcó la ruta de navegación.

Observó que, si trazaba una línea desde el archipiélago Aare a su isla y otra en dirección a la colonia, se formaba un triángulo equilátero perfecto.

Había escuchado historias sobre el triángulo maldito.

Era una zona dónde las embarcaciones desaparecían.

Para el regreso, evitaría atravesarlo. Lo bordearía.

Seguro que la brújula funcionaría de nuevo al tomar esa ruta alternativa.

Sonrió satisfecho. La visita de su segundo a la colonia le había proporcionado la información que necesitaba, solo debía esperar que el remero la completase.

Cuando lo hiciera, tramaría su plan de ataque.

Nunca imaginó que una tormenta le proporcionaría un botín tan suculento.

Se relamió al pensar en la carne fresca de las mujeres y vio sus bolsillos llenos con la venta de los niños en el continente.

Aquella noche lo celebró abriendo una botella que guardaba para una ocasión especial.

Cole no apareció en el camarote y terminó dormido en la silla, con la cabeza sobre la mesa y una sonrisa imborrable en sus labios.