CAPÍTULO 17
El intruso
U nas horas antes, en Furia de Volcán, cuando la niebla comenzaba a cubrir la colonia, el capitán Bryce tomaba una decisión.
En el barco disponían de un traje de buzo y oxígeno para que un hombre pudiera sumergirse hasta la playa y regresar.
Su objetivo sería descubrir una posible entrada o un acceso desprotegido por el ejército de Hera.
El elegido para la misión fue Cole, dada su experiencia.
—No corras riesgos innecesarios. Si consigues atravesar el cordón de seguridad, deja el equipo enterrado en la arena.
Comprueba cuantas personas están apostadas en las torres de las vigías.
No creo en las palabras de la patrona, sé que hay mujeres fértiles y niños.
Realiza una inspección ocular por los edificios y localiza el almacén de los suministros.
Toma, llévate esta túnica, por si te descubren.
—Le entregó una gris, como la que utilizaban los asistentes, y la guardó en una bolsa con cierre hermético, junto a un cuchillo.
—¿De dónde ha salido?
—A uno de los marineros heridos que atendieron le rasgaron sus vestiduras y una mujer se la dio para regresar al barco.
—Me vendrá bien. Pasaré desapercibido .
Cole se ajustó el traje de buzo, bajó a uno de los botes y desde allí, se lanzó al agua provisto de una linterna para desplazarse los primeros metros, después atravesaría las barcazas de los protectores a ciegas.
No era la primera vez que buceaba en la noche, y confiaba en su sentido de la orientación.
Calculó mentalmente la distancia y comenzó a nadar con ayuda de las aletas.
Cuando comprobó que la profundidad de la bahía era menor, apagó la linterna y subió unos instantes a la superficie.
Asomó la cabeza, y casi fue descubierto al toparse con uno de los botes a pocos metros de distancia.
Se sumergió de nuevo y los sorteó sin dificultad.
No tardó en alcanzar el muelle. Allí mismo, bajo el entablado, se quitó el traje y lo enterró con el equipo.
No había ninguna guardia en el embarcadero, así que, vestido con la túnica gris y el cuchillo oculto en la bota, comenzó la exploración.
En el exterior de una de las palapas, divisó a dos asistentes que conversaban.
Rodeó el edificio y se situó en el lateral más cercano, desde donde podía escucharlos con nitidez sin ser visto.
—¿Repetiremos esta noche? —dijo uno de ellos, lo reconoció por la voz. Era el asistente de la patrona, los recibió el primer día que llegaron.
—Debo terminar un trabajo para la patrona, ayer no me dejaste —contestó zalamero.
—¿Tan importante es?
—Sí, quiere que copie un mapa de la costa de la colonia y la ubicación de unas islas.
—Qué extraño, no me comentó nada.
—Espero no haber metido la pata, si te pregunta, tú no sabes nada.
—Tranquilo, me imagino que me lo explicará llegado el momento. De todas formas, si terminas antes de medianoche, pásate por mi palapa.
—¿Antes de medianoche?
—Sí, después tengo que… Es igual. Vete, no quiero hacerte perder el tiempo .
Cole percibió un silencio, supuso que ambos se despedían.
Solo imaginar cómo dos hombres unían sus lenguas le revolvió el estómago.
El capitán había solicitado a Hera la ruta de navegación para regresar a La Negra, y ella alegó que no disponía de esa información.
Dedujo que se guardaba ese as en la manga para que Bryce se abstuviera de romper el trato o nunca saldría de la bahía.
Aguardó un minuto, el asistente de la patrona entró en la palapa y decidió seguir al otro.
La niebla en el poblado no era tan densa como en altamar y no lo perdió de vista.
Dejó atrás un edificio rodeado por un muro.
Intuyó que sería donde se alojaban los obreros encargados de la reparación del barco, por los comentarios que estos hacían cuando trabajaban.
Tampoco tenían apostada la guardia esa noche.
Luego se topó con otro, tardó en reconocerlo, creyó recordar que estaba protegido por un muro de madera y que ya no existía.
El asistente continuó su camino hasta llegar a un último edificio, abrió la puerta y desapareció.
El capitán no lo perdonaría si desaprovechaba la oportunidad de hacerse con los mapas, de modo que se aventuró a seguirlo.
No tenía intención de hacerle daño, aun así, sacó el cuchillo de su bota.
Entró con cautela en lo que parecía ser una escuela, por la pizarra y los útiles de escritura colocados en una estantería.
Le llamó la atención que no hubiera sillas o mesas, solo alfombras en el suelo.
Se desplazó pegado a la pared hasta otra puerta, guiado por la luz que salía de la rendija.
Desconocía si el asistente estaba armado y optó por no sorprenderlo.
Debía pensar rápido, si esperaba a que terminase el trabajo y saliera, perdería un tiempo demasiado valioso.
La otra alternativa era actuar con naturalidad.
El brazo derecho con el que sostenía el cuchillo lo ocultó detrás de la espalda, y con los nudillos del izquierdo dio unos golpes en la madera.
—¿Quién es?
—Soy yo —dijo con voz melosa, imitando el timbre de Denis.
Se escuchó el arrastre de una silla y los pasos del asistente.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó mientras abría—. Te he dicho…
No terminó la frase. Cole lo agarró por los hombros y lo giró con rapidez para evitar que descubriera su identidad. Le tapó la boca y le colocó el filo del cuchillo en la garganta.
—No grites y no te pasará nada. ¿Dónde están los mapas?
El hombre señaló la mesa. Cole lo arrastró hasta ella.
—Dóblalos despacio, si haces un movimiento extraño, no saldrás vivo de aquí.
El asistente comenzó a recoger los documentos, entonces cometió un grave error.
Alcanzó uno de los lapiceros y con un movimiento, se lo clavó a su atacante en el muslo.
El dolor agudo que sintió Cole no fue suficiente para impedir que su cuchillo se hundiera en la garganta del asistente.
Lo vio desplomarse en el suelo, lo escuchó vomitar sangre y, en menos de un minuto, su cuerpo se quedó inmóvil.
Se maldijo a sí mismo por haber matado a aquel infeliz.
Recogió los mapas, y con una leve cojera abandonó el edificio.
Su expedición en la colonia había terminado.
Regresó al muelle con la precaución de que nadie lo siguiera.
Localizó sus pertenencias, guardó los pliegos y el cuchillo en la bolsa hermética.
Se cambió de nuevo y se adentró en la playa.
Con la premura de su huida, olvidó la túnica gris en la arena.