Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

El contratiempo

E n cuanto Moke la dejó a solas, Hera se dispuso a buscar el mapa con la situación de La Negra y las islas cercanas.

Recordó que el asistente encargado de dibujar la copia todavía lo tenía en su poder.

Quedaban unas horas para la media noche, tendría tiempo suficiente para visitar la sala de curas de los heridos del barco, a Minerva y la biblioteca.

Con esa intención salió de la palapa. La vieja servidora Dula la abordó antes de que pudiera bajar del porche.

—Hera, debo hablar contigo.

—¿Es urgente? Me dirigía a…

—Entremos —la interrumpió. La agarró del brazo y la arrastró dentro de la palapa.

—¿Esta es tu forma de tratar a la patrona? —soltó airada.

—Te he visto nacer y te puse a mamar en la teta de tu madre, por no hablar de las veces que me pediste consuelo, así que sí —contestó enérgica.

—Contigo no hay quien pueda —ambas sonrieron. La confianza era mutua.

—Los manes 1 me han hablado .

—Dula, te lo he dicho en otras ocasiones; los manes descansan en el Samada y no se comunican con nosotros. —Concluyó que la lucidez de su servidora favorita mermaba con el paso de los años. Hera consentía sus desvaríos porque la apreciaba.

—Después de asear al remero, y ayudar en las cocinas, salí a contemplar la puesta de sol.

Es el mejor momento para sentir su presencia.

El cielo se tornó como el fuego, las aguas se embravecieron y entonces se dibujó su imagen ante mí —explicó, a la vez que movía sus brazos para dar énfasis a la visión.

—¿La imagen de quién?

—De la mismísima Heket.

—Eso es absurdo, sería una alucinación. ¿Comiste setas hoy?

—No, escúchame. —Se acercó a ella y la tomó de las manos—. Sé que la vi, era ella, me lo dijo.

Hera se soltó de su agarre con ternura y le acarició la mejilla.

—Dula, no dudo de que la viste, pero…

—¿No me crees? No estoy loca, déjame hablar al menos.

—De acuerdo —aceptó la petición por no contradecirla. Sintió lástima y no era necesario herirla con su rechazo.

—Intentaré recordar con exactitud lo que me reveló.

—Hizo una pausa, cerró los ojos y al abrirlos, Hera descubrió una mirada perdida—.

«El tiempo de las patronas llega a su fin, seguid las aguas oscuras bajo el desierto.

Aquel que porte la lanza del primer hombre pondrá el futuro en vuestras manos».

—Al escucharla, le recorrió un escalofrío, como si Heket hubiera hablado por su boca.

—¿Qué quiere decir? —preguntó atónita. Esas palabras no tenían ningún sentido. Si bien, reconocía que estaba próximo el fin del gobierno de las colonias, tal y como fue concebido en los primeros tiempos, el resto del mensaje manifestado por Dula carecía de cualquier lógica.

—No lo sé, debo irme.

La servidora, aún ausente, se giró y dejó a Hera pasmada. Resopló, se recompuso y decidió olvidarlo. Quedaba mucho por hacer antes de entrar de nuevo en el refugio .

Su primera parada fue en la sala de curas de los marineros, solo quedaban dos convalecientes: uno, con la pierna entablillada, y otro, con una herida abierta en el costado.

—¿Cuándo podrán regresar al barco? —preguntó a la sanadora que se ocupaba de sus cuidados. Era una mujer joven, con poca experiencia en el nuevo cargo.

—El de la pierna necesita una cura diaria, el hueso le atravesó la carne y no ha pasado el peligro de que se le pueda infectar. —La mujer se acercó al oído de Hera—. ¿Podemos hablar fuera? —preguntó con preocupación.

—Sí, claro.

Ambas salieron y caminaron unos metros, hasta que se cercioraron de no ser escuchadas.

—El otro no saldrá de esta, tiene afectado el pulmón y el hígado, respira con dificultad y ha comenzado a orinar sangre, no durará mucho —habló sin levantar la voz.

—Entiendo, habrá que comunicárselo al capitán.

—Me da miedo ese hombre, pensará que su marinero no ha recibido las atenciones necesarias —argumentó asustada.

—No te preocupes, yo me encargaré de avisarlo. Vuelve con ellos, y no los pierdas de vista. Si hay cualquier cambio en el estado de salud del marinero malherido, notifícamelo de inmediato.

—Así lo haré.

Observó a la chica regresar a la sala de curas, a la vez que se levantaba la niebla a su alrededor.

Recorrió la distancia que la separaba del alojamiento de Minerva y entró sin pedir permiso, como era su costumbre.

Se extrañó al no encontrar a nadie junto a la cama de la patrona del Este.

Supuso que la sanadora habría salido a cenar.

Apartó la mosquitera y observó el cuerpo inmóvil.

Parecía dormida. Su piel, antes dorada por el sol, se veía blanquecina, a pesar de ello, las mejillas sonrosadas advertían su mejoría.

Se sentó a su lado, peinó su larga melena con los dedos y la tomó de la mano.

—Hemos encontrado un búnker en el antiguo refugio.

Te asombrarías de descubrir la cantidad de material almacenado.

Imaginé a tu asistente Artis en aquel lugar.

Seguro que disfrutaría con el estudio de la documentación y de los libros ocultos en los contenedores; el gran secreto, la historia del último siglo antes de la guerra.

También hemos hallado las armas prohibidas, no se destruyeron.

Si el capitán Bryce nos ataca, no me quedará otra opción que utilizarlas y temo desencadenar una nueva guerra.

Siempre he huido de la violencia, no creo que el uso de la fuerza sea necesario para mantener el orden.

Sí, lo sé, tú no piensas igual. Tú dirías: «Quien tiene las armas tiene el poder» —impostó la voz dura de Minerva y sonrió—.

Aún debo hacer una última visita a la biblioteca, volveré mañana.

—Soltó su mano y la arropó con la sábana—.

Necesito que despiertes, tu destino no es permanecer postrada hasta que el Samada abra sus puertas para ti. Lucha, eres una guerrera.

La biblioteca se encontraba en dirección opuesta.

Dejó atrás las palapas, el barracón y el pabellón, que gracias a la liberación de los sementales y a la urgencia de la reparación del barco, se había librado del muro que lo rodeaba.

Al acercarse al aula de los infantes, observó la puerta principal abierta.

Entró con cautela y miró a su alrededor.

La estancia era diáfana, cubierta por alfombras trenzadas de lino y alumbrada bajo la penumbra de un par de candiles de aceite.

Echó de menos su lanza y cogió el primer objeto cercano a modo de defensa; una de las tablillas de los asistentes.

La puerta de acceso a la librería también estaba entreabierta, aunque a oscuras.

Con la mano que tenía libre, descolgó uno de los candiles y barrió la estancia con la escasa luz que emitía.

Bajo la mesa central, donde los asistentes estudiaban los escritos y preparaban las clases, divisó el cuerpo de uno de ellos.

Estaba bocabajo y, junto a su cabeza, observó un charco de sangre.

Corrió hacia él, sin valorar la posibilidad de que el causante de aquel acto salvaje pudiera estar al acecho.

Se acuclilló, le tomó el pulso en el cuello y no advirtió signos de vida.

Lo volteó y descubrió su identidad. Era el asistente a quien había encargado la copia de los mapas. Se levantó y alumbró la mesa.

No encontró ningún documento.