Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La entrevista

H era recapacitó sobre la idea de mantener en secreto lo hallado en el refugio a Denis y Gery.

Así que los convocó en su palapa antes de entrevistarse con el remero reclutado por Kalani.

Si ese hombre desconocía el manejo de las armas, no le serviría para nada.

Sacó su diario, se colocó las gafas y escribió lo descubierto la pasada madrugada.

Su vista empeoraba a pasos agigantados, que unido a los dolores de cabeza, la irritación en los ojos y el escozor, la limitaban cada vez más.

Había consultado a su sanadora de confianza, y concluyó que podrían ser cataratas o glaucoma, este último la dejaría ciega.

En la colonia no existían medios ni tratamientos para esas dolencias.

La visita del capitán Bryce había supuesto un paréntesis en sus planes y sabía que no le quedaba mucho tiempo.

Si antes de proclamar la libertad de los rangos, las custodias y los asistentes descubrían su enfermedad, tendría que entregar el cargo a Casandra.

Su intención era mandar una misiva a Gaia, había demorado en ponerla al corriente de la situación debido a su bajo estado de ánimo; los días pasaban y no descartaba que el capitán los atacara.

Ella era su única aliada y podría necesitar su ayuda.

Tardaría diez jornadas en cruzar el desierto, si la caravana no se topaba con alguna adversidad.

El tiempo jugaba a favor de Bryce. La estación invernal propiciaba la formación de bancos de niebla, y aunque Casandra había organizado a los protectores para las guardias en la bahía, no podrían atajar una ofensiva con los cañones de Furia de Volcán.

Cerró el diario, se quitó las lentes y se limpió los ojos llorosos con las manos. Se levantó del escritorio y salió al porche de la palapa. Necesitaba respirar aire fresco. Enseguida divisó a sus tres personas de confianza: Gery, Casandra y Denis. Los saludó desde su posición.

—Entrad —les ordenó.

Hera se sentó en su sillón, los demás la imitaron y se acomodaron junto a la mesa central.

—Denis, Gery, antes de comenzar con la reunión, quiero advertiros de que lo que se hable aquí no debe llegar a oídos de los habitantes de la colonia y, mucho menos, de la tripulación del barco.

—Por supuesto —dijo Denis, convencido de que el comentario se dirigía a él.

—Sí, Hera —añadió el protector.

—Hace cien años, cuando se fundaron las colonias, las primeras patronas redactaron una carta para sus sucesoras. Esta ha permanecido sellada hasta hace unos días.

Se levantó, abrió uno de los cajones del escritorio y sacó el sobre. Luego volvió a su lugar, se colocó las lentes y procedió a la lectura del documento. A medida que avanzaba, los gestos de asombro se dibujaban tanto en la cara del asistente como en la del protector.

—¿Por qué lo hicieron? —preguntó Gery.

—Desconozco los motivos, aunque el fin está claro. Construyeron una sociedad matriarcal, desvincularon a los hombres de la toma de decisiones y dictaron sus normas con el supuesto propósito de mantener la paz .

—¿A costa de la libertad?

—Sí, así es, y eso no es todo. Casandra y yo hemos descubierto el refugio oculto tras el almacén. Hay miles de contenedores con aquello que creímos que se destruyó. También hay armas de fuego.

—¿Cómo las del capitán? —preguntó Denis.

—Supongo que sí. Mi desconocimiento sobre ellas es total, por este motivo y con mi consentimiento, Casandra pidió a Kalani que solicitara al capitán liberar a uno de los remeros.

—¿Kalani está al tanto? —quiso saber Gery.

—No, le mentimos. Cree que es para aligerar su trabajo.

—¿Vas a pedir ayuda a ese remero? —preguntó Denis desconfiado.

—¿Se te ocurre otra idea mejor? —quiso saber Casandra.

—Cas, es un intruso —afirmó el asistente—. No le importa nada de lo que pase en la colonia y puede que vaya con el cuento al capitán —su comentario  no distaba mucho de la realidad.

—No me llames Cas, y es un riesgo que tendremos que correr. Moke, como así se llama, permanecerá en tierra hasta que el barco zarpe. No le daremos la oportunidad de contactar con ningún hombre de la tripulación.

—Esta noche, volveremos a entrar los cuatro en el refugio. Sacaremos armas y se las mostraremos mañana a Moke, siempre que en la entrevista de hoy, admita que sabe utilizarlas. Es nuestro único recurso en caso de que el capitán nos ataque —explicó la patrona.

—No me parece buena idea. Si esas armas han estado escondidas durante cien años, tendrá su razón de ser —añadió Denis, se mostraba tan reticente como con la liberación del rango de los obreros.

—Somos los responsables de mantener la colonia a salvo, os necesito a todos —recalcó—. Estáis a tiempo de renunciar a vuestro cargo, seguro que será fácil reemplazaros. —Hera los amenazó, aunque no era su estilo de ejercer el liderazgo.

—Cuenta conmigo —dijo Casandra.

—Y conmigo —añadió Gery .

Denis sabía el privilegio que ostentaba como asistente de la patrona, no estaba dispuesto a ejercer en el módulo de las parideras o de aguantar a los infantes, así que no le quedó más remedio que apoyar la idea de Hera.

—Hemos terminado, os espero en el almacén después de la medianoche. Gery, trae al remero.

El protector se encaminó hacia el barracón, se cruzó con Dula en la puerta de los baños de los obreros cuando esta salía.

—¿Está preparado?

—Como si hubiera nacido de nuevo, menudas greñas traía.

El comentario de la servidora despertó una sonrisa tímida de Gery.

—No eres insensible —comentó la mujer.

—¿Qué quieres decir?

—Has sonreído.

—Grrr.

—Ahora eres tú otra vez.

—Basta de conversación, Hera nos aguarda.

—Si a esto le llamas conversar… —Dula se alejó meneando la cabeza de un lado a otro.

Él la observó mientras se alejaba; en la colonia se decía que estaba un poco loca, quizá por la enfermedad de la vejez. Se giró en dirección a la puerta y no tuvo que avisar al remero. Allí estaba, frente a él, aseado y limpio.

—Sígueme —ordenó con sequedad el protector.

—Necesito calzado, Dula solo me entregó la túnica.

Gery bajó la mirada a los pies de Moke.

—¿Y el tuyo?

—Llegué descalzo. Cuando nos encadenan, es lo primero que nos quitan. —Hasta ese instante el protector no se había percatado de ello.

—En el trayecto pararemos en la casa de acogida, seguro que habrá un par de sandalias para ti .

—Gracias.

A Moke se le hizo la boca agua cuando entró en las cocinas del edificio.

Las mujeres vestidas de blanco remolineaban alrededor de los fogones, movían los caldos y aderezaban los guisos.

El olor a jengibre y menta le recordó a los platos típicos de su isla y a la buena mano culinaria de su mujer.

La voz de Dula lo sacó de sus pensamientos.

—¿A qué debo este honor? —preguntó con socarronería a Gery.

—Busca unas sandalias que le sirvan. —Señaló con la lanza los pies del remero.

—¿Cuánto mide tu pie?

—No lo sé, mi número es el cuarenta y dos.

—Entiendo, aquí fabricamos el calzado a medida.

—Dula se agachó con dificultad, y extendió los dedos meñique y pulgar a lo largo del pie de Moke—.

Palmo y medio. Ahora vengo. —Se levantó con esfuerzo del suelo y se adentró en una sala contigua a la cocina.

No tardó en volver con un par de sandalias—.

Aquí las tienes, cuídalas bien. La piel procede de los bosques de la Colonia del Sur y ahora no nos llegan…

—Vuelve a tus quehaceres —le cortó Gery. Esa mujer tenía la virtud de soltar lo que se le venía a la cabeza, sin tener en cuenta las consecuencias. El remero no debía enterarse de la enemistad de Nut con Hera desde el enfrentamiento con Gaia en el Oeste y que los trueques se habían paralizado.

—A sus órdenes, protector. —Bajó la cabeza y le dedicó una reverencia exagerada.

—Grrr. No perdamos tiempo.

Después de que Moke consiguiera atarse las sandalias, los dos salieron de la casa de acogimiento en dirección de la palapa de Hera. El remero abarcó con la mirada los edificios que lo rodeaban, las torres de las vigías, y le extrañó no escuchar el alboroto de los críos jugando en la playa.

—¿No hay niños en la colonia?

—¡No! —contestó enérgico. La misma pregunta se la formuló el capitán Bryce cuando intentó convencerlo para unirse a él—. ¿A qué se debe el interés por averiguarlo?

—Solo sentía curiosidad, tengo una hija y por las tardes salía con su madre a pasear, echo de menos sus risas y parloteos. Me hubiera gustado oír voces infantiles que me recordaran a ella.

Gery no cambió la expresión huraña de su rostro y le indicó que caminara. La respuesta de Moke lo convenció a medias. No tardaron en llegar a la palapa de la patrona.

—Pasa, te espera —le ordenó.

Cuando el remero entró, Hera estaba sentada en su sillón. Alzó la cabeza y le echó un vistazo, advirtió que su estado físico era deplorable.

—¿Cómo te llamas?

—Moke.

—¿De dónde procedes?

—De una isla del archipiélago Aare —omitió nombrar la isla de Nessei, para evitar que lo relacionara con Kalani.

Hera hizo una pausa, cuando consultó los mapas ocultos en la caja de las fundadoras, creyó haber visto ese nombre. Prosiguió con el interrogatorio, lo comprobaría en cuanto terminara con el remero.

—¿Desde cuándo navegas en Furia de Volcán?

—Hace cinco años que el capitán me encadenó en la crujía.

—¿Cuál fue tu delito?

—No matar a Bryce cuando tuve la oportunidad. —La contestación fue del agrado de la patrona.

—Explícate mejor.

—Subí al barco armado con la intención de cogerlo desprevenido en su camarote, cuando quise darme cuenta, Furia de Volcán levaba anclas y antes de que pudiera saltar al agua, el capitán y Cole me atraparon.

—¿A qué tipo de arma te refieres?

—Una pistola .

—¿Cómo la que lleva Bryce en su cinturón?

—Exactamente no, la mía era una Glock G43 de calibre 9x19 mm Parabellum, y la del capitán es una Beretta M9.

—Veo que tienes conocimientos de las armas de fuego.

—De todo un poco, soy mae.. muy curioso —rectificó.

—¿Sabes reparar barcos? —Hera no olvidaba que el supuesto motivo de que estuviera en tierra firme era otro.

—No, mi oficio es la carpintería.

—Perfecto, será suficiente, estarás a las órdenes de Kalani. Puedes irte.

Moke asintió, giró sobre sus pies y salió de la palapa.

Hera sonrió satisfecha.