Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 14
30%

CAPÍTULO 14

Moke

A Moke, la visión de la costa de la colonia lo transportó a la isla de Nessei dada la similitud de la playa de arena blanca, los acantilados verticales que delimitaban la bahía y las esbeltas palmeras.

Descubrió con angustia el muro que la rodeaba, y pensó si su situación mejoraría; había sido liberado de un encierro flotante para terminar prisionero en una tierra desconocida.

Le asaltaban las dudas sobre su verdadera misión.

El pelirrojo no le dio muchas explicaciones.

Mientras Kalani remaba en dirección al muelle, Gery no le quitaba el ojo de encima.

Desconocía por qué Hera o Casandra no le habían informado del asunto que se traían entre manos con el remero; incluso se sintió humillado por no haberle delegado a él esa tarea y sí darle su confianza al obrero para llevarla a cabo.

El bote que los traía de regreso alcanzó el embarcadero.

El primero en salir fue Gery, como siempre.

Su fobia seguía intacta, aunque había aprendido a disimular los sudores fríos que le recorrían el cuerpo en cada viaje.

Kalani le indicó a Moke que era su turno.

Al poner el pie en tierra firme, sintió que las piernas le flaqueaban, se tambaleó hasta que consiguió mantener el equilibrio.

Había pasado cinco años en el barco. Habituado al balanceo, supuso que tardaría unos minutos en acostumbrarse a caminar en línea recta.

En la playa, los recibieron un grupo de hombres y mujeres con armas rudimentarias, vestidos de verde, como el grandullón que lo había acompañado. Una joven menuda, de no más de treinta años y media melena caoba, se adelantó al resto.

—¿Este es el remero? —Lo miró de arriba abajo. Su aspecto desdeñado, la ropa raída y el olor no pasaron desapercibidos para Casandra.

—Sí, su nombre es Moke —contestó Kalani.

—Sabía que lo conseguirías. Llevadlo a los baños de los obreros, haced que una servidora lo adecente y le dé una túnica marrón. No puede presentarse ante la patrona con este aspecto.

—Lo acompaño —se ofreció Gery.

—No, Hera nos ha convocado a los tres para una reunión urgente en su palapa.

—¿A él también? —Señaló a Kalani con la lanza.

—Nooo, a Denis —aclaró Casandra cuando advirtió la cara de indignación del protector—. ¡Anda, vamos! —Tiró de su brazo con fuerza—. Los protectores se encargarán de ellos.

Kalani sonrió. Estaba claro que a Gery no le había sentado nada bien que él hubiera llevado la negociación con el capitán.

—Cuando nos dejen a solas, te contaré cual es mi plan y por qué te he elegido —susurró cerca del oído de Moke. Este asintió.

Los custodiaron hasta el recinto del barracón de los obreros.

Durante el camino, al remero le parecía extraño andar sin los grilletes en sus tobillos.

Una vez allí, entraron en los baños. Ambos se desvistieron y accedieron a la zona de duchas.

Moke recibió el agua dulce sobre su cuerpo como el mayor de los placeres, a la vez, se frotaba a conciencia con un pedazo de jabón.

También enjuagó la sangre reseca de la yema de sus dedos.

Lamentó que la alegría solo durara cinco minutos, el tiempo máximo permitido para los obreros.

Kalani le entregó una toalla de lino al salir.

—Vendrá una servidora a cortarte el pelo y la barba, no tardará .

—¿Quién eres? —se adelantó el remero con su pregunta.

—Kalani, también procedo de Nessei. Llegué a la costa de la colonia hace treinta años. El barco de mi padre naufragó y creía que era el único superviviente de aquella tragedia. Hace unos días, descubrí que Moana, una mujer a la que conocí cuando era una niña, también sobrevivió.

—Yo nací unos meses después de aquel naufragio, recuerdo haber escuchado a mis padres hablar de él. ¿Cómo sabías que era de la isla?

—Por tu tatuaje en la espalda. —Se alzó la túnica y le mostró el suyo.

—¡Dios me ha escuchado! —Sin previo aviso, lo abrazó. Luego, se separó avergonzado—. Perdona la efusividad. Es un milagro que nos hayamos encontrado. Cuando me hiciste la oferta de bajar a tierra, desconfié de tus intenciones. Ahora, puedes contar conmigo para lo que necesites.

—Gracias. Seré breve. Espero poder explicártelo antes de que llegue la servidora. Tengo un acuerdo con el capitán Bryce; cuando el barco esté reparado, zarparé en Furia de Volcán junto con Moana. He conseguido un pasaje para ella.

—El capitán no es de fiar y sus actos sanguinarios lo preceden. Tiene aterrorizado al archipiélago Aare y nuestra isla recibe su visita cada cierto tiempo. Después de su último ataque, el gobernador consiguió llegar a un acuerdo comercial con él. ¿Cómo sabes que cumplirá su promesa?

—Soy constructor, me quedaré en La Negra hasta completar la revisión del barco, después navegaré hacia Nessei.

—¿Crees que te dejará ir sin más?

—Durante el tiempo que permanezca allí, enseñaré el oficio a otros hombres. La distancia a nuestra isla se puede recorrer con un velero de pocos metros de eslora. Lo construiré.

—Es una locura. ¿Tan mal se vive en la colonia ?

—Nada es lo que parece.

—Ya he visto el muro de este edificio.

—Aquí los hombres estamos a merced de la patrona y sus custodias. Parece que Hera quiere cambiar las normas, pero no sé si llegará a conseguirlo. Hay disidentes que no se lo pondrán fácil, y no quiero estar aquí cuando suceda.

—¿Y qué pinto yo en ese plan?

—Moana está… inconsciente. No sé si despertará antes de que Furia de Volcán zarpe de la bahía. Me ayudarás a subirla al barco, ya pensaré cómo. Bajo ningún concepto el capitán debe saber que es una mujer.

—Cuando mi misión acabe, Cole me encadenará de nuevo. No obtengo ningún beneficio si colaboro contigo.

—Conseguiré tu libertad. ¿Tienes familia en Nessei?

—Sí, mi mujer y una hija.

—Regresaremos juntos a nuestro hogar. Por cierto, ¿qué quería el capitán?

—Nada…

En ese instante, escucharon un par de golpes en la puerta y la voz de una mujer solicitando permiso para entrar.

—Hablaremos en el barracón esta tarde, después de la entrevista con Hera. Recuerda que eres un carpintero.

—No lo olvidaré, gracias.

Kalani dejó a solas a Moke con la servidora.

La mujer lucía unos mofletes sonrosados, dedujo que pasaba de los sesenta por su pelo blanco y recogido en una trenza enroscada encima de la cabeza.

Traía un pequeño banco y los utensilios para adecentarlo.

Le indicó que tomara asiento. Lo cogió de la barbilla y giró su cabeza de izquierda a derecha.

—Estas greñas no tienen arreglo, tendré que pelarte al uno. La barba la recortaré o ¿quieres que te afeite?

—Lo dejo en sus manos, señora —contestó Moke.

—¿Señora? ¿De dónde has salido? Puedes llamarme por mi primer nombre, Dula.

—El mío es Moke.

La servidora sonrió, sacó de su mandil unas tijeras, una navaja y enjabonó a conciencia la barba. Cuando la mujer acercó el filo de la hoja a su cara, él la agarró por la muñeca.

—Con cuidado, mejor recórtala un poco, me sentiré desnudo sin ella.

—Tranquilo, nunca he cortado a nadie, aunque si te soy sincera, lo hubiera deseado.

—¿A quién?

—No hables, tengo que hacer mi trabajo. La patrona te espera.

—¿Cómo es ella?

La servidora se colocó con los brazos en jarra.

—¿Qué te acabo de decir? Calla. Te lo contaré si mantienes la boca cerrada y no haces más preguntas.

—Moke asintió, y Dula continuó con su trabajo—.

Hera fue madre, antes que patrona. Perdió a su hijo con apenas un mes de vida, lo recuerdo bien porque me costó un día convencerla de que me lo entregara.

Después, ya no fue la misma, perdió su alegría.

—¿No pudo tener más hijos?

—Las patronas, cuando son nombradas, juran el celibato. Es una mujer juiciosa e inteligente. Sabe dar buenos consejos y contener la ira, no como otras patronas.

—¿Otras?

—No te muevas. Sí, como Nut, la patrona del Sur. Es odiosa y engreída, o Minerva la del Este, la guerrera. Echó a Hera de su colonia, no se hablan desde entonces. Ella está…

—¿Cuántas hay? —la interrumpió.

—Cuatro, y se acabó la conversación.

Moke era curioso por naturaleza, no en vano desde niño se interesó por aprender y para él fue una gran satisfacción conseguir el puesto de maestro. Deseaba conocer más de la sociedad y las normas de las colonias.

Le entregó una túnica marrón como la de Kalani. Se la dejó caer por la cabeza.

—Mucho mejor —comentó Dula—. ¿Quieres mirarte en un espejo?

—Aquí no veo ninguno.

—Espera —metió la mano en el mandil y sacó uno pequeño. Lo colocó frente a la cara de Moke.

—Ese no soy yo —murmuró para sí. Se palpó el rostro; había envejecido. Los ojos negros estaban hundidos en las cuencas, los pómulos se veían acentuados por la delgadez y observó canas en la barba morena perfilada que le quedaba. Ni él mismo se reconocía.

—Es suficiente, te esperan.

—Gracias, Dula.

—No me las des, solo hago mi trabajo. Haz el tuyo, y tu estancia en la colonia será llevadera. Obedece a las custodias y a los protectores y, sobre todo, a Hera. Eres un extranjero, pero mientras permanezcas aquí, tendrás que aceptar las normas impuestas.

—Lo haré, gracias por el consejo.

Dula sonrió, recogió el banco y sus utensilios, y se marchó.

Moke recordó entonces la conversación con el capitán.

—¡Vaya, vaya! ¿A quién tenemos aquí? Al polizonte asesino. —Se acercó a él y le buscó los ojos, Moke permanecía con la vista fija en el suelo—. Mírame, cobarde de mierda. —El remero obedeció—. Sin tu arma no eres tan valiente, ¿verdad?

—No, capitán. —Se mostró sumiso o no bajaría del barco.

—¿No, capitán? —repitió sus palabras con burla—.

Escúchame bien, capullo. El constructor me ha puesto en bandeja obtener información de la colonia y tú me la darás.

Quiero que investigues cuántas personas componen su ejército, dónde se encuentra el almacén y las provisiones, si hay más mujeres y niños, los turnos de las vigías y, por último, si tienen aliados. ¿Me has entendido, paleto?

—Sí, ¿cómo le haré llegar esa información?

—Muy fácil, tu trabajo será preparar la madera para el barco. Cole es el que se ocupa de dirigir la descarga del material, marca uno de los listones con una cruz y oculta una nota en él.

—¿Y si alguien me descubre ?

—Procura que no lo hagan, si no te matan ellos, lo haré yo.

—Sí, capitán.

—Espero tus noticias, sal de mi vista.