CAPÍTULO 13
Colaboración necesaria
C asandra se levantó con el propósito de convencer a Kalani. Tenía dos alternativas, decirle la verdad o idear un pretexto creíble. El hallazgo del búnker con el armamento era demasiado valioso para que llegara a oído de los obreros, así que optó por planteárselo de otra forma.
Gery, a pesar de su talasofobia, acompañaba cada mañana a Kalani y a un grupo de hombres elegidos para la reparación de Furia de Volcán. Se reunían en el embarcadero, donde cargaban en los botes los tablones de madera cortados a medida y las herramientas.
Antes de realizar su ronda matutina, la jefa de las custodias se dirigió al muelle. Saludó al protector, este le devolvió la cortesía con un seco movimiento de cabeza.
—¿Hubo algún problema en la guardia? —quiso saber Casandra.
—Ninguno.
—Necesito hablar con Kalani, a solas —remarcó estas dos últimas palabras.
—Está dentro, en el astillero.
Casandra lo encontró guardando las herramientas en un saco. Lo observó durante unos instantes, trataba cada pieza como si fuera de porcelana. Primero, la descolgaba del panel; después, la giraba de un lado a otro, en busca de una imperfección, y, por último, la envolvía en un paño de lino.
—¿Tan valiosas son? —preguntó Casandra.
Kalani se sorprendió al escuchar su voz, alzó los ojos y le devolvió esa mirada que conocía bien, la misma que le lanzó cuando lo interrumpió en sus quehaceres la primera vez.
—Tanto como tus cuchillos.
—¿Cómo lo sabes?
—Te he visto sentada en la playa, también les dedicas su tiempo; los afilas con delicadeza.
—Son mis mejores amigos, por eso los trato con mimo, pueden salvarme la vida. Llegado el momento —puntualizó.
—Ahí lo tienes, lo mismo digo de mis herramientas. Gracias a ellas… —«saldré de la colonia», pensó.
—Gracias a ellas puedes disfrutar de tu trabajo —terminó la frase de Kalani.
—Exacto —mintió.
—Hera ha solicitado que uno de los remeros participe en la reparación del barco, aquí en tierra.
Alguno de ellos debe tener conocimientos del trato de la madera, así tú podrías dedicar más tiempo a tu trabajo in situ .
No queremos al capitán Bryce en nuestra bahía, es prioritario terminar con el acuerdo lo antes posible.
—¿Por qué un remero?
—Está claro que en la tripulación no hay nadie que te pueda ayudar o Bryce no habría requerido de tus servicios.
—El capitán no se prestará a ello.
—¿Cómo estás tan seguro?
—No se me permite acercarme a esos hombres y, mucho menos, accederá a que los interrogue.
—Bryce depende de ti, solo tienes que convencerlo de que es lo mejor para él.
Kalani, ante la atenta mirada de Casandra, entrelazó las manos a la espalda y caminó en círculos por el astillero.
—¿Qué haces?
—Pensar —contestó sin levantar la cabeza.
—Lo harás, no hay nada que pensar —concluyó la custodia—. Termina de recoger tus herramientas y sube al bote con los demás. Esta tarde quiero ver a uno de los remeros pisar la playa.
Sin más, Casandra salió del astillero, se despidió de Gery y se alejó con la certeza de que el pelirrojo lo haría.
A Kalani la propuesta de Hera no lo dejó indiferente.
Sabía a quien elegiría sin necesidad de interrogarlo.
El hombre con el tatuaje del escarabajo le daría la información que necesitaba, para él no era prioritario que el susodicho tuviera conocimientos de constructor.
Si provenía de la isla de Nessei, como suponía, sería un aliado para ejecutar su plan de huida.
En caso de que Moana no despertase, necesitaría un cómplice para trasladarla a Furia de Volcán.
El primer escollo era convencer al capitán Bryce de que el remero abandonara el barco.
Cuando los hombres subieron a cubierta, cargados con la madera y las herramientas, Kalani les indicó que comenzaran con la restauración de la bodega.
—¿Y tú? ¿No bajas? —preguntó Gery.
—He de hablar con el capitán.
—Te acompaño.
—¿Dejarás a estos hombres sin vigilancia? —Desvió la mirada a la escalera de la bodega.
—Grrr —gruñó el protector.
—No tardaré.
Madrugar no era una de las virtudes del capitán Bryce, así como tampoco su humor a primera hora de la mañana. Cuando Kalani tocó en su puerta, lo sorprendió desperezándose en el catre.
—¡Largo, Cole! —gritó.
—Soy Kalani.
—¡Maldita sea! —murmuró entre dientes. Se sentó, alcanzó la camisa, se la colocó de cualquier manera y se encaminó a la puerta con el pecho descubierto—. ¿Qué quieres? — preguntó antes de abrir.
—Necesito tratar contigo un asunto en privado.
Bryce abrió la puerta, y con un gesto de la cabeza, lo invitó a entrar.
—Espero que sea importante —dijo mientras se dirigía a la mesa. Cogió la botella medio vacía de licor y se sirvió su contenido—. Siento no poder invitarte a una copa. —La apuró como si fuera agua y se relamió los labios con la última gota—. ¿Y bien?
—Necesito a un hombre cualificado para que me ayude en tierra, alguien que conozca mi oficio y dirija a los obreros. Así, yo podría adelantar el trabajo aquí en el barco.
—¿Cualificado? Ja, ja, ja. Mis hombres son aguerridos, valientes y expertos marineros, nada más. Me temo que no podré ayudarte.
—¿Y los remeros?
—Son prisioneros, la mayoría de ellos han pasado media vida en la crujía. ¿Pretendes llevar a tierra a un delincuente?
—¿De dónde proceden?
El capitán Bryce se acercó a Kalani, lo enfrentó y escudriñó su mirada. El pelirrojo podía masticar su desagradable aliento.
—Quieres saber demasiado. ¿Te ha mandado Hera a interrogarme?
—No, claro que no. —Kalani aguantó impasible su acusación—. Ni siquiera lo sabe. Además, tú y yo tenemos un trato. Soy el primer interesado en cumplirlo. Deseo salir de la colonia cuanto antes.
—Entiendo. —Bryce relajó la expresión de su rostro—.
Dile a Cole que te acompañe a la crujía, podrás elegir a uno.
—Levantó el dedo índice—. Solo a uno, con dos condiciones: la primera, dime quién será el otro pasajero.
—Se acarició la punta de la barba como era su costumbre, mientras esperaba la respuesta del constructor.
—Mi hermano —mintió.
—¡Vaya! Sí que son fértiles las mujeres en la colonia. ¿ Hay muchos niños?
Aquella pregunta sí que pilló desprevenido a Kalani, sabía que las parideras y los infantes no se dejaban ver. Su intención no era perjudicarlos, y pensó la respuesta.
—Hubo una epidemia hace unos años, la población envejece y los pocos nacimientos que llegan a término se malogran o son engendros.
—Una desgracia del nuevo mundo. —El capitán sacudió la espalda de Kalani con unas palmadas—. En mi isla hay buenas hembras y fértiles, tu hermano y tú podréis follar con la que elijáis, y si tenéis suerte de preñarlas, os dejaré quedaros con alguno de vuestros vástagos.
—¿Con alguno? —Lo que acababa de escuchar lo dejó atónito.
—Ja, ja, ja, no pongas esa cara. Nuestra isla no tiene medios para mantenerlos a todos, digamos que les buscamos nuevos hogares. ¿Te cuento un secreto? —Se acercó a la oreja de Kalani—. Tengo bastardos repartidos por medio continente; soy un buen semental. Ja, ja, ja.
Las náuseas acudieron a la garganta de Kalani, aunque emitió una risa falsa para contentarlo.
Intuía que el capitán era un ser despreciable y con sus palabras, se lo había confirmado.
Dudó por unos segundos si su idea de salir de la colonia en Furia de Volcán sería acertada.
Sin embargo, sabía que no tendría otra oportunidad.
No era probable que una embarcación llegara a la costa del norte.
—Le diré a Cole que me acompañe a la crujía —dijo Kalani, con el propósito de que el capitán no continuara escupiendo sus fechorías.
—Espera, todavía no te he dicho cuál es la segunda condición.
—¿Cuál es?
—Antes de llevarte al remero, quiero hablar con él.
—Así lo haré.
—¡Ah! No lo olvides, en la isla te espera una buena vida —le recordó, a la vez que realizaba un gesto obsceno con sus caderas.
Salió sin agregar ni una palabra, en otras circunstancias, le hubiera callado su sucia boca. El temor de que Bryce descubriera que el otro pasaje era para Moana le encogió el pecho. Buscaría una forma de ocultarle su identidad, y para ello, necesitaba que despertase.
Caminó por cubierta hasta localizar a Cole. Se encontraba junto al timón.
—Buenos días —saludó Kalani.
—¿No deberías estar en la bodega?
—Tengo órdenes del capitán, necesito un remero.
—¿Un remero?
—Sí, le he dado la explicación a Bryce. ¿Quieres confirmarlo? Te aviso de que no está de muy buen humor esta mañana.
Cole se rascó la cabeza.
—Como siempre —confirmó la afirmación de Kalani—. Sígueme.
Bajaron la escalera hacia la crujía. A pesar de llevar unos días varados, la higiene de los hombres no había mejorado y el olor era nauseabundo.
—Me gustaría hablar con aquel. —Señaló al remero tatuado.
—¿Moke? No te fíes de él. Lo encontramos en el camarote del capitán, estaba subido sobre el poyete de la ventana a punto de saltar; lo pillamos a tiempo antes de que lo hiciera. Llevaba un arma, me imagino que su intención era cargarse a Bryce antes de que el barco zarpara.
—Lo tendré en cuenta.
Los dos se acercaron al banco. Cole zarandeó al remero.
—¡Tú, despierta!
—¿Procedes de una isla? —preguntó Kalani.
Moke no contestó. El hombre alzó la cabeza y dirigió una mirada de desconfianza al segundo de a bordo, después la alternó con el que le interrogaba .
—Será mejor que nos dejes a solas —sugirió Kalani. Entendió enseguida lo que ocurría, el remero no abriría la boca en presencia de Cole. Este asintió y salió de la crujía—. ¿Procedes de la isla de Nessei?
Los ojos cansados del remero se agrandaron.
—¿Quién eres? —se atrevió a preguntar.
—Alguien que puede ayudarte, si colaboras conmigo.
—¿Me sacarás de aquí?
—Sí, te llevaré a la colonia. Ahora no puedo hablar —bajó el tono de voz y echó un vistazo a la escalera—. Necesito hacerles creer que eres un carpintero para que me ayudes en tierra. ¿A qué te dedicabas en la isla?
—A la enseñanza, soy maestro. Me temo que mis conocimientos de la madera son solo teóricos.
—Me servirás para otro fin. Antes de abandonar el barco, el capitán quiere hablar contigo. Luego, en tierra, Hera te entrevistará para darte el visto bueno. Mentirás.
—¿Quién es Hera?
—La patrona de la Colonia del Norte.