Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Furia de Volcán

E l capitán Bryce lograba conciliar el sueño cuando la borrachera lo tumbaba y, solo entonces, Cole conseguía quitarle las botas y acostarlo en el catre cada noche. El segundo de a bordo nació en el continente, conoció al capitán por casualidad con diez años.

Vivía en una aldea de unos cien habitantes, sin recursos y poco que ofrecer.

Furia de Volcán llegó a su costa en pleno verano, cuando los botes con la tripulación arribaron a la orilla, solo él se atrevió a recibirlos.

Se veía desnutrido, a medio vestir y descalzo, aunque unos ojos vivos tan negros como la piel del muchacho llamaron la atención del capitán.

—¿Estás solo, niño? —preguntó con desdén, mientras acariciaba la punta de su barba con los dedos pulgar e índice.

Lejos de amedrentarse por la imponente figura de Bryce, el muchacho se acercó a él.

—Sí, soy el más valiente de la aldea —contestó con altivez y la inocencia propia de su edad.

—El más valiente… Ja, ja, ja. ¿Te gustaría navegar conmigo?

—¿Para qué?

El capitán tomó al muchacho por los hombros y lo giró hacia el mar.

—¿Qué ves? —le preguntó.

—El agua, el cielo y el sol.

—Muy bien. —Bryce se agachó, para poder mirarlo a los ojos—. ¿Sabes lo que yo veo?

—No.

—Nuevas tierras prósperas, tesoros, grandes botines, mujeres y libertad. ¿En tu aldea hay algo de esto?

—No. La tierra está seca, no sé lo que es un tesoro, ni eso de botines, las mujeres son viejas y, ¿la libertad para qué sirve?

—Ja, ja, ja. ¿Habéis oído? —se dirigió a la tripulación, y esta le respondió con risotadas sonoras.

—Para hacer lo que te dé la gana.

—¿Lo que yo quiera?

—Así es. ¿Qué es lo que deseas, pequeñajo?

—No soy pequeñajo, me llamo Cole —aclaró molesto.

—Repito la pregunta, ¿qué es lo que deseas, Cole?

—Unos zapatos.

—Concedido. Sube a mi barco y los tendrás a pares.

A partir de su primer encuentro, la vida no fue tan idílica como el capitán le prometió.

Sufrió la dureza de pasar largas temporadas en altamar.

Sus primeras tareas se limitaban a la limpieza de cubierta, retirar los restos de las letrinas, adecentar el camarote del capitán y aguantar las palizas por cualquier motivo.

El tiempo lo hizo fuerte; a su manera, Bryce lo tomó bajo su tutela como si de un hijo se tratase, y ahora, con veinticinco años, era su mano derecha.

Cuando tiraba de su bota, el capitán pareció despertar. Se incorporó en el catre, se tambaleó unos segundos hasta que consiguió ubicarse.

—Cole, prepara a los hombres, atacaremos la colonia.

—¿Esta noche?

—Mira por la ventana, hay niebla.

—Sí, la he visto.

—Hera se percatará de nuestra entrada cuando mi pistola apunte a su cabeza, no antes.

—Es precipitado, los hombres duermen, no hemos planificado el ataque, y, al igual que nosotros, Hera habrá reforzado sus defensas por la niebla.

En ocasiones, los efectos del alcohol al capitán Bryce le provocaban alucinaciones, creía ver los espíritus de los hombres que había matado e incluso soñaba con lugares que no existían. Cole no descartó que su idea de esa noche fuera otra consecuencia del licor.

—Entonces, mañana —dijo abatido. El minuto de lucidez se desvaneció, dejó caer su cuerpo sobre la cama y, en dos segundos, comenzó a roncar.

En la crujía, los remeros cabeceaban, no se les permitía tumbarse.

Sentado en su banco y con la cabeza apoyada sobre el hombro del compañero, Moke dormía o lo intentaba.

Desconocía cuantos días más Furia de Volcán permanecería varado, esperaba que lo suficiente para recuperar fuerzas.

Echaba de menos a su mujer y a su hija, fue un estúpido.

Cinco años habían pasado desde que el capitán Bryce atacó la isla de Nessei; la visitaba cada cierto tiempo, para hacer acopio de provisiones.

Ante sus amenazas, el consejo decidió comerciar con él, aunque el precio de los intercambios fuera injusto.

En una de las ocasiones, Moke, invadido por la rabia y con el fin de librar a su pueblo del acoso del capitán, tomó uno de los botes, subió al barco y se escondió en el camarote.

Armó la pistola heredada de su padre, la cargó de munición y lo esperó, cuando quiso darse cuenta, la embarcación comenzó a moverse.

Furia de Volcán había zarpado con él como polizonte.

Se asomó a la ventana, guardó su arma en el cinturón, subió los pies al poyete, cerró los ojos y cuando se disponía a saltar, alguien lo atrapó por detrás.

Entre el capitán y Cole lo tumbaron en el suelo, le pegaron una paliza, no sin antes interrogarlo.

Moke no soltó ni una palabra, ni el motivo que le había llevado a subir al barco.

Lo desarmaron y arrastraron hasta la crujía; el castigo merecido por su temeridad .

Su cabeza no dejaba de darle vueltas a un plan.

Aprovecharía la oportunidad de huir gracias a los daños ocasionados por la última tormenta.

Las dimensiones del boquete eran suficientes para que un hombre pudiera saltar al mar, y sabía que pronto sería reparado.

Así que, no debía perder el tiempo lamentándose por su mala fortuna.

Buscó la forma de liberarse de las cadenas; los cierres de cada fila de hombres se anclaban en una argolla en el pasillo central de la crujía con un candado.

Él estaba colocado en la parte exterior del banco.

Había comprobado que si estiraba su cuerpo, lo alcanzaba con la mano.

Necesitaba un instrumento afilado para desbloquear la apertura.

La ración diaria con la que eran alimentados se servía siempre en el mismo cuenco, que descansaba a sus pies.

Observó que el borde del recipiente lo adornaba un hilo metálico con el grosor idóneo para fabricar una ganzúa.

Con cuidado, para no despertar a sus compañeros, bajó su cuerpo hacia el suelo.

Palpó el material y confirmó que estaba soldado al cuenco; con las uñas, comenzó a presionar primero en una dirección y luego en la otra, para intentar desprenderlo.

La soldadura era más compacta de lo que había supuesto, tardaría al menos dos o tres noches en conseguir su objetivo.

Esperaba que la colonia le diera asilo, con el temor de que el capitán Bryce se le adelantara.

Tarde o temprano atacaría, ningún territorio se salvaba de su brutalidad.

Los marineros se jactaban de sus llamadas «hazañas» cuando hacían las guardias en las crujías.

Rememoraban los muertos, las mujeres violadas y los niños raptados.

Se desconocía el paradero de los hijos robados a sus madres.

Los remeros contaban historias de que los vendían a civilizaciones con bajo índice de fertilidad, otros que los utilizaban en minas, donde sus minúsculos cuerpos podían adentrarse, y la tercera opción que sugerían era aberrante incluso para imaginarla.

Las yemas de los dedos comenzaron a sangrarle. Optó por descansar hasta el amanecer, y continuar la noche siguiente. Se arrancó una tira del pantalón raído, y se envolvió las manos. El dolor era soportable, la recompensa merecía la pena.