Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

A l anochecer, una espesa niebla cubría la colonia.

Casandra ordenó a los protectores que subieran a varios botes, provistos de antorchas, y que formaran un cordón en la bahía.

Si el capitán quería atacar, la climatología lo favorecía.

Hera le contó las verdaderas intenciones de Bryce, así como la lectura de la nota.

Después de realizar la última inspección rutinaria, se dirigió al almacén.

—¿Te ha seguido alguien? —preguntó Hera.

—No, me he cerciorado de ello.

—¿Y Denis?

—En su palapa, con compañía. Convencí a uno de los asistentes para que lo mantuviera entretenido.

—Perfecto, sígueme.

El almacén disponía de candiles, aun así, prendieron dos antorchas para adentrarse en la gruta.

Apartaron varios bidones depositados en la pared trasera del edificio y despejaron la puerta que accedía a las entrañas de la roca maciza sobre la que se había construido el muro de protección de la colonia.

La oquedad era amplia y estaba acondicionada para albergar a los habitantes en caso de peligro, como así fue cuando la tripulación del capitán Bryce arribó en la playa.

La mano del hombre había hecho estragos y apenas se apreciaba la belleza de las estalactitas y estalagmitas que antes cubrieron el techo o el suelo de la gruta.

Caminaron hacia el fondo en busca de la entrada secreta.

Hera desdobló el papel, intentó leer las instrucciones y echó en falta la ayuda de sus lentes.

—Léelo tú. Mis ojos no se adaptan bien a la oscuridad —alegó un pretexto creíble.

Casandra lo acercó a la luz de la antorcha.

—Según el plano, la entrada del refugio debería estar ahí mismo. —Señaló una pared a unos metros de su posición.

—Es imposible, compruébalo de nuevo. Solo veo roca maciza. Necesitaríamos herramientas y varios hombres para poder acceder —apuntó Hera.

—Espera, fíjate bien ahí. ¿Notas un cambio de tonalidad en el color de la piedra?

Se alejaron unos metros y dirigieron la luz de las antorchas a la zona que Casandra había indicado. Los tonos tierra eran más intensos que en el resto de la pared.

—Dame uno de tus cuchillos —ordenó Hera.

La custodia se agachó y sacó uno de su bota derecha.

—Ten cuidado con él, está muy afilado.

—Solo quiero comprobar la dureza de la superficie.

Hera acercó el filo del cuchillo a la roca y, cuál fue su sorpresa, que, al presionarlo, lo hundió hasta la empuñadura. El material se desprendió con facilidad. Tomó una muestra en su mano y la palpó, se deshacía.

—Es una pared falsa. No es roca, es yeso y está húmedo, no tardaremos en descubrir la puerta del refugio. En la entrada de la gruta hay un pico, tráelo.

Ambas se afanaron en picar y retirar los escombros.

El sonido metálico que se escuchaba al golpear con el pico les hacía suponer que sus conjeturas eran ciertas.

No tardaron en despejar por completo una puerta de hierro macizo, deteriorada por el tiempo.

En la parte central encontraron un símbolo desconocido para ellas, era una placa amarilla; un círculo con tres triángulos negros equiláteros. Sobre esta se podía leer «K-301».

—¿Qué significa? —quiso saber Casandra.

—Supongo que la denominación del refugio.

Estaba cerrada herméticamente con una manivela redonda. Soltaron las antorchas en el suelo.

—La giraremos a la vez. Una, dos y tres.

Consiguieron abrirla, no sin esfuerzo.

—Entraré yo primera —sugirió la custodia.

—De acuerdo.

La puerta chirrió molesta al abrirse. Casandra, antes de atravesarla, estiró el brazo para que la antorcha hiciera su trabajo.

Barrió de un lado a otro y se sorprendió al encontrar una sala vacía.

Sus paredes estaban cubiertas de un material metálico, pintado de regueros de óxido debido a la humedad.

En el centro del techo, y colocados cada dos o tres metros, se veían unos tubos blancos y, junto a ellos, dos tuberías paralelas que se adentraban hacia el fondo del refugio.

El olor a cerrado sacudió la nariz de Casandra, quien, acostumbrada al aire puro del exterior, arrugó la expresión de su rostro.

No era desagradable, sino extraño. Le costaba respirar e infló sus pulmones un par de veces para habituarse al ambiente enrarecido.

—Puedes entrar, Hera. Aquí no hay nada.

La patrona también percibió la misma sensación de asfixia que la custodia.

—Deja la puerta abierta, este refugio hace cien años que no se orea. Confío en que no desfallezcamos antes de terminar el recorrido.

Solo el eco de sus pisadas resonaba en las paredes.

Las antorchas profanaban aquel lugar oscuro y siniestro.

Aunque no lo expresaron, ninguna de las dos se explicaba cómo los supervivientes pudieron permanecer durante tantos años encerrados sin la luz del sol.

Anduvieron unos cincuenta metros y según calculó Casandra, habrían atravesado el muro de protección de la colonia hacia el desierto.

Encontraron otra puerta, esta vez de doble hoja, con un letrero: «AVISO: PELIGRO DE CONTAMINACIÓN».

La nomenclatura era distinta a la utilizada en la denominación del refugio, trazada a mano y con pintura roja.

—¿No te parece extraño? —preguntó Hera.

—Quien lo escribió lo hizo de una forma apresurada.

—Así es. Me imagino que las patronas fundadoras no querían arriesgarse a que algún intruso descubriera estas instalaciones —expuso la patrona.

—Está cerrada con una cadena y un candado. Tendremos que forzarla.

—Regresa y trae de nuevo el pico, el óxido ha carcomido el material.

Mientras Hera aguardaba el regreso de Casandra, con el dedo índice recorrió una de las letras pintadas de rojo. «El color de la sangre», pensó. En las colonias estaba prohibido, de hecho, no se eligió para confeccionar las túnicas de ninguno de los rangos.

—Aquí lo tienes.

La patrona se sobresaltó al escuchar la voz de la custodia, y cuando sintió el tacto de la mano de Casandra sobre su hombro, no pudo evitar encogerse.

—Perdona, no pretendía asustarte —se disculpó.

—No, tranquila. Apártate.

Con un par de golpes certeros en una de las argollas de la cadena, esta cedió.

La destrabaron del pasador y tiraron al unísono de las dos hojas.

La luz de las antorchas les descubrieron una inmensa sala, de similares características que la primera, aunque era mucho más profunda.

La visión las dejó estupefactas: cajas, estanterías y contenedores apilados en perfecto orden, y por secciones, separadas por un amplio pasillo central.

—Tardaríamos años en inventariar todo este material —observó Casandra.

—Espero que las patronas, antes de abandonarlo, lo hicieran. Mira allí. —Hera alumbró una de las secciones, en la que se podía leer: «Documentación y biblioteca»—. Echaremos un vistazo.

Comenzaron con uno de los contenedores colocado más al alcance. Lo abrieron y encontraron carpetas etiquetadas con inscripciones parecidas al K-301.

—En la nota que encontré en la caja, junto al sobre, se hablaba de la existencia de otros refugios. Supongo que los supervivientes decidieron trasladar a un solo lugar, no solo sus pertenencias, sino el material de valor.

—Mira, aquí hay un registro exhaustivo de nombres, fechas, nacimientos, defunciones, descendencias y a partir del año 2035, las páginas están en blanco —indicó Casandra.

—Recuerda que con las rondas de fecundación, a los infantes se les conoce por su primer nombre, el que eligen sus madres.

Los asistentes son los únicos que guardan los cruces con los sementales y, por el periodo fértil de las parideras, pueden discernir sus progenitores. Es el único censo del que disponemos.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Hazla. Si puedo responder, lo haré.

—¿Nunca has sentido curiosidad por saber quién era el padre del hijo que perdiste?

Hera soltó la carpeta dentro del contenedor y se acarició su tatuaje con delicadeza, como si ese gesto la ayudara a recordar.

Había pasado mucho tiempo, más de veinte años.

A pesar de ello, guardaba en su memoria el mes que compartió con su hijo y como una mañana, al acurrucarlo entre sus brazos, sintió la frialdad de su cuerpo.

Se aferró a él durante un día, hasta que la servidora Dula la convenció para que se lo entregase.

Con todo el dolor de su corazón accedió, aunque no asistió al rito de despedida de su propio hijo.

Permaneció recluida en el módulo de las parideras y después del periodo de luto, cambió de rango, se unió a las custodias.

No quería pasar por la misma experiencia nunca más.

—Yací con tres hombres —contestó al fin—.

Me superaban en edad, dos de ellos han muerto y el tercero todavía vive.

Tras ejercer como semental durante varios años, los asistentes concluyeron que no era fértil y ahora desempeña tareas como obrero.

Mi hijo era muy pequeño cuando el Samada abrió sus puertas para él.

Las parideras decían que se parecía a mí.

—Hera curvó los labios con satisfacción al recordarlo y Casandra descubrió en sus ojos una mirada nostálgica.

—Debió de ser duro —se atrevió a decir, aun sin conocer de primera mano lo que era perder un hijo.

—Aún lo es. —La patrona permaneció en silencio unos segundos, luego, tomó otra de las carpetas—. Necesito encontrar el primer tomo de la historia de la colonia.

—¿Por qué estás tan interesada en él?

—Quiero saber la verdad.

—¿Qué verdad? —preguntó curiosa.

—Dejémonos de charla, se hace tarde. —Hera confiaba en Casandra, mas evitó alargar la conversación—. Coloca este contenedor en su lugar. Inspeccionaremos las distintas secciones.

Así lo hicieron, enseguida descubrieron armas, municiones y explosivos. Estaban embaladas en cajas de madera, con etiquetas sobre la procedencia, el tipo de arma, su uso y la cantidad de cada una de ellas.

—Aquí hay un arsenal, se podría comenzar otra gran guerra —comentó Casandra.

—Espero no tener que utilizarlas, si el capitán Bryce descubre el refugio, la colonia estaría a su merced. Además, hay otro problema. No vienen con las instrucciones, nadie en la colonia sabe manejarlas.

—En la colonia no, en el barco sí —añadió la custodia.

—¿Crees que uno de esos marineros traicionaría a Bryce? —preguntó ante la sugerencia de Casandra.

—No me refiero a uno de sus hombres, sino a los remeros —aclaró.

—¿Y cómo pretendes que el capitán nos confíe la custodia de uno de ellos?

—Kalani lo podría conseguir —dijo convencida .

—¿Kalani? —preguntó Hera, no entendía a dónde quería llegar con esa afirmación.

—Sí, él sube al barco cada día, podría pedir al capitán uno de los remeros para ayudarle y así adelantar la reparación.

—Según me informó Gery, las condiciones en las que viven son peores que las de nuestros obreros y su estado físico lamentable. No colará —comentó Hera, incrédula por la ocurrencia de Casandra.

—Hablaré con Kalani, por supuesto, le omitiré el motivo.

—La idea es descabellada, ni siquiera sabemos si el elegido sabrá manejar un arma —cabeceó la patrona.

—No perdemos nada —insistió la custodia.

Hera echó un vistazo de nuevo a las cajas de madera, aunque la idea de Casandra pudiera parecer absurda, no perdían nada por intentarlo.

—De acuerdo, habla mañana al amanecer con Kalani.

—Así se hará.