CAPÍTULO 10
El libro perdido
T ras las clases que se impartían cada mañana en el aula de los infantes, Hera convocó una reunión en la biblioteca con los asistentes, Casandra y Denis.
Quería averiguar el paradero del primer tomo de las patronas.
Contenía los testimonios de la formación de las colonias y de cómo se instauraron las normas.
Asimismo, esperaba encontrar respuestas sobre el contenido del sobre.
—Buenos días a todos. Ayer consulté el episodio del naufragio de hace treinta años. Corroboré la historia del capitán Bryce y, por casualidad, observé que el primer libro no estaba en su lugar. ¿Alguno de vosotros lo ha tomado prestado?
—No existe —contestó uno de los más ancianos.
—¿Qué quieres decir?
—Desde que tengo uso de memoria, ese tomo nunca ha estado en la biblioteca. Tus antecesoras también preguntaron por él, mas ninguno de los asistentes supo darles respuesta.
—¿Se destruyó?
—Nadie lo sabe.
—Bien, volved a vuestras tareas —ordenó desilusionada.
Hera salió del aula de los infantes con una idea en la cabeza.
El libro perdido contenía la historia de Heket y el motivo por el que huyó de las colonias.
Las cuatro patronas elegidas lo ocultaron o la desterrada lo llevó con ella en su viaje por el desierto.
¿Por qué? ¿Qué ocurrió? Caminaba distraída, cuando se topó con Gery.
—Patrona, ¿podemos hablar? —Después de mantener la conversación con el capitán, tenía claro que debía contárselo a Hera.
—¿Ya estáis de vuelta?
—Sí, Kalani ha terminado de tomar las mediciones, lo he dejado con el grupo de obreros encargados de la reparación del barco.
—Hablaremos en mi palapa.
Gery siguió a Hera, siempre a dos pasos de ella.
La respetaba, y le agradecía la iniciativa de cambiar las normas.
Sabía que no fue idea de Casandra proponer la liberación de los sementales y reforzar el ejército.
Desde que Bryce ancló su embarcación en la bahía, percibió un cambio en ella.
Se fijó en su forma de caminar, parecía ausente.
Recordó cuando visitaba el campo de entrenamiento, a veces, rodeada de infantes.
Su mirada hacia ellos era tierna, como la de una madre a sus hijos.
Incluso sonreía. Ahora, sus ojos habían perdido la alegría.
Alcanzaron la palapa y ambos entraron. Ella se sentó.
—Habla, Gery, te escucho.
—Me temo que el capitán Bryce tiene otros planes para la colonia. Me ha propuesto: primero, unirme a su tripulación, y luego, alzarme contra ti. Quiere mantener acuerdos comerciales y sabe que, contigo al frente, no es posible.
—Tranquilo, no será un problema, en cuanto el barco esté reparado, no volverá.
—Tiene cañones —le advirtió el protector.
—Sí, lo sé, no son ninguna amenaza. Casandra ha estudiado ese tipo de embarcaciones y el alcance es de unos cientos de metros. No hay ninguna posibilidad de que nos ataquen .
—No es cierto, el mismo capitán me ha asegurado que alcanzan más de una milla y, que si rompes el trato, los utilizará. Arrasaría la colonia en cualquier momento y no podríamos hacer nada —se lamentó Gery.
—¿Estás seguro de que no miente?
—Lo vi en sus ojos. Debemos reforzar la vigilancia, no es un hombre de palabra. También preguntó por los niños.
—¿Los niños? Debo buscar la forma de librarme de él lo antes posible —dijo con un tono casi imperceptible. Se llevó la mano al tatuaje y tras unos segundos se dirigió de nuevo a él—. Agradezco tu lealtad, otro, en tu lugar, hubiera aprovechado la oportunidad de abandonar la colonia.
—Aquí nací y aquí seguiré hasta que el Samada abra las puertas para mí.
Hera se levantó, salió al porche de la palapa y abarcó con su mirada el horizonte. Debía pensar, entonces, recordó la nota de la caja. Había llegado el momento de desvelar el mensaje. La colonia se encontraba en peligro.
—Gery, puedes irte. Organiza con Casandra al ejército. Quiero que se doblen las guardias día y noche, y que las vigías observen el barco; ante cualquier movimiento sospechoso, debemos estar preparados. El capitán Bryce no quiere acuerdos comerciales, quiere la colonia —afirmó convencida.
—Así se hará.
El protector se despidió y dejó la palapa con premura.
Hera se acercó al escritorio y accedió al escondite de la caja, la abrió con su llave y buscó el sobre lacrado.
Se sentó en la cama, se colocó sus lentes y lo alzó, lo observó al trasluz unos instantes.
Valoró durante unos segundos otra alternativa, hasta que llegó a la conclusión de que la salvación de su pueblo estaba en sus manos.
Retiró el sello de cera, sacó el manuscrito y lo leyó.
« Colonia del Norte, año 2035
Las fundadoras de las colonias firmamos este documento por pleno acuerdo y con el fin de mantener la paz en un futuro.
Hemos considerado que nuestros actos son beneficiosos para la estabilidad y la creación de una nueva sociedad sin guerras.
Desde que salimos de los refugios, no tenemos noticias del mundo exterior.
Nuestra situación geográfica nos permite crear cuatro poblaciones: en el norte, sur, este y oeste.
Explotaremos estas tierras, realizaremos trueques de los productos y colaboraremos ante cualquier amenaza que intente romper las normas impuestas.
Hicimos ver que los libros bélicos o que atentaban contra la seguridad de las colonias fueron destruidos, así como las armas que se encontraban en el refugio del norte.
La gruta oculta tras el almacén alberga este botín, el cual hemos decidido proteger con el único propósito de evitar enfrentamientos.
El poder y la ambición son los mayores enemigos de la paz.
Si esta información cae en malas manos, estamos abocados a nuestra extinción.
No en vano, tuvimos que doblegar a los hombres que se negaron a respetar la decisión de no utilizar el poder de las armas.
Sabemos que, tras la guerra nuclear, habrá personas que hayan resistido y que, tarde o temprano, otras civilizaciones llegarán a nuestro territorio. El legado que hemos fundado permanecerá intacto, siempre que no exista lucha entre las colonias y prevalezca la colaboración.
Solo en caso de una amenaza exterior, y sin posibilidad de defensa, se accederá al material oculto en la gruta. Junto a este manuscrito damos la información necesaria para acceder hasta él. Confiamos en que nunca sea utilizado».
Hera no salía de su asombro, todo era mentira.
Se crearon los rangos con el fin de doblegar a los hombres y restarles su libertad.
Miedo, aquellas mujeres tuvieron miedo. Las enseñanzas que se daban en las aulas de los infantes eran una falacia.
Las patronas tomaron el control. Se educó en la creencia de que la formación de las familias era un error e inculcaron sus ideas de forma paulatina, hasta que nadie dudó de que las normas eran justas.
Necesitaban la obediencia y la lealtad de sus súbditos.
¿A qué precio? Ahora más que nunca, su deseo de proclamar la libertad de los rangos adquiría mayor prioridad.
Antes, debía comprobar si el botín seguía en su lugar.
Tomó la última hoja de papel y leyó por encima las instrucciones. ¿Cómo no lo había visto antes? Decidió adentrarse en la gruta esa misma noche. No iría sola, le pediría a su jefa de las custodias que la acompañara. Casandra era discreta, no así Denis.
Guardó el sobre y la nota, se quitó las lentes y dejó sobre el escritorio las instrucciones para adentrarse en el escondite secreto.
Antes de que las servidoras le llevaran la comida, quería visitar a Minerva.
Salió de la palapa. Comprobó que cerca del embarcadero Casandra y Gery informaban de las nuevas órdenes a protectores y custodias.
Pasó de largo, no era necesaria su presencia.
Dejó atrás los módulos de las parideras, quienes apenas se dejaban ver, tan solo para despedir a sus hijos cuando acudían al aula.
Así evitaban que, desde el barco, el capitán pudiera localizarlas.
Los protectores acompañaban a los infantes y los ocultaban bajo sus capas cuando acudían a sus clases matutinas.
Hasta ahora, había dado resultado, como confirmó en su conversación con Gery.
Llegó a la sala de curas, saludó a las dos custodias apostadas en la entrada, subió el escalón y entró sin avisar.
La sanadora al cuidado de Minerva estaba sentada junto a ella.
Gracias al material médico del capitán, la alimentaban por medio de un catéter.
—¿Alguna evolución?
—Nada, sigue igual.
—Déjame a solas con ella, mientras, ve a comer. Te relevaré hasta que regreses.
La mujer se levantó, se quitó el mandil y salió de la sala. Hera ocupó su lugar. Tomó de la mano a Minerva y advirtió que su temperatura corporal era normal.
—La colonia está en peligro, me gustaría que despertases —le habló como si pudiera escucharla—.
Nadie mejor que tú podría aconsejarme. He abierto el sobre de las patronas fundadoras; debes saber que durante cien años hemos vivido bajo el engaño y la mentira.
Las normas que creíamos justas solo fueron un velo para instaurar una sociedad a medida de cuatro mujeres.
Se alzaron con el poder y nos condenaron a vivir sin amor, sin esperanza y con un odio irracional a los hombres.
En la gruta encontraré las respuestas del porqué actuaron de este modo.
Informaré a Gaia del hallazgo, quizá necesite su ayuda antes de lo que desearía.
Sigue abatida por la pérdida de Gael; encuentra consuelo en su pequeño Milán, y sé que el infante que le salvó la vida, Amil, y liberó de tu colonia, se ha convertido en un hombrecito y es un gran apoyo para ella.
—Acarició la frente de Minerva y le retiró un mechón de pelo—.
Kalani pregunta por ti, ha intentado colarse en la sala de curas más de una vez.
—Esbozó una media sonrisa—. Mientras no vuelvas en sí, no permitiré que se acerque. Despierta, Minerva, despierta.