Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La caja de Pandora

L a noticia de que la reparación del barco se alargaría más de una semana le cayó a Hera como un jarro de agua fría.

La jornada fue intensa. Las sanadoras atendieron a los heridos leves, quienes, una vez terminadas las curas, regresaron al barco.

A los que presentaban un cuadro más grave se les instaló en una palapa.

Se habilitó con el fin de evitar que tuvieran cualquier tipo de contacto con el resto de los habitantes.

La mercancía que entregó el capitán Bryce era valiosa para la colonia, sobre todo, el material médico.

Denis se encargó de hacer el inventario, mientras Casandra y Gery vigilaban cada movimiento de los marineros.

Al atardecer, no quedaba ninguno de ellos, a excepción de los convalecientes.

Al día siguiente, los obreros, comandados por Kalani, comenzarían con la selección, limpieza y corte de la madera.

Después de una cena ligera, la patrona se acomodó en su palapa.

Era sencilla, con una cama a ras del suelo, un escritorio de madera, la mesa central donde organizaba las reuniones, varios percheros, un pequeño espejo y una jofaina para su aseo personal.

Compartía los baños comunes con las custodias porque la colonia no disponía de conductos para transportar el agua corriente.

Se bombeaba desde un pozo artesano del interior de la gruta, y también aprovechaban la lluvia.

El agua se recogía por medio de unos canalones instalados en los techos de las palapas y se almacenaba en bidones de madera, aunque no era potable, se le daba otros usos.

Se arrodilló bajo el escritorio, retiró una alfombra de hojas de palma y destrabó uno de los tablones del suelo.

Metió la mano, alcanzó una caja de hojalata, la levantó y observó el candado que la cerraba.

Palpó su cuello y se sacó por la cabeza un cordón de piel, del que colgaba una pequeña llave.

Apoyó la caja en el suelo y la abrió. Lo primero que encontró fue el collar que Gaia le entregó antes de abandonar la Colonia del Oeste.

Era una cadena de tono plateado, con una flor morada y blanca y un cristal rosa en el centro.

Aún recordaba las palabras que su amiga le dijo: «Toma, llévatelo y guárdalo.

Me quema en el pecho. He tenido suerte en el amor y he conseguido que la paz reine en la colonia, pero desde que Noa me lo dio, he perdido a personas a las que he querido.

Algún día te lo pediré, cuando mis heridas se curen».

Rogaba al Samada porque el corazón de Gaia sanase.

Lo apartó y sacó un manojo de papeles. Eran los mapas que buscaba, aunque no pudo evitar coger el sobre lacrado con el sello de la colonia y la nota en la que se advertía que solo se abriera en caso de un peligro inminente; como la incursión en su territorio de una civilización desconocida que atentase la supervivencia de las colonias.

El contenido del sobre era un misterio. Redactado por la primera patrona en los inicios de las colonias y que había pasado por cada una de sus sucesoras.

Se levantó, extendió los mapas sobre el escritorio y buscó la costa del norte, enseguida encontró su ubicación.

Se ajustó las gafas, cotejó el que halló en el saco de Minerva y comprobó que coincidían.

El nombre de la isla se podía leer con claridad, Nessei.

Recorrió con el dedo el archipiélago en dirección este, en línea recta descubrió La Negra.

Supuso que Bryce con esa información podría regresar a su isla.

Sonrió. Pediría a uno de los asistentes que enseñaban a los infantes que copiara el mapa.

No le entregaría el original al capitán.

Anotó las coordenadas en un pedazo de papel y guardó de nuevo el contenido de la caja bajo llave, a excepción del mapa en cuestión.

Solo le quedaba algo más por hacer; indagar en los tomos de la biblioteca y buscar las causas del naufragio del primer barco que llegó hasta su costa.

Quería corroborar la historia del capitán Bryce.

Esperó hasta bien entrada la noche, cogió la llave de la sala de los cuadernos, sus gafas, salió de la palapa y se dirigió al aula de los infantes, donde se encontraba la biblioteca.

A esas horas, solo las vigías permanecían en alerta.

El mar estaba en calma, con un suave oleaje.

Caminó bajo la luz de la luna hacia el oeste.

El edificio se divisaba con claridad por su pared encalada.

Subió los tres escalones que la separaban de la entrada.

Abrió la puerta y encendió un candil. La biblioteca era de uso público, excepto los tomos de la historia de la colonia, los cuales se guardaban bajo llave.

Accedió a la sala privada, alumbró la estantería y buscó por orden cronológico el del periodo de su antecesora.

Lo encontró sin dificultad, lo abrió, pasó las páginas y leyó por encima, hasta que dio con el episodio.

No hubo ningún superviviente, a excepción de un niño, aunque la patrona pudo recoger el testimonio de uno de los marineros antes de morir.

Describía con exactitud el mismo fenómeno.

La brújula falló, el barco entró en una tormenta y su destino final fue la costa de la Colonia del Norte.

Cerró el libro con cierta desazón. Le costó reconocer que Bryce decía la verdad.

Colocó el tomo en su lugar, y con el dedo revisó el resto de los ejemplares.

Al llegar al inicio, echó en falta el enumerado con el uno.

Si bien es cierto que, hasta entonces, nunca lo había comprobado.

Abrió el dos, leyó el nombre de Nyssa. Esta fue quien se proclamó patrona, después de que Heket renunciara al cargo y huyera de la colonia con su hijo.

¿Quién se había atrevido a llevárselo? ¿Denis?

No, seguro que no. Preguntaría al asistente encargado de la librería, era demasiado valioso.

Al amanecer, se reunió a una cuadrilla de obreros cerca del almacén.

Kalani dio las instrucciones para comenzar con el trabajo de la selección de los troncos.

Después, acompañado de nuevo por Gery, se dirigieron al barco.

Necesitaba tomar medidas exactas. Como en la ocasión anterior, el segundo de a bordo los recibió.

Les informó de que el capitán deseaba hablar con ellos y lo siguieron hasta el camarote.

Cole golpeó la puerta dos veces con los nudillos.

—Adelante —se oyó la voz de Bryce.

Lo encontraron sentado en su catre, calzándose las botas. En esa ocasión, no vestía con la casaca, solo con un pantalón ceñido negro y una camisa blanca desabotonada hasta el pecho. El pelo que sobresalía de su escote era tan negro como su barba.

—Buenos días, caballeros.

Kalani y Gery se miraron y gesticularon de igual manera, sorprendidos por el apelativo que había utilizado el capitán.

—Pensé que vuestra patrona se dignaría a visitar mi barco —dijo mientras se encajaba una de sus botas.

—Ella no tiene nada que hacer aquí —contestó con rotundidad Gery.

—Claro, entiendo. —Se levantó y se acercó a ellos con una media sonrisa—. ¿Tú eres el constructor? —Dirigió una mirada a Kalani.

—Sí, así es. Debo comenzar con las mediciones lo antes posible.

—De acuerdo, vete. Cole te acompañará.

—Voy contigo —dijo Gery.

—No, tú quédate aquí, necesito tratar ciertos temas de interés para ambos.

—Tranquilo, no me tiraré por la borda —soltó Kalani.

El protector gruñó y asintió. No le gustaban las bromas.

—¿Quieres una copa de licor? —preguntó el capitán, cuando se quedaron a solas.

—No bebo.

—Tú te lo pierdes.

Bryce se sirvió una copa de una jarra de metal que había sobre la mesa. La apuró de un solo trago. Ni siquiera gesticuló cuando el alcohol bajó por su garganta. Se limpió los labios con el puño de la camisa.

—Esa Casandra, ¿es tu jefa? —preguntó de forma despectiva.

—Sí.

—Eres un hombre fuerte y me imagino que hábil en la lucha. Sin embargo, te dejas manejar por dos mujeres.

—Me gusta ser protector.

—¿Protector? Ja, ja, ja.

Se acercó a él y le dio dos palmadas en la espalda.

—Amigo, tú eres un soldado. Un hombre como tú no puede vivir bajo las faldas de esas mujeres. Te haré una propuesta. ¿Quieres unirte a mi tripulación? Tendrías un puesto acorde a tu valía.

—No deseo abandonar esta tierra —contestó. Más por el terror a embarcarse y navegar, que por unirse a Bryce.

—Bien, no entiendo tu postura, aunque la respeto.

¿Puedo darte otra opción?¿Quieres alzarte y ser el nuevo líder de la colonia?

Mi apoyo sería incondicional, ahora y en el futuro.

A cambio, mantendríamos los tratos comerciales y os proporcionaría provisiones de las que carecéis.

Con Hera al mando, doy por hecho que esta sería la primera y última visita a vuestra costa.

—¿No temes que cuente tu proposición a mi patrona? —quiso saber Gery, ante la osadía del capitán.

—No lo harás. —Bryce colocó su mano sobre el hombro del protector y lo encaró con frialdad—. Ven, quiero enseñarte algo.

El capitán se adelantó, abrió la puerta del camarote y se dirigió a la proa.

—Ves estos cañones —los acarició con los dedos—, su alcance es de más de una milla.

Con una sola orden, tu colonia quedaría arrasada.

Mi intención no es atacar, quiero mantener acuerdos comerciales con vosotros.

Díselo a tu patrona. Si le cuentas mi proposición, me imagino que no le sentará nada bien, romperá el trato y me veré obligado a usar estos juguetitos.

—Si lo haces, también perderás —apostilló el protector.

—No tanto como vosotros. Por cierto, ¿hay niños en la colonia?

Esa pregunta aceleró el corazón de Gery.

—No —contestó sin dar ninguna explicación.

—No me extraña, por lo que he visto… —Se acarició la barba con los dedos pulgar e índice.

—¿A qué te refieres?

—Vuestras mujeres son más hombres que muchos de mi tripulación y sus vientres serán estériles como los de medio mundo. Es un mal de la era que nos ha tocado vivir. Dios nos ha castigado.

—¿Dios?

—Sí, Dios, Alá, Buda…, me da igual. ¿Acaso no creéis en nada?

—Solo existe el Samada para nosotros.

—¿El Samada? ¿Qué demonios es?

—El lugar que nos acoge después de la muerte.

—¿Y ya está? Ja, ja, ja. —Se carcajeó de nuevo—. ¿De dónde coño habéis salido? ¿Sois una secta?

—¿Una secta? —preguntó Gery extrañado, era la primera vez que escuchaba esa palabra.

—Da igual, será mejor que siga con mis obligaciones como capitán.

Se dio la vuelta y se encaminó de nuevo al camarote. Antes de abrir la puerta, Kalani lo alcanzó.

—Capitán, ¿puedo hablar contigo?

—Claro. —Le dio paso con la mano. Ambos entraron y Bryce le indicó una de las sillas—. Siéntate.

Kalani aceptó la invitación, tomó la tablilla de notas y se la mostró.

—Siento decirte que los daños del barco son más graves de lo que creía. Las reparaciones previstas no serán suficientes para salvar la embarcación y tener garantías de que se mantenga mucho tiempo a flote. Necesitará mantenimiento y una buena revisión cuando llegues a tu isla.

—¿Qué solución me propones?

—Me comprometo a prestarte mis servicios como constructor durante el trayecto, así como permanecer en tu isla hasta que el barco quede reparado por completo. A cambio, necesito un pasaje más.

—¿Para quién?

—Lo sabrás cuando zarpemos.

—¿Tu patrona está al tanto de que quieres salir de la colonia?

—No, y te pido que no se lo hagas saber. Soy el único constructor.

—De acuerdo, me parece un buen trato.

Bryce le tendió la mano y Kalani la aceptó.