Samada: la Colonia del Norte (Samada 3) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El barco

G ery se desperezó en la litera, al estirar las piernas y los brazos, sintió el crujir de los huesos entumecidos por la postura.

Alborotó su media melena en un intento de despejarse, abarcó con la mirada el pabellón y descubrió que la mayoría de los sementales, ahora protectores, no estaban.

Supuso que habrían aprovechado la libertad concedida por Hera.

En los dos últimos meses, los encuentros en las rondas de fecundación eran consentidos y este hecho había propiciado que se formaran parejas.

El amor, la atracción física o quizá el deseo de compartir el nacimiento de sus hijos cobraban fuerza en la colonia.

Gery se consideraba un bicho raro, para él, el acto sexual era solo un desahogo.

Ninguna mujer había conseguido ocupar su corazón o su pensamiento.

Ni siquiera Casandra, no por su aspecto o su carácter, simplemente no le atraía.

Obligado desde los dieciocho años a engendrar infantes, como los animales, hacía que se comportara de igual manera.

No había emociones, ni empatía, solo deseaba terminar y, a pesar del placer, se sentía vacío.

Cuando Casandra propuso el juego para proclamar al líder de los protectores, no lo dudó.

Quería ese puesto y liberarse de la imposición de fecundar a las parideras .

Bajó los pies de la cama, y en un perchero situado junto a la litera, observó su nuevo uniforme verde oliva.

Sonrió para sí. Ahora vestía con el color de las que habían sido sus guardianas.

Se levantó con cuidado de no rozar la cabeza con el larguero de arriba y se dirigió a los baños.

Se encontraban en el recinto del pabellón.

El edificio era de piedra, encalado y, a diferencia de los tejados de palma de las palapas, estaba cubierto de madera.

Se surtía de agua de un depósito instalado en el tejado.

Entró en una de las duchas, se despojó de su túnica y tiró de una cadena que colgaba del techo.

Alzó la cabeza y dejó caer el agua por su cuerpo atlético y dorado por el sol.

Entonces, escuchó a uno de sus compañeros:

—Gery, Casandra te espera.

—Dile que salgo en unos minutos.

Tiró de nuevo de la cadena para cortar el agua, alcanzó la túnica y salió de los baños. Encontró a Casandra en la puerta del pabellón. Siempre le pareció una mujer demasiado menuda para su cargo, aunque admiraba su determinación.

—Tengo órdenes de Hera. Debes recoger a Kalani del barracón de los obreros y custodiarlo hasta el barco.

—¿Yo? Sería más indicado que tú lo acompañaras —sugirió.

Lo que Casandra desconocía era el pavor de Gery por las aguas profundas. Sabía nadar, más o menos, se defendía, pero su mayor pesadilla era morir ahogado.

—Sí, ¿acaso te atreves a contradecir a Hera?

—No, claro que no, iré —aceptó resignado.

—Bien, vístete.

Kalani no pegó ojo en toda la noche. El toque de intrusos del día anterior y la incertidumbre de si Moana corría peligro le impidieron conciliar el sueño.

Con los primeros rayos de sol, se levantó.

Se acercó a la ventana y observó que las custodias ocupaban los puestos de guardia de nuevo.

Aquello lo tranquilizó, era muestra evidente de que la colonia volvía a la normalidad.

Descargó la tensión acumulada con un resoplido y se dirigió a la puerta del barracón.

Esta se abrió como cada mañana. Su rutina diaria comenzaba con un aseo ligero, solo les permitían ducharse una vez a la semana.

Después de un desayuno precario, esperaban en el patio del recinto amurallado a las custodias que los acompañaban a sus tareas.

En esa ocasión, le extrañó ver a un protector armado con una lanza; sabía de los nuevos rangos por uno de los obreros.

Este se encargaba del cuidado del campo de entrenamiento y estaba presente cuando la jefa de las custodias proclamó la libertad de los sementales.

El hombre se acercó a él.

—¿Eres Kalani? —preguntó con ese tono seco que lo caracterizaba. Dedujo que podría ser él. Casandra lo describió de manera somera, por su pelo y barba roja.

—Sí, lo soy.

—Sígueme.

Gery comenzó a caminar. Sus zancadas eran largas y asentadas, acordes con su envergadura. Kalani entrelazó las manos a su espalda, bajó la cabeza y siguió sus pisadas hasta llegar al embarcadero.

—¿Sabes remar? —preguntó el protector, y señaló con la lanza una de las barcazas amarradas al muelle.

—Por supuesto, no es difícil.

—Grrr —gruñó. Era su forma de darle a entender que la observación del obrero no le había gustado—. Sube tú primero.

Kalani obedeció, se situó en el banco, tomó los remos y esperó a Gery. Este dudó unos segundos, luego, con sumo cuidado, entró uno de sus pies, su peso provocó que la barca se balanceara con brusquedad. Disimuló la aprensión, sentándose con rapidez en el otro banco.

—Tranquilo, no se hundirá —dijo Kalani. Contuvo la risa. Le pareció cómico que un hombretón como él tuviera miedo.

—Rema.

—¿Hacia dónde?

—Al barco. —Señaló con la lanza a la espalda de Kalani.

—¿Qué barco? —Se giró. Hasta ese momento no se había percatado de que una embarcación estaba anclada en medio de la bahía—. ¿De dónde ha salido?

—Calla y rema —ordenó. No le apetecía hablar, bastante tenía con templar los nervios. Sus músculos se engarrotaron solo de pensar en el trayecto.

—Hay que soltar el amarre —advirtió el obrero.

—Hazlo tú.

Kalani obedeció. Mientras avanzaba por el agua, una idea se fraguaba en su cabeza. Desconocía cual era el motivo de haber sido elegido para visitar el barco, no obstante, vislumbró la oportunidad que tanto deseaba, huir de la colonia.

—¿Qué haremos allí? —se atrevió a preguntar.

—Comprobar los daños.

Aquel hombre era parco en palabras. Soltaba información a cuentagotas.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Nada.

Kalani se dio por vencido. Era imposible mantener una conversación con él de más de tres palabras.

Cuando se encontraban a mitad del recorrido se cruzaron con dos botes procedentes del barco; el primero transportaba hombres heridos y el segundo, provisiones.

El que parecía ser el capitán, con un movimiento de cabeza, los saludó y siguieron su camino.

No tardaron en alcanzar el barco, en el costado pudieron leer su nombre: Furia de volcán. Un marinero lanzó una escalera desde un costado y ataron con un cabo el bote a una de las tablillas que servía de peldaño.

—Subiré yo primero —dijo Gery. Se irguió, mantuvo el equilibrio como pudo, y sin pensarlo dos veces, alcanzó la escalinata. Trabó la lanza en la parte trasera de su cinturón y comenzó a trepar. Cuando consiguió su objetivo, le indicó al obrero que era su turno .

Ambos fueron recibidos por un hombre negro, de pelo rizado, ojos redondos y labios gruesos.

—Soy Cole, el segundo de a bordo. —Les tendió la mano y los dos la aceptaron—. ¿Quién es el constructor?

Aquella denominación le resultó demasiado grande a Kalani para su oficio. Miró de reojo a Gery y este asintió.

—Yo.

—Bien, acompáñame, te mostraré los daños causados por la tormenta.

Kalani alzó la mirada, observó los tres mástiles, parecían intactos; desnudos de las velas, que estaban recogidas.

Caminaron por la cubierta, donde los hombres se afanaban en tareas de limpieza, y se dirigieron a la popa.

Cole abrió la puerta de la cámara del capitán.

En la parte frontal se situaban cuatro ventanas de palillera y debajo, un escritorio de madera envejecida, sobre este se extendían las cartas de navegación y los instrumentos para trazar las rutas, como el taxímetro y la regla paralela.

Los identificó sin dificultad, gracias a las enseñanzas de su padre.

También divisó una brújula. En la parte derecha había un catre bajo una estantería, y adosado a él, un armario pequeño.

En el lado opuesto, un baúl y una bola del mundo y, en el centro, una mesa cuadrada con restos del desayuno del capitán y un par de sillas de madera.

—Hemos drenado el agua, debajo de las ventanas hay una grieta —informó Cole.

Kalani se acercó a la zona que le indicó el segundo y comprobó el estado de la madera. Estaba podrida, habría que reponerla casi al completo.

—Bajemos a la bodega.

Salieron de nuevo a la cubierta y, a unos pasos, Cole levantó una escotilla de madera de dos hojas, les invitó a que accedieran por las escaleras. Gery no aceptó la invitación, los esperaría arriba.

A diferencia de la cámara del capitán, estaba inundada. El agua les llegaba hasta las rodillas.

—Las provisiones que pudimos salvar se reubicaron en la proa, en la sala de curas, el resto se ha cargado en los botes como pago a Hera por vuestros servicios —explicó Cole.

El segundo le hablaba como si su aprobación tuviera valor en la colonia. No quiso contradecirle.

—Nos hemos cruzado con ellos —le dio a entender que conocía el trato.

Sin hacer más comentarios, continuó con su cometido.

—Me temo que la madera está en mal estado. ¿Desde cuándo no pasa este barco por un astillero?

—¿Astillero? Ja, ja, ja. —Su risa era grave, como el tono de su voz—. En nuestra isla solo hay un par de hombres que revisan el barco de tarde en tarde.

—¿Isla? ¿No procedéis del continente?

—No…

—¿Has terminado ahí abajo? —Se escuchó la voz de Gery. Kalani lamentó la interrupción.

—¡Sí! Ya subimos —le contestó. Si su misión era reparar el barco, tendría una nueva oportunidad de interrogar al segundo de a bordo.

Una vez arriba, y ante la mirada inquisidora del protector, quien parecía haber oído la conversación, continuaron con el reconocimiento del barco.

—Por último, entraremos en la crujía. Los remeros están encadenados, así que no tenéis que temer por vuestra integridad.

El acceso se situaba en la parte central del barco por unas escaleras, empinadas y estrechas, sin agarre.

Al entrar, un olor nauseabundo hizo que tanto Kalani como Gery se taparan la boca y la nariz con la mano.

Los hombres estaban sentados en los bancos, encadenados a los remos y anclados con una argolla en el suelo.

Semidesnudos, con un pantalón raído que los cubría hasta la rodilla.

La visión de aquella escena no era agradable ni siquiera para el obrero.

Su barracón le pareció un palacio, comparado con la inmundicia en la que esos condenados debían subsistir.

Miró para otro lado, desconocía el motivo por el que aquellos hombres habían sido elegidos.

Caminó por el pasillo central, observó que los remeros mostraban sumisión, con la cabeza gacha, sin dirigirles la mirada.

También prestó atención a las marcas de latigazos en sus espaldas, hasta que fijó la vista en el tatuaje de uno de ellos.

Se acercó un poco más a él, se inclinó y se quedó sorprendido.

Lo vio con claridad, era un escarabajo, el símbolo de los habitantes de Nessei.

Intentó disimular cuando rebasó la posición del hombre y se giró para verle el rostro.

Fue misión imposible, permanecía con la cabeza bajada.

—Aquí está el boquete —indicó Cole.

—Sí, ya lo he visto. Podemos irnos —dijo Kalani. Deseaba salir de ese agujero lo antes posible.

Una vez en cubierta, se despidieron del segundo de a bordo.

Bajaron al bote y Kalani comenzó a remar.

La visita al barco y el descubrimiento de las condiciones infrahumanas de los remeros los dejaron a los dos mudos.

En las colonias, los hombres siempre habían sufrido la represión, la injusticia y el abuso de poder de las patronas, pero ahora las normas de los primeros tiempos estaban cambiando, y la abolición de los rangos era inminente.

—¿Cuál crees que será el motivo de su condena? —preguntó Kalani, sin esperar una respuesta argumentada de Gery.

—La condena de los que traicionan la confianza de las patronas es la expulsión al desierto, la mayoría no sobrevive y muere. Quizá esos hombres cuando cumplan su castigo serán liberados —escuchó atónito las palabras del protector, había conseguido romper su reserva.

—¿De verdad crees que saldrán vivos de allí?

—No nos incumbe, el único objetivo de Hera es cumplir el trato: reparar el barco y entregarles las provisiones para que abandonen la bahía.

—Se necesitará mucha madera, y en la colonia escasea, no sé cómo pretende Hera que pueda realizar mi trabajo.

—Tranquilo, hace un par de días se comenzó a desmontar el muro del pabellón de los sementales. Los troncos nos servirán para reparar el barco.

—No es tan fácil, hay que cortarlos a medida, lijarlos y barnizarlos —objetó Kalani.

—¿Cuánto tiempo calculas para que el barco esté preparado?

—Un mes.

—Imposible, Hera no quiere que se alargue más de una semana.

—Solo unos pocos obreros conocen el tratamiento de la madera, será imposible ejecutarlo en ese plazo.

—Yo no seré quien se lo diga a la patrona —le advirtió Gery—. ¿Y si te limitas a una reparación menos profunda?

—Necesito que ese barco pueda navegar y no se hunda en medio del océano.

—¿Por qué?

—Para que no vuelvan —mintió.

Kalani se precipitó con sus últimas palabras por el deseo de huir de la colonia y rectificó a tiempo. Debía negociar con el capitán; le ofrecería sus servicios como constructor a cambio de dos pasajes; uno para él y otro para Moana.