CAPÍTULO 7
Bryce
D enis contempló estupefacto el ropaje de la tripulación del capitán Bryce.
El tejido era muy distinto al lino de las túnicas.
Los pantalones y las camisas, de distintos tonos de azules y grises, se ajustaban a sus cuerpos como una segunda piel.
Se adivinaba cada músculo de sus torsos y extremidades, tal parecía que iban desnudos.
La estrechez no dejaba mucho a la imaginación.
Algunos de ellos, en lugar de una capa para resguardarse del frío, vestían con una tela brillante cuya única abertura se encontraba en la parte superior y sobre la espalda les caía una gran capucha.
Los colores de aquel atuendo eran amarillos o naranjas.
No se dejó engañar por tan sugerente visión.
Además, entrevió miradas irónicas cuando pasaron a su lado, y la del capitán Bryce le aterró.
Su porte siniestro y oscuro lo delataba.
Intuyó que Hera había permitido la entrada en la colonia a la maldad personificada.
Rogó al Samada porque su instinto no acertase.
—Acompáñame… ¿Puedo llamarte Bryce o prefieres capitán? —Denis escuchó la voz de la patrona y lo sacó de sus cavilaciones.
—Bryce está bien, Hera —dijo de forma sugerente, incluso Casandra advirtió una mirada lasciva.
—Hablaremos en mi palapa. Denis, llévate a la tripulación a las cocinas, que te acompañe Gery con un grupo de protectores, y ordena que les proporcionen comida. —El asistente los recorrió con la mirada de arriba abajo y ladeó la cabeza con resignación.
—Y que se aseen —murmuró entre dientes. El olor a pescado podrido era insoportable para su exquisito olfato—. Seguidme —los invitó con un ademán que llamó la atención del capitán.
—Casandra, disuelve el ejército y mantén la guardia. Cuando termines, ve a por Denis y os reunís con nosotros en la palapa.
—Así se hará.
Cuando Hera y el capitán Bryce se quedaron a solas, comenzaron a caminar. Él lo hacía con la mano derecha metida en la trabilla del cinturón, justo donde unos instantes antes guardaba su arma.
—¿La que comanda tu ejército es una mujer? —esa primera pregunta asombró a Hera. Se detuvo en mitad de la playa y le dirigió una mirada curiosa al hombre que se atrevía a dudar de la valía de Casandra.
—Sí, la mejor custodia de la colonia. ¿Algún problema?
—No, ninguno. ¿Y el tal Denis?
—Es mi asistente.
—Entiendo, a esos, en mi isla, también los tenemos de criados.
—¿A esos? —La indignación de Hera crecía por momentos—. En primer lugar, Denis no es mi criado, sino mi mano derecha, y en segundo lugar, en mi colonia no admito ese tipo de comentarios.
—Lo siento, no pretendía ofender a nadie. —Levantó las manos como disculpa. Sin embargo, Hera no lo creyó.
—Espero que no se repita, mientras tú y tu tripulación permanezcáis en mi territorio acataréis nuestras normas.
—De acuerdo, advertido quedo.
A partir de ese momento, la patrona se limitó a continuar el trayecto en silencio.
En la reunión que mantuvieron en la palapa, se dispuso que el capitán y sus hombres se quedaran en el barco.
Hera no los quería en la colonia. Por otro lado, los heridos serían atendidos en la sala de cura, solo los de gravedad dormirían en tierra.
Se organizaron grupos de obreros para la reparación del barco, entre ellos, Kalani, dada su experiencia.
El intercambio de la mercancía prometida se llevaría a cabo al día siguiente, a su vez, Bryce entregaría la lista con las provisiones que necesitaba.
Una vez cerrados los términos del trato, se dio por concluido el encuentro.
Desde el muelle, Hera, Casandra y Denis respiraron aliviados cuando los botes regresaron al barco.
—No me fio de él —expresó Denis.
—Ni yo tampoco —dijo Casandra, quien por una vez estaba de acuerdo con el asistente.
—Ya somos tres. Avisad a las mujeres, pueden salir del refugio —ordenó Hera.
—¿Será seguro? Recuerda que mañana regresarán a descargar la mercancía y traerán a los heridos —opinó la custodia.
—No podemos mantenerlas encerradas, además, necesitamos a las servidoras.
Procuraremos ocultarlas en los módulos. La reparación del barco, por lo que nos ha contado el capitán, no se alargará mucho, a lo sumo una semana.
Mandaremos a Kalani para que realice una primera inspección de los daños y así sabremos cuantos obreros se necesitarán para realizar el trabajo.
—Yo se lo diré —se adelantó Denis. Así evitaba que el obrero hablase más de la cuenta sobre el interrogatorio al que fue sometido por él.
—¿Quién acompañará a Kalani? —quiso saber la custodia.
—Gery.
—¿Gery? —preguntó indignada.
—Sí, no quiero a ninguna mujer en ese barco. Ordena que se doble la guardia día y noche. Ahora, os dejo. Visitaré a Minerva. —Ambos asintieron. Sabían de su cita diaria con la patrona del Este.
Hera echó un último vistazo al barco, la sola presencia en la bahía de la embarcación le erizaba la piel.
Se dio media vuelta y se encaminó a la sala de curas.
Dudaba si la historia del capitán era cierta.
Según él, salieron de La Negra, pensó que era un nombre apropiado para Bryce y su comitiva.
Le explicó que se trataba de una isla de origen volcánico, improductiva y seca en la mayor parte de su superficie, por lo que se veían obligados a navegar cada cierto tiempo en busca de provisiones o realizar trueques.
Mantenían tratos con poblaciones de otras islas, pero la sequía del último año había menguado la producción y se aventuraron en aguas desconocidas, cuando les sorprendió la tormenta.
La confirmación de que existieran otras civilizaciones le generaba una serie de preguntas.
Si la Tierra había conseguido repoblarse después de la hecatombe nuclear, ¿por qué las colonias vivían aisladas?
¿Cómo era posible que en cien años solo hubieran alcanzado la costa dos barcos?
Uno naufragó y el del capitán Bryce casi termina en el fondo del mar.
Entonces, recordó el mapa de Minerva. Cuando se formaron las colonias, los fundadores destruyeron información, no solo los libros que clasificaron como una amenaza para la paz, sino también las armas, y crearon una burbuja con el aislamiento del resto del mundo.
Los mapas se guardaban a buen recaudo en su palapa.
No era necesaria su consulta; los únicos itinerarios que conocían eran al resto de las colonias.
Pensó en abrir de nuevo la caja de Pandora, necesitaba saber si existía la isla La Negra, así como situar el archipiélago de donde procedían Kalani y Minerva.
Si quería deshacerse de la visita de Bryce, debía darle las coordenadas exactas para que pudiera trazar la ruta de navegación a su lugar de origen y perderlo de vista, con la esperanza de que no volviera nunca más.
Caminaba distraída, sumida en sus cábalas, y cuando quiso darse cuenta, estaba frente a la sala de curas.
Saludó a las dos custodias que reforzaban la guardia y entró sin vacilar.
La sanadora que cuidaba de Minerva dormitaba en una silla.
No quiso despertarla. Se acercó con sigilo hasta la cama, retiró con delicadeza la mosquitera y contempló el aspecto físico de la convaleciente.
Había recuperado peso, el color sonrosado de su piel indicaba una mejoría y, aun así, seguía inconsciente.
Hera solía sentarse junto a ella cada día, le hablaba y le contaba sus hazañas pasadas, con el fin de que sus palabras llegaran al subconsciente de Minerva.
En algunas ocasiones, por ciertas expresiones de su rostro, quiso discernir que la entendía.
La ilusión por verla despertar se desvanecía a medida que pasaba el tiempo.
La sanadora más anciana le explicó que el estado de coma de su cerebro no implicaba que su respiración, su ritmo cardíaco y la digestión mantuvieran las funciones al formar parte del sistema nervioso autónomo.
También conllevaba sus riesgos, si despertaba, podría padecer secuelas irreversibles.
Hera estaba agotada. Ante el capitán Bryce no quiso demostrar debilidad y evitó usar sus lentes en la reunión.
Se restregó los ojos un par de veces para despejarse e intentar limpiar el velo que le nublaba la vista.
Fue inútil, supuso que necesitaba descansar.
Decidió no permanecer por más tiempo en la sala de curas, tal y como entró, sin hacer ruido, salió en dirección de su palapa.
Al llegar, sintió pereza de escribir. Tomó el diario con desgana y lo cerró de nuevo.
«Mañana será otro día», pensó.