CAPÍTULO 6
Preparativos
A nte un posible peligro de ataque, Hera organizó una reunión improvisada en su palapa.
Denis y Casandra escuchaban con atención las instrucciones de la patrona.
Ordenó que se les facilitaran armas a los protectores, desconocían las intenciones de los ocupantes del barco, y un recibimiento con un ejército fuerte los disuadiría de un enfrentamiento que no deseaba.
La seguridad de la colonia estaba en juego.
Excepto las custodias y los protectores, el resto de los habitantes se ocultarían en el refugio.
Su acceso se encontraba camuflado en la pared del almacén adosada al muro; una gruta que sirvió a los primeros supervivientes del norte como alojamiento, en los inicios de la colonia, hasta que se construyeron las palapas y los edificios.
—¿Qué hacemos con Minerva? Sigue inconsciente —comentó Casandra.
—Es un riesgo trasladarla al almacén, ordena que una sanadora y dos custodias la protejan —dijo Hera.
—¿Y los obreros? —quiso saber el asistente. No le pareció buena idea que compartieran el espacio con las mujeres y los infantes .
—Encerradlos en su barracón, sin guardia. Con el edificio desprotegido, los intrusos creerán que está vacío —ordenó Hera.
Casandra mostró un gesto de desagrado, que no pasó desapercibido para Denis.
—¿Qué ocurre, Cas?
—No me llames así. —Lo miró de reojo, y él sonrió. Tras el inciso, explicó su teoría—: En los libros antiguos, leí que los esclavos y prisioneros eran destinados a las galeras. Muchos de ellos no conseguían nunca su libertad y morían como remeros. ¿Y si necesitan hombres?
—No sabemos cuáles son sus intenciones. Entiendo tus dudas, aun así, permanecerán en el barracón.
Estarán vigilados desde las torres —concluyó Hera.
El edificio era seguro debido a su construcción de roca maciza, y a las rejas que cubrían las diminutas ventanas, además del muro que lo rodeaba, y que se encontraba adosado a la pared, como el almacén.
Jamás un hombre había conseguido escapar de él.
—Así se hará —afirmó Casandra.
—El ejército se situará en formación bordeando la playa, en tres líneas horizontales. En la primera, quiero a las arqueras más hábiles; en la segunda, las portadoras de las ballestas, y en la tercera, a los protectores armados con las lanzas.
El sonido de la caracola cambió el toque, la llegada de los intrusos era inminente.
Los tres salieron al entarimado de la palapa, desde donde se controlaba el horizonte, y divisaron el barco.
Estaba situado en mitad de la bahía a menos de una milla de distancia.
La custodia sabía que era una zona con suficiente profundidad y sin obstáculos para lanzar el ancla.
Casandra conocía a la perfección el fondo marino de la costa de la colonia; cuando era infanta, le gustaba salir a faenar con las mujeres en las barcazas, de ahí su experiencia como nadadora.
Se sumergía en el agua en apnea con un arpón y buceaba como una sirena.
Era consciente de su capacidad pulmonar y su resistencia, lo que le permitía permanecer varios minutos sin salir a la superficie.
—Rápido, no hay tiempo que perder. Seguid mis instrucciones, os espero en el embarcadero —ordenó Hera.
La colonia comenzó a movilizarse de una forma frenética.
Las mujeres y los infantes se dirigían al almacén; el miedo se apreciaba en sus rostros.
Las custodias y los protectores revisaban sus armas y los obreros no eran ajenos a la amenaza.
El toque de la caracola se repetía cada cierto tiempo.
Kalani se asomó a una de las ventanas del barracón, se aferró a las rejas y alargó el cuello para observar el exterior.
Solo se cercioró de que las guardianas habían abandonado su puesto.
Se dirigió a su catre, una tabla y un jergón de paja, se sentó y su primer pensamiento fue para Moana, no se acostumbraba a llamarla Minerva, para él siempre sería Moana.
Si la colonia estaba en peligro, ¿qué sería de ella?
Se angustió. Estaba destinado a incumplir su promesa, de nuevo la había dejado sola.
Al principio, insistió en verla, y tras la oposición de Hera, se dio por vencido.
Un día intentó acercarse a la sala de curas, mas la vigilancia a la que estaba sometido se lo impidió.
Se llevó las manos a la cabeza y gritó en silencio con rabia contenida. Otra vez se repetía la historia.
Tras la actividad incesante, llegaron la calma y el silencio.
El ejército aguardaba en la playa; las custodias tensaban sus arcos, cargaban las ballestas, y los protectores permanecían inmóviles con las lanzas clavadas en la arena.
Todas las miradas se dirigían al mar. Hera, Denis, Casandra y Gery aguardaban en los límites del embarcadero, cada uno de ellos pertrechado con sus armas.
Las vigías, para no alertar al barco, silenciaron los avisos de la caracola.
Los minutos se hacían eternos, la tensión se podía apreciar en cada músculo de los hombres y mujeres que esperaban la llegada de un peligro desconocido.
—Denis, mira por los prismáticos —ordenó Hera.
—Se acercan tres botes, uno de los ocupantes porta una bandera blanca.
—Bien, los esperaremos, no os confiéis, puede ser una trampa.
A medida que avanzaban, descubrieron que la tripulación era masculina.
El que sujetaba la bandera vestía de forma distinta al resto de los integrantes de los botes.
Casandra reconoció su atuendo; una casaca negra con botones dorados que relucían con los rayos del atardecer.
Le recordaba a las historias de piratas, aquella visión no le gustó.
Cuando estaban a punto de alcanzar el embarcadero, Hera se dirigió a ellos:
—¡Alto ahí! ¿Quiénes sois y qué hacéis en mi costa? —quiso saber.
El hombre de la casaca apoyó el mástil de la bandera en el fondo del bote.
Su rostro moreno de la brisa marina con arrugas de expresión le conferían un aspecto tosco.
Así como su barba oscura con dos vetas blanquecinas que se dibujaban desde la comisura de sus labios hasta la barbilla y que parecían trazadas a conciencia.
—Venimos en son de paz, soy el capitán Bryce. Hace unos días nos sorprendió una tormenta, desde entonces, el barco ha navegado a la deriva hasta que hemos divisado tierra —dijo con voz pausada y ronca, que aumentaba su porte siniestro.
—¿Cómo sé que no mientes? —Hera lo tuteó.
—Solo buscamos la forma de regresar a nuestra isla, la brújula no funciona y necesitamos que nos indiquéis la situación, desconocemos las coordenadas. Sin embargo, no es nuestro principal problema, el barco está dañado, lo repararemos en unos días y partiremos de nuevo.
—No somos navegantes y no podemos ayudaros. Buscad otra costa más al oeste donde os auxilien.
—No creo que el barco aguante a flote más de diez millas y nuestras provisiones escasean.
—Tampoco podemos hacer nada, nuestra colonia es pobre y sin recursos —mintió.
—También hay hombres heridos, morirán si no reciben asistencia médica. Os aseguro que podremos compensar de alguna manera vuestra ayuda.
—Nada de lo que cargues en tu bodega nos interesa —contestó. A Hera le extrañó que priorizara el daño del barco sobre la salud de su tripulación. No llegaría a ningún trato con él.
—¿Seguro? Ni siquiera esto. —Se abrió la casaca con la mano que tenía libre y mostró su cinturón—. Veo que vuestras armas son rudimentarias, os daremos un buen cargamento de pistolas y rifles. Si hubiera querido atacar, tu ejército habría caído sin lanzar ni una flecha. —Sonrió de medio lado.
Casandra se dirigió al oído de Hera.
—Tiene razón, aunque los libros sobre armas de fuego fueron destruidos, sé que poseen una gran capacidad letal —susurró. La patrona asintió y miró de nuevo a su interlocutor.
—¿Es una amenaza? —preguntó Hera.
—Como te he dicho antes, nuestra intención es reparar el barco, curar a los heridos, reponer provisiones y partir.
—No queremos vuestras armas. ¿Qué otra mercancía me ofreces? —Sabía que un enfrentamiento provocaría bajas innecesarias, debía negociar.
—En el barco no tenemos personal sanitario, pero sí material quirúrgico, medicinas, vacunas, varios barriles de aceite y licor. Son vuestros, si aceptáis ayudarnos.
Denis mantuvo la compostura durante la negociación. Llegado a ese punto, llamó la atención de Hera.
—Debemos hablar en privado —dijo sin alzar la voz.
—No es necesario, Denis. He tomado una decisión —le contestó de igual modo. Después, dio dos pasos al frente—. Acepto tu oferta.
—Gracias…
—Antes —lo interrumpió—. No quiero vuestras armas de fuego en mi colonia. Ordena a tus hombres que las dejen en uno de los botes y que las lleven al barco. Aquí no tendréis motivos para utilizarlas.
Se escuchó un murmullo de crispación por parte de la tripulación. El capitán alzó el brazo y de inmediato los silenció.
—Perdonad a mis marineros, son desconfiados, señora… Creo que no me ha dicho su nombre.
—Así es, soy Hera, la patrona de la Colonia del Norte.
Bryce se giró hacia sus hombres.
—¡Ya habéis oído! ¡Obedeced a la patrona Hera! —gritó con autoridad.
A pesar de que se había llegado a un acuerdo, el ejército mantenía la formación.
Hasta que el bote con las armas de fuego no alcanzó el barco, el capitán Bryce no arrojó el cabo de amarre.
Luego, puso el pie en tierra firme junto a los veinte que lo acompañaban. Se acercó a Hera y le ofreció la mano.
—Gracias por tu ayuda. —Ella la aceptó.
Escudriñó la mirada de aquel hombre, era oscura como su barba poblada. En ese instante, dudó si su decisión fue la idónea. No había marcha atrás, nunca rompía su palabra.